31 de octubre de 2020

Wilt

Todavía hoy recuerdo la carcajada, la alegría y el simple jolgorio que provocó la lectura de Wilt, obra maestra del escritor británico Tom Sharpe (1928 - 2013); y de esta colección de elogios deben cumplirse unos veinte años, más o menos. Porque Wilt es una de esas pocas novelas que dejan huella cuando se leen y de las que siempre se guarda cierta añoranza. A pesar del tiempo transcurrido y siempre que se evoca su lectura, surge una sonrisa cómplice, sobre todo cuando la memoria acude a las andanzas de Henry Wilt; el curioso protagonista de una novela publicada por primera vez en 1976, y cuyo éxito literario inició una saga que alcanzó cinco publicaciones más. 
 
Para quien todavía desconozca a este singular personaje literario, solamente puedo argumentar que apenas hay motivos contrarios para no recomendar leerse la saga entera. Y con mayor interés en este 2020, tan necesitado de distracciones positivas, o el reto de comprobar cual fina es la piel de los acomplejados de lo políticamente correcto. Porque de buenas a primeras se expone el salvaje plan que dibuja la mente del protagonista, al fantasear en cómo cargarse a su esposa. De ése oscuro pensamiento nace la rocambolesca historia que pone en pie a la novela, y a partir de ahí, echa a correr el desmadre en una continua carrera de acontecimientos que van en paralelo al negro cachondeo de su autor. Henry Wilt es profesor de literatura en una escuela técnica, donde lleva dando clases durante más de diez años mientras anda a la espera de un ascenso que nunca llega. En su hogar tampoco mejora mucho su rutina diaria. Su apasionada mujer, Eva, es un pequeño torbellino que busca constantemente el sentido de su existencia, apuntándose a toda clase de tareas y actividades sociales mientras hecha en falta algo más de roce por parte de su marido.
 
Y el vivo al bollo, Wilt!
Sin embargo, nuestro antihéroe va arrastrando cierto hastío en la fácil mezcla de lo laboral con lo personal, hasta alcanzar un punto donde plantearse un cambio que reconduzca su pobre existencia. Pero en lugar de cortar por lo sano y buscar una separación amistosa, cambiar de trabajo o incluso de residencia, no se le ocurre mejor cosa que planear el asesinato de su santa esposa. A ojo no suena muy bien. Aunque también es cierto que al pobre Wilt se le acumulan una serie de desdichas que podrían defenderse judicialmente a posteriori, mediante el comodín de un estado de locura transitorio. Como cuando un conductor borracho se excusa en la embriaguez tras llevarse a alguien por delante. Pero volviendo al cuento y al lógico modo de proceder de un británico; no hay nada mejor que un ensayo, donde entra en juego uno de los personajes femeninos más memorable: una muñeca hinchable llamada Judy.

Wilt se detuvo y observó cómo la máquina perforadora iba hundiéndose lentamente en el suelo. Estaban haciendo agujeros grandes. Muy grandes. Lo suficiente como para contener un cadáver.

A partir de ese punto entra en juego un listado de carambolas que sólo pueden tener sentido cuando el nivel del disparate anda acorde con los notables secundarios que aporta Sharpe. Desde un matrimonio yanki, los Pringsheim, donde destaca particularmente y adelantándose a su tiempo la feminazi Sally, hasta otros sarcásticos educadores como el doctor Board. La novela discurre en una constante locura, hasta que choca con la supuesta cordura que intenta aportar la policía, con el inspector Flint a la cabeza. Un funcionario de la ley atrapado en un modo de hacer y actuar de manera lógica y que se ve enredado frente al ilógico trasiego alrededor de Wilt. Llegados a una sucesión de acontecimientos extraordinarios, cuesta creer cómo es posible que Thorpe tenga la capacidad de sorprendernos con una trama que puede llegar a enredarse hasta limites irreales, eso sí, para disfrute de un lector condescendiente, agradecido por reír con ganas las ocurrencias, las situaciones grotescas y un humor que mezcla el surrealismo con la capacidad más brutal del ser humano.

Ha pasado bastante tiempo desde aquellas lecturas juveniles y aunque la capacidad de sorpresa se pierda, Wilt todavía mantiene suficientes argumentos estimulantes en el interior de sus páginas, capaz de arrancar más de una sonrisa mientras Thorpe nos cuela parte de una descripción de la sociedad inglesa de la época, con cierta petulancia en sectores de la educación o de la mera representación de los estudiantes; acordes a una edad e intereses diferentes a la de los adultos. De hecho el propio Sharpe conocía bastante bien el ámbito educativo, pues antes de lograr el triunfo editorial, ejerció la profesión y en una escuela similar a la de su personaje ficticio. Está claro que no se fue muy lejos para asesorarse en una escuela con clara vocación de formación profesional. Wilt aún hoy es una apuesta segura.

-Pero te aseguro que no me tiré a la zorra esa -dijo Wilt-. Le dije que se fuera a que le lustrara otro su perlita.

-¿Y a eso le llamas equivocarse? ¿Lustrar su perlita? ¿Dónde demonios aprendiste semejante expresión? 
-Carne Uno -dijo Wilt

Wilt
Tom Sharpe
Ed Anagrama, 2006 

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Wilt

16 de octubre de 2020

Glass

A principios de 2019 se estrenaba Glass, esperadísima película destinada a cerrar la peculiar trilogía de Manoj Night Shyamalan sobre los héroes salidos del cómic. Peculiar porque las dos anteriores, El protegido y Múltiple, son dos películas que tienen entidad propia, independientes entre ellas y sin ninguna relación que las una hasta la llegada de Glass. Un ligero rodeo al que Shyamalan resuelve de manera solvente, en una especie de prólogo donde logra conectar al héroe del impermeable de la primera, a la caza y captura del peligroso personaje con diferentes personalidades del segundo filme. Tras la carta de presentación, llega el grueso de la tercera película, principalmente en una especie de psiquiátrico donde haga acto de presencia el tercero en discordia: Don Cristal, el villano del filme original. El tráiler ya avanzaba por donde iban a ir los tiros, al dar pie a una loquera dispuesta a demostrar a sus pacientes que sus supuestas habilidades especiales no son más que delirios de grandeza, que nada tienen que ver con la fácil comparación del mundo de las historietas con la realidad. 
 
Qué me expliques por qué el fondo es rosa, coño!-© Universal Pictures
En parte, se entiende la supuesta búsqueda de identidad. La necesidad humana de buscar una explicación lógica sobre lo que no se entiende y que encima dote de interés a la narrativa de la película. Sin embargo esta situación ya se dió en El protegido, cuando al personaje interpretado por Bruce Willis (David Dunn) se debatía frente a su antagonista Samuel L. Jackson (Don Cristal) en la aceptación del don recibido. Ahora se vuelve a ese combate, con la salvaguarda del enfretamiento diálectico y el estudio cientifico. Una propuesta que choca con el personaje de Dunn, pues supuestamente ha estado realizando la función de justiciero nocturno desde la resolución de la peli original, y bastantes años han pasado desde entonces, para que venga una señora ahora y ponga en duda el gusto que le ha cogido a rozarse con toda clase de individuos, descubrir a los maleantes y gamberros para después dedicarse a dar mamporros a delincuentes de segunda. Obviamente el interés de Glass decae en ese punto, incluso reconociendo el buen hacer de su director en remarcar su postura y manera de rodar, bastante alejado de la fanfarria y del mero espectáculo hormonal de otros héroes, habitualmente disfrazados. Pero esa postura ya se ha visto, y solamente cuadraría si nos encontraramos con una secuela de Múltiple. Situación que se da parcialmente.
 
Esa pequeña losa se enfrenta a las ganas del espectador por ver cómo se resuelve la reunión de los tres seres extraordinarios. En un clásico encuentro de la narrativa del cómic aunque sobresalga ese toque realista, alejado de la tópica conquista del mundo o amenaza planetaria. Los protagonistas andan liados en otras cuestiones más cercanas, como el reconocimiento de su existencia. La batalla que ya libraba el personaje que da título al filme y que sigue emperrado en demostrar su existencia extraordinaria al mundo. La suya y la de sus compañeros. 

Pedazo de actor. U ha!-© Universal Pictures
De ellos vuelve a destacar James McAvoy, dando pie a la horda de seres que encierra su cuerpo y su capacidad actoral para afrontar con vehemencia el continuo cambio de careta, entonación y movimientos físicos. Un prodigio que choca con el conocido temperamento estático que el autor imprime a sus personajes. Una manera de rodaje y de exposición reconocidos, un sello y una valía que se ha labrado a lo largo de una carrera sinuosa, donde los mayores aciertos han sido con historias pequeñas que trastocan la realidad cotidiana de sus personajes. En Glass, también acuden en apoyo de los protagonistas su particular conexión con el mundo real, la necesaria parte familiar y que tanta importancia adquiere en las historietas ilustradas. Shyamalan recupera al hijo de Dunn, a la madre de Cristal y a la indultada víctima de la Bestia, en una amplia reunión para que sumen en la resolución final. Allá donde entra en juego el tradicional apogeo que suelen recoger las historias realizadas por cintas comerciales y superhéroes en mallas.
 
Pero el horizonte de Glass es diferente, ante la posibilidad de vislumbrar las habituales vueltas de tuercas que Shyamalan suele sacarse de la chistera. Un gran acierto que muestra el respeto del director por los códigos clásicos del cómic ligados a su habitual marca de la casa. Hasta el sopor de verlo en un cameo fuera de lugar. Manías que enpequeñecen en algo a uno de los pocos autores reales del séptimo arte.

Glass
Manoj N. Shyamalan, 2019

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El protegido

Múltiple

Glass

8 de octubre de 2020

El girasol

En ocasiones me dejo llevar por pequeñas tonterías a la hora de escoger libros. Como por ejemplo enlazar el bello nombre de Thérèse, cuyo apelativo titula la última obra de Zola expuesta en el blog. De ahí se llega hasta la autora de El girasol, la francesa Thérèse de Saint Phalle, a quien cabe felicitar por su nonagenaria edad y por estar presente en mi colección Reno. 

En El girasol se desarrolla un tramo concreto de la vida de Pauline, una joven psicoanalista cuya vida matrimonial se tambalea ante la sospechosa actitud de su marido: un refutado profesor de derecho. Tales recelos amorosos, señalados en la reseña de la contraportada, levantaron pequeños prejuicios sobre la posibilidad de adentrarme en una novela de corte romántico. Una actitud impropia de un adulto de más de 40 tacos. Por suerte, fue leve y pasajera la idea preconcebida, dando paso a una agradable lectura y de corte personal, donde la novela, simplemente, destaca como puede trastocarse la estabilidad matrimonial desde el punto de vista de una mujer.

<<Cuando está de vacaciones, ¿analiza a la gente con que se tropieza?>>

La protagonista, Pauline, es una mujer que por defecto profesional tiende a analizar con soltura los mecanismos por los que gira su estabilizada vida. Su monótona rutina, anda dedicada profesionalmente a sus pacientes y en lo personal, a su marido Charles. Incluso la buena mujer llegó aceptar convivir con su suegra, mientras mantiene en su interior la pequeña losa de su incapacidad por engendrar hijos. Pero llega el cambio, el giro inesperado que trastoca el deseado descanso vacacional cuando su marido tenga que partir a un congreso extraordinario sin posibilidad de acompañarle. La clásica excusa del viaje de trabajo. Y claro, menuda gracia tener que quedarse en París, en la rutina gris del día profesional y con la oscura presencia de la vieja. 
 
Por suerte surge una vía de escape, cuando uno de sus pacientes invita a su benefactora a pasar unos días, junto a su familia, en una amplia propiedad familiar en el campo. Y de ahí, al clásico viaje personal, facilitado