22 de junio de 2023

Obi Wan Kenobi

Se abre la sesión, por primera vez, de la plataforma Disney+; y tras realizar una hojeada general al contenido, el chico que todavía perdura en un cuerpo de cuarenta y tantos, saca a relucir cierta agitación por abrir la pestaña dedicada a Star Wars. En el transcurso de los últimos años, se han ido añadiendo tantas producciones audiovisuales que hacen palidecer la cuantiosa cantidad por la que George Lucas se vendió en 2012. Y por ahí, uno observa con nostalgia las llamadas películas originales, atrincheradas en un altar frente a las nuevas incorporaciones que tienden a ser una oleada de películas, seriales y las habituales coñas de lego. Un servidor opta por tirar de clasicismo y rebuscar viejas sensaciones con la serie dedicada a Obi Wan Kenobi.

Es de justicia reconocer que Ewan McGregor borda su papel - Disney

A lo largo de los cacareados estrenos de la última trilogía, la interesada publicidad consumista iba anunciando nuevas aventuras (Rogue One) o personalizaciones interesantes (Solo) dedicadas al lejano universo. Pero la saturación y las críticas exacerbadas llevaron a extender en el tiempo una opción más interesante. Porque alguna cabeza pensante debió de presentar mejores números si tales productos acababan siendo destinados a la plataforma del streaming; mejor pasar por caja de manera periódica que frente a la esporádica taquilla. Se potencia una marca propia y te quitas de en medio a intermediarios y exhibidores.

Seguramente, la aventura de Kenobi ya estaría planteada o al menos tendría un guion base para realizar su propia película. Finalmente, el resultado ha sido una interesante propuesta de 6 episodios que intenta conectar con los sucesos dados en La venganza de los Sith con 10 años de diferencia. Tiempo suficiente para que el Imperio haya dado muestras de su poder y dominación feudal a lo largo de las galaxias, incluido los planetas que antaño eran llamados del Borde Exterior, como Tattooine.

Hay vida más allá - imagen del tweet de aullidos el 11/12/2020

A pesar del lógico intento de aislamiento, siempre gotea algún comentario, titular o tendencia globalizada del producto de moda. Pese al ruido, el verdadero logro es evadirse de la opinión generalizada a la espera de contrastar de manera particular la serie protagonizada por Ewan McGregor. 

Molaaa - Disney
Han pasado unos cuantos años y el actor escoces vuelve a encarnar al maestro Jedi, Obi Wan Kenobi, en una serie que resulta conmovedora, básicamente por el significado que adquiere volver a un universo conocido; entretenida, como no podía ser de otra manera al tratarse de un producto de consumo y con una enorme lentitud a la hora de desarrollarse. Una letanía que es un verdadero lastre en el ecuador de la serie, para después exhibir la traca final en su desenlace. En parte, era necesario tomarse las cosas con cierta calma, sobre todo para exponer la situación de los conocidos protagonistas tras la señalada década transcurrida.

El planteamiento general coloca a McGregor como protagonista absoluto a través del clásico ejercicio del viaje del héroe que termina en redención. Con la salvedad de que ahora es un viejo guerrero derrotado por los acontecimientos del pasado y del que pretende abandonar mientras se esconde tras el nombre de Ben. Sin embargo, alguien conocido por todos no olvida, y suelta a sus perros de presa para que den caza a Kenobi y al resto de Jedis supervivientes tras la ejecución de la orden 66. Un grupo especializado, denominado como Inquisidores, que andan tras los pasos de cualquier perturbación que tenga que ver con la Fuerza. Aunque suene ridículo perseguir tales sensaciones. De estos cazadores, destaca Reva (Moses Ingram) una ambiciosa y empedernida mujer cabreada que busca elevarse con atrapar el premio gordo y ofrecer tal plato a Vader. Es importante destacar al gran villano, el antiguo alumno que busca continuamente resarcirse de su derrota de Mustafar. Porque su presencia eleva bastante el nivel global de una serie que también añade una historia paralela de venganza en la figura de Reva.

Las claves se sobreentienden perfectamente, incluso hay base suficiente que se utiliza correctamente a través de los conocidos flashback para conectar con el pasado. Sin embargo, la serie cojea, y mucho. Una cosa es el momento fan, del que llegamos aceptar cualquier cosa mientras nos despisten con colores, efectos o escenas espectaculares; y otra muy distinta es ver como un producto audiovisual apenas logra alcanzar alguna cota de calidad, o el escaso nervio para lograr tensar los momentos de mayor acción. Sirva de ejemplo el rapto de una niña a manos de unos mercenarios. Está tan mal ejecutado todo, que el montador no logra salvar ningún resquicio de ese momento, supuestamente angustioso e importante. Y así podría añadirse unas cuantas más. El mayor responsable responde al nombre de Deborah Chow, cineasta canadiense con un largo trasiego en la dirección de series televisivas. O sea, que tenía rodaje y experiencia, incluido dirigir algún capítulo de El Mandaloriano como prueba de acceso a este universo singular.

Pero el resultado final es el que es. Y un servidor lamenta la ocasión perdida, mientras medita cómo carajos puede un producto de este calibre permitirse interpretaciones flojas de gran parte del reparto. O consentir incorporar imágenes de relleno en cada capítulo, como hacían las series españolas cuando copaban el prime time nocturno. Chow ha fracasado pese a tener mimbres suficientes como para salir simplemente airosa. El final de la serie se eleva simplemente por volver a juntar a los protagonistas de las precuelas en un esperado duelo final. Ver a Vader y Kenobi en un nuevo duelo rellena cualquier cosa porque el contexto anterior logra copar el lado más fanático de los aficionados. Además de sacar tajada a la nostalgia de observar parte de la infancia de los mellizos Leia y Luke. El adulto de cuarenta y tantos se impone al mochuelo. Aunque no del todo. Siempre queda algo, y al clavo de Star Wars me seguiré aferrando. 

Obi Wan Kenobi

Disney +, 2022

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31 de mayo de 2023

La herencia de Wilt

Con esta novela, Tom Sharpe puso fin a la saga de la familia Wilt tras cinco publicaciones y con el transcurso de unas tres décadas de por medio. Un tránsito donde apenas se han visto cambios descritos en la sociedad inglesa; apegadas las aventuras expuestas en estos libros a otros menesteres, destinadas principalmente a un entretenimiento básico, donde prevalecen las situaciones más pintorescas en unas historias que terminan por ser ataviadas por los curiosos personajes que suele crear el bueno de Sharpe. 

Por ahí conviene realzar los argumentos expuestos por el escritor, dando prioridad a la creación de personajes excéntricos y que por razones de distinta índole, protagonizan unas tramas que suelen enredarse de tal modo, que las salidas más interesantes nunca van en la dirección correcta. Incluso si se añade por el camino algún secundario cuerdo, éste termina por ser devorado por el oleaje de la locura previa. Y acaba por parecerse a los locos que pueblan esas páginas.

Para esta nueva entrega, se expone un leve problema al matrimonio Wilt, pues tienen a sus hijas escolarizadas en un colegio privado, del que a duras penas pueden costear las altas cuotas. Por suerte, Eva conoce a una adinerada aristócrata que está interesada en contratar a Wilt para que de clases particulares a su hijo (Edward) y que éste pueda acceder así a la universidad. El trato incluye que la familia Wilt pueda instalarse, a lo largo del verano, en una casa de invitados dentro de la amplia finca que posee el matrimonio Gadsley. Sin embargo, la gracia no la aporta el introvertido Wilt ni su pasional esposa. El grado de locura se centra en el matrimonio asentado en la alta sociedad, cuyas taras ponen a prueba la credibilidad del relato aunque sostiene la guasa cada vez que se indaga en esa curiosa relación y permite al escritor invertir la mala leche que gasta en estas figuras.

Curiosamente, La herencia de Wilt, (junto a otra novela titulada Los Gropes) supone la última obra de un autor que ya contaba con más de 80 años de edad. Seguramente y consciente de ello, Tom Sharpe se tomó con profesionalidad su trabajo para dar pie a una elaborada novela cuya estructura avanza con cierta parsimonia; sin olvidar por ello el cachondeo habitual o el característico lenguaje malhablado que vaya amenizando la lectura. No tiene prisa alguna, y menos aún cuando el protagonismo salta entre las andanzas de Wilt, el singular periplo de Eva para recoger a sus hijas y cómo éstas adquieren sus propias peripecias. En esta última entrega, las cuatrillizas toman mayor partido, y su mayor protagonismo las permite gestar sus trastadas con premeditación y consenso entre las cuatro a lo largo de las páginas. El mote de "diabólicas", que promulga su progenitor, queda claramente expuesto por la continua demostración que tienen estas niñas de tener que fastidiar al resto de personas que se cruzan por su camino.

Como ya ocurriera con la obra anterior, Wilt pierde la capacidad de capitanear sus pasos, engullido por la familia Gadsley y sus excentricidades que han llegado incluso alborotar a la localidad cercana a la mansión. Wilt termina por parecer el único ser cuerdo del libro, a pesar de ser un tipo que tiene la extraña facultad de meterse en diversos líos, un imán para el desastre del que sabe salir impune pese a las habituales sospechas policiales. Molaba más cuando era él quien metía la pata y enredaba la realidad con su inusitada locuacidad. Pero Sharpe parece querer golpear en otras lides y elige torpedear a la familia de alto linaje para plasmar una mala leche que muestre las miserias y los gustos desfasados del ser humano. 
El autor en su estudio de trabajo - Fundación Tom Sharpe
La herencia de Wilt funciona como lo que es, un libro jovial que desvirtúa la realidad con el pretencioso uso de una ficción que amontona desvaríos, tacos y perversiones sexuales como sostén de un humor alejado de la finura denominada como británica. Nunca supe muy bien cómo era ese relato de los gentleman, cuando a esos educados señores isleños también iban asociados al fenómeno hooligan. Tal vez Sharpe se fuera de madre a la hora de exponer los males de sus conciudadanos, aunque eso siempre ha sido un aliciente para reírse del mal ajeno.

A pesar del esfuerzo realizado, queda la sombra perenne del personaje acaecido en 1976 por su original desventura con la muñeca hinchable. Reconozco cierta gracia en las obras posteriores, incluido el esfuerzo en esta última tirada de despedirse a lo grande, pero éstas estarán en deuda con la precursora. La herencia de Wilt termina por ser el legado de Sharpe, autor que falleció en 2013, y que será recordado por este singular éxito que ha logrado calar en buena parte del público, los cuales se dejan llevar alegremente por las locuras planteadas en estos libros. Los bufones siempre han estado ahí, para distraernos un rato. Algo de lo que siempre podremos agradecerle al bonachón de Tom Sharpe.

Voy a pedir otra ronda
Al oír eso, Wilt se sintió optimista.

La herencia de Wilt
Tom Sharpe, 2009
Ed Anagrama, 2011
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Wilt
Las tribulaciones de Wilt
¡Ánimo Wilt!
Wilt no se aclara 
La herencia de Wilt
Tom Sharpe, el tipo decente que escribía cosas indecentes

9 de mayo de 2023

Ventana del Diablo

Sin duda, esta caprichosa formación rocosa es una de las imágenes más icónicas de la sierra de Guadarrama. La fragmentación de los pedruscos que jalonan estas cumbres, fue aprovechada por el Diablo para coquetear con la imaginación humana, pues no era necesario vacilar de vistas a través del marco berroqueño que nos descubrió la fotografía a principios del siglo XX.

También reconozco la asignatura pendiente, una ruta marcada desde hacía demasiado tiempo y atrasada únicamente por pereza personal. Y como en la ruta precedente de la colecta diablera, aprovecho el parking de Majavilán para arrancar una nueva excursión en solitario, sin mayores alardes que comenzar a remontar la subida por la ancha pista forestal. A los pocos metros, me veo con ganas de juerga y atrocho el arroyo Fuenfría para enlazar con la calzada romana mis ganas de marcha entre los diferentes peñascos que entretienen la subida. Enseguida se alcanza la pradera de Corralitos, punto de encuentro que acoge una intersección de caminos y de monumentos locales. El último en sumarse a la distinción del homenaje ha sido el artista Miguel Ángel Blanco, vecino de Cercedilla y creador de la biblioteca del bosque

El famoso ventanal
De todos los caminos que alcanzan el paso de la Fuenfría, quedaba por conocer un tramo de la calzada borbónica desde este punto, y por ello, decido seguir las marcas blancas señaladas en los troncos de los pinos. Poco a poco la ascensión gana en aspereza, dificultad y estrechez. Al gratificante paso lento me viene a la cabeza la imagen de Bosco yendo en cabeza, remontando con ligereza la pendiente y su clásico giro para vigilar mi pausado andar con su mirada; después meneaba el rabo, sacaba la lengua a paseo con su boca abierta de par en par, como una amplia sonrisa. A mí sin embargo se me caen las lagrimas, el alma y las ganas de seguir caminando. El único consuelo infantil que encuentro es maldecir el estado del camino, achacando a los borbones la mierda de camino construido frente a la magnífica pista realizada en época republicana. Como si el paso del tiempo no tuviera nada que ver en el asunto. Un tonto símil acorde a la realidad social del siglo XXI, gracias a las correrías del emérito. 

En el puente de Enmedio, saludo a unos franceses que han parado a almorzar mientras un servidor continua por un pedregal que mejora hasta juntarse en una revuelta con la vía romana. Por ahí se nota la mano del hombre en una intervención arqueológica que ha adecentado este tramo con paneles explicativos de por medio. Abandono la subida para dejarme caer por la romana y perseguir ahora los círculos amarillos, como Alicia, pero sin conejo ni reloj. Pero la senda se va estrechando hasta desaparecer; o yo me pasé algún cruce o el demonio empieza a jugar con el excursionista. Curiosamente y según el GPS voy bien, pero la vereda no está, devorada por la naturaleza o por mi imaginación, situación que me obliga a remontar la ladera a lo bestia para buscar una salida. La sorpresa se la lleva un corzo despistado, que sale disparado bajo mi inesperada presencia mientras recupero el resuello tras culebrear por la falda de la montaña. La senda amarilla reaparece unos metros más arriba, justo debajo de la ancha pista republicana. Antes de escapar de la senda maldita, me cruzo con una amazona cuyo ajustado top de verde fosforito retiene un pecho descomunal. La tentación visual viene precedida por un simpático perruco, una especie de YorkShire, cuyas cortas patitas andan tras la buena señora en medio de un pinar y a unos 1700 metros de altura.
Camino Schmid
A pesar de la sequía imperante sobre la península, la fuente de Antón Ruíz expulsa un buen chorro de aguas frescas; en un enclave propicio para el descanso, pero el camino Schmid persigue la estela circular amarilla, a través de un camino que sobrepasa el manantial que encharca una parte donde el agua brota de las entrañas del monte. La subida se hace ligera hasta alcanzar collado Ventoso, el cual hace honor a su nombre en una ancha pradera marcada por un buen par de mojones que delimitan limites provinciales. A pesar del pequeño vendaval, el espacio es tan bucólico que tal idilio hacer resonar las tripas; pocas pistas más para echarme al suelo y degustar las viandas traídas en el macuto. Tras despachar el vicio del diente estoy tan a gusto que dan ganas de tontear con Morfeo un rato. Pero tras un rato de ligera paz, un helicóptero del GERA sobrevuela el lugar demasiado cerca, rompiendo el encanto del silencio y de la soledad camino de la urgencia. 

El cordal de Siete Picos forma una silueta inconfundible (ya quisieran otras montañas) y alcanzar sus crestas, desde collado Ventoso, muestra tantas opciones como hitos colocados para la libre elección del senderista. A pesar de tanta dedicación altruista, todo es tan sencillo como seguir el consejo futbolero del pata pum pa´arriba. El supuesto camino se empina entre rocas de diferentes tamaños, entreteniendo el ascenso del senderista mientras los pinos cercanos al cordal andan inclinados; educados en las rituales reverencias que merece la presencia de su diabólica majestad. Pinos postrados y retorcidos entre nudos y ramajes imposibles. Nada que ver con la presencia continua del viento, cuyas fuerzas moldea a su gusto el horizonte. Incluida la Piedra, la reina agreste de la cimera montaña que esconde la leyenda del dragón, como describían a estas montañas allá por el medievo gracias al perfil que otorgan sus picos desde la distancia. La antojica Ventana del Diablo anda apretada en la umbría del tercer pico, con una soledad deslumbrante para ser día laborable a primeros de mayo de 2023. Por mucho que me asome, no termino de ver la gracia a las vistas que ofrece el particular marco. Se aprecia que el ministro del mal tiene mal gusto a la hora de encuadrar, pues cualquier altozano del cercano cordal muestra mejores panorámicas desde las cuales quedarse un buen rato para embelesar la vista. Incluso observar desde la distancia la hermosa pradera de la Ladera del Infierno, visitada el año anterior.

Qué jodida maravilla
Toca volver y dar la espalda a este enclave mágico, cuyas rocas son más bien una especie de jardín berroqueño; ahí arriba destaca lo descomunal, la soberbia y la acumulación de las piedras y sus ciclópeas formas. De las pocas cimas que merecen la pena alcanzarse de verdad, una cosa son las vistas panorámicas que ofrece una cima y otra muy distinta que las vistas estén a lo largo del propio cordal montañoso. La fuga se hace por la salvaje vertiente madrileña, allí donde la senda se hace áspera, tosca y desigual en medio del segundo y tercer pico; camino del rescate que ofrece la cercana senda los Alevines, mediante un trazado sinuoso que va perdiendo altura por el cóncavo de los Siete Picos hasta alcanzar, finalmente, el hocico del dragón en Majalasna: El pico independiente del resto de floraciones rocosas y de menor elevación. A partir de ahí, la bajada se hace más cómoda, guiada por los pesados círculos amarillos cuyo cauce continuo desemboca en la famosa pradera de Navarrulaque. Un nuevo punto donde fluyen múltiples opciones senderistas, la mayoría señalizadas, y diversos monumentos entrañables: el banco de la Senda Herreros, el reloj de Cela o el monumento a los Guadarramistas.

Lo lógico y planeado hubiera sido seguir la senda Victory a través del pinar, pero mi confiada cabeza creyó que tal vereda andaba más abajo: después de dejar atrás los famosos miradores de los poetas de la ancha pista forestal. Esta soberbia personal, me llevó a los pies de otra senda marcada (Enmedio, círculos rojos) y dar un buen rodeo por la ladera de las Berceas. Seguramente el demonio nubló mi escaso buen juicio, en represalia por alguna extraña osadía. Ni que me hubiera pillado miccionando en sus dominios. El caso es que anduve medio perdido, aburrido bajo las sombras de un pinar que se me hizo inabarcable, repetitivo, como si no lograra avanzar en un extraño bucle cual hámster en su jaula. Seguramente andaba cansado, sin mayor atracción que buscar una salida digna. Finalmente, logré rodear el vallado del embalse de las Berceas, después sus famosas piscinas naturales, mediante unas estrechas veredas que algún alma, o animal perdido, habrá creado con anterioridad. Ya estamos en zona conocida, bajo el resguardo de la penumbra que ofrece una excesiva explosión primaveral, para alegría de las alergias personales.

Álbum de fotos

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Ventana del Diablo
Cueva del monje
Arroyo del Infierno
 

Pisada del Diablo
Carro del Diablo 
Garganta Infierno
Cascada Purgatorio
 

Cerro del Diablo
El tesoro de Peña Blanca
Silla del Diablo
Ladera y arroyo del Infierno
Arroyo Almas del Diablo
Puertas del Infierno

                                                                                                                                                 / \

28 de abril de 2023

Juan Martín El Empecinado

La guerra de la Independencia continua acaparando episodios de cierta importancia en la serie novelera creada por Galdós. Ahora toca dar pábulo a uno de los movimientos clave de la posterior derrota francesa: la guerra de guerrillas. Porque dada la superioridad del ejército invasor y una serie de derrotas del exiguo ejército español, se echaron al monte una buena colecta de aventureros, bandoleros, exmilitares, simples civiles y buscavidas para conformar toda una serie de partidas guerrilleras que aprovecharon el conocimiento del terreno y los ataques por sorpresa, para hostigar a los franceses en diversos puntos de España.

La importancia de estas cuadrillas fueron elevando, a múltiples personajes, en valiosos activos a lo largo de la guerra, siendo reconocidos sus nombres por las diferentes Juntas de gobierno que daban validez a los guerrilleros como soldados defensores de la patria. Por supuesto, el guía de esta primera tanda de Episodios Nacionales y narrador, Gabriel de Araceli debía dejarse caer por esas tierras perdidas para exponer a uno de los personajes más notables: Juan Martín, el Empecinado.

Tras escapar de Cádiz en su anterior aventura, el bueno de Gabriel termina por formar parte de la cuadrilla de Juan Martín en la zona de la Alcarria. Momento adecuado para acercar al lector a este histórico personaje y de mostrar el funcionamiento de estas bandas. Nuevamente, se agradece la postura realista que suele adoptar Galdós a la hora de describir, tanto las partes positivas como las negativas, porque la composición de estos grupos y de sus acciones, sirven para desgastar al enemigo e intentar favorecer el curso de la guerra. Pero el sustento de este singular ejército sin regularizar versa sobre el mismo terreno donde ejecuta sus acciones. Por ello necesita cometer cierto pillaje sobre la población civil para poder mantenerse. Una población que sufre también la ocupación francesa y con ello, nuevos actos de saqueo a soportar, dando buenas muestras del desastre que origina la guerra en los más débiles. Además, la formación de estos contingentes, estaba estructurada por toda una variedad de pareceres de cómo afrontar la guerra, de las tácticas a realizar y el cómo contentar a sus integrantes. Estas confrontaciones son aprovechadas por Galdós para elevar su relato como una dificultad más a la que deben hacer frente sus protagonistas.

En resumidas cuentas, se acabará la guerra, y los que lo han hecho todo quedaranse más pobres que antes, mientras que los uñilargos irán a Madrid a comerse en paz lo que han merodeado a nuestra costa. Si somos unos héroes, señor don Juan Martín, si la historia se va a ocupar de nosotros y a ponernos por las nubes; pero comeremos pedazos de gloria y páginas de libro. Saturnino Albuín

Galdós logra recuperar el pulso narrativo que decayó tras Cádiz. Seguramente demasiado hermética por la importancia de los actos que recogía tal ciudad. Pero en esta novena novela de la serie, estructurada en dos actos principales, el escritor canario tiene mayor libertad a la hora ficcionar su relato, describir su argumento y poder elaborar a sus protagonistas, cuyo deslenguado parloteo, deslumbra por la riqueza y salero con la que se mueven estos personajes extremos. Destacan algunas personas relevantes, como Samuel Albuín, el Manco, personaje real que evidencia la dificultad de guiar a estos bandoleros; la curiosa inclusión de un niño de apenas dos años enrolado a la causa o el regreso de secundarios anteriores como Luis Santorcaz, quien mantiene una función importante dentro de la particular historia del narrador. Por otro lado, Galdós ha ido destacando ciertas figuras en textos anteriores desde una mirada singular, normalmente caricaturizada o llevada hasta cierto extremo que sobrepasa el limite de la credibilidad. En esta novela, destaca sobremanera la aportación de un clérigo llamado Mosen Antón. Su inclusión se hace desde una perspectiva exagerada, salvaje y enérgica que logra superar la bufonada en la que suele caer Galdós. El cura es una constante figura desafiante, tan típica dentro del cainismo español, como dejarse llevar por sus alucinaciones patrióticas, la malsana envidia y el desmesurado ego de su misión divina. 

En Juan Martín El Empecinado, el autor vuelve a dar mayor empaque a su historia desde un punto de vista más cercano a personajes sacados del pueblo, en un amplio conglomerado de personas que pululan por encima de los grandes nombres. Se da voz al insigne Juan Martín, pero también a sus lugartenientes y a las historias propias que aglutina su partida de guerrilleros. A todos ellos, se dedica una primera parte protagonizada por las andanzas de los bandoleros, las escaramuzas contra el francés y las rivalidades indicadas. Pero hay una segunda parte destacable y capitalizada casi por completo por Gabriel de Araceli. En otras ocasiones, Galdós desenvolvía a su protagonista con otros sucesos de importancia como una presencia secundaria situado en las esquinas, como un mero oyente. En otras, cobraba fuerza su propia acción dentro de algún hecho concreto. Pero en esta ocasión toma mayor importancia en una aventura personal emparentado con la continua persecución de su amada Inés. Menudo trajín lleva el muchacho. Por lo menos, Galdós regala al lector unos hechos propios y mejor elaborados en un pueblo perdido de la Alcarria, la aventura de Gabriel apunta a mayores dificultades como gancho para continuar la lectura en el siguiente episodio. 


-¡Voto al demonio, que tiene razón el curita!… Eso mismo debí pensar yo… 
-¡En marcha! Gritó mosén Antón no con palabras, sino con aullidos; no con entusiasmo, sino con exaltación salvaje.

Juan Martín el Empecinado
Benito Pérez Galdós
Ed Espasa Calpe para Unidad Editorial, 2008

16 de abril de 2023

El último paso de Bosco

El 16 de abril de 2023, Bosco cumpliría 12 años. Pero lamentablemente se ha quedado a las puertas, y creo que no hace falta dar mayores detalles. Porque en todos estos años el perrucho ha sido una parte importante de mi vida y uno más de mi familia. Además de ser protagonista en algunos apartados de este blog personal. Pasado un leve espacio de tiempo, he decidido rendirle cierto homenaje después de dar sus últimos pasos por el pinar de la Jarosa en febrero, sin conocimiento de lo que vendría después.

Hacía tiempo que las excursiones de Bosco tenían el tiempo acotado para evitar excesos andarines; y en uno de los pocos días que ha hecho frío de verdad en este pasado invierno, Bosco y un servidor, salíamos desde el aparcamiento del primer quiosco del entorno a dar un leve paseo. Como cualquier mañana del fin de semana a primeras horas del día. Normalmente íbamos por cualquier sitio, a veces tenía planeado patear algún lugar concreto y otras muchas, sin premeditar ruta alguna; bastaba con escoger el punto de partida y dejarse llevar por el monte. Pero como esa mañana hacía algo de rasca, alzamos los pasos por una pista forestal que remonta la Cuesta del Horcajo para poder entrar en calor y combatir el frío. Así de simple se escogía un camino u otro. 

La pista arranca con bastante inclinación en su inicio hasta suavizar su recorrido en medio de la ladera. Por ahí surge, en paralelo, una vieja trinchera de la guerra civil española, que más adelante bajaría hasta la posición republicana Loma de San Macario. Pero ese día tocaba seguir subiendo, con la intención aleatoria de perseguir la estela militar que con el tiempo queda como una extraña hendidura que tiende a elevarse, campo a través, entre jaras y matorrales. Al menos, van surgiendo leves parapetos que amenizan el esfuerzo propuesto. Por ejemplo, en un puesto de tirador destaca un enorme pino que ha crecido en medio de la construcción bélica, dando muestras del colosal paso del tiempo que ya ha superado los 80 años.

El vergel va aumentando según vamos ganando altura, con tanta espesura, que empiezo a echar de menos al disuasorio bastón que siempre facilita la tarea de abrirse paso a hostias. Al final, me canso de luchar contra las jaras y optamos por dar un leve rodeo mientras buscamos alguna salida digna. El viento arrecia y trae consigo algunos ligeros copos de nieve cuando descubrimos una senda bien marcada en un pequeño claro que nos permite continuar con la ascensión. Esta nueva vereda seguramente provenga del pequeño barranco que el arroyo de la Jarosa ha provocado a su paso aguas abajo, y nos permite alcanzar en mejores condiciones el cortafuegos que corona la Cuesta del Horcajo. 

Por estos lares, destaca un conjunto de puestos de tirador, muretes y trincheras; leves restos de la guerra civil que Bosco aprovecha para posturear su magnífico perfil con el horizonte. Estas ruinas están catalogadas como Cerro Lobos (tramo III), en una línea republicana que ha sido arrasada por la creación del cortafuegos que sube hasta el cordal montañoso. Los leves restos que se han salvado de la maquinaría moderna andan desperdigados a ambos lados de la enorme cicatriz artificial. Algunos visitados, junto a Bosco, en este blog; otros quedan vendidos al tiempo de que la naturaleza recupere su espacio. El conjunto de este día acumula diversos restos, y con la lógica parada, aprovecho para tomar algunas fotos. Bosco también saca partido para refrescarse con la escasa nieve que nos ha dejado este suave y triste invierno.

En paralelo al cortafuegos, hay una atajo que lleva hasta una antigua vereda que utilizábamos con las bicis de montaña para atrochar velozmente con las ruedas gordas. Es una senda que hemos utilizado con regularidad, cuya estrechez y la escasa nieve repartida encuadran a la perfección para retratar a Bosco en la Jarosa por última vez. Por desgracia, sin conocimiento alguno de los problemas que surgirían las siguientes semanas. Y todavía hoy voy llorando por las esquinas. La entretenida trocha cruza la pista inicial junto a la trinchera de bajada para transformarse en un camino que termina por llegar hasta la ermita del lugar; donde el primer quiosco, el supuesto parking donde aguarda el coche y su puta madre.

La tristeza que deja su perdida ha supuesto una pequeña búsqueda de imágenes acumuladas sobre Bosco a lo largo de estos años. El resultado, suma una buena colecta de un perro, que nos ha acompañado en los últimos años de nuestras vidas. Porque Bosco ya estaba antes de que nacieran mis niñas y ha molado comprobar cómo las ha acompañado en su crecimiento. Un perro que se convirtió en parte de la rutina diaria y sobre todo, cómo ésta se alteraba en viajes, eventos o vacaciones. Al fin y al cabo era uno más de la familia, del cual me he aprovechado para recorrer y disfrutar del monte. Y como siempre pasa con estas cosas, uno se lamenta de los planes y las tareas pendientes. Incluso pensaba dejar constancia, en esta entrada, de algunos momentos importantes de su vida vía fotográfica. Pero finiquitar este texto cuesta horrores. Como llegar a casa y percatarse del silencio atronador de una vivienda vacía. Acostumbrarse al rincón donde estaba su cuenco o simplemente asomarme al lado de la cama donde solía dormir a mi vera. Imagino que el cruel paso del tiempo hará su trabajo para dejar de llorar por las esquinas. Ahora sólo me queda la memoria de los buenos momentos, la felicidad de verle crecer junto a las niñas, su mirada caramelizada y el cariño fiel que siempre demuestran los canes hacia sus dueños. Como voy a echar de menos al perruco. 

Nuestro momento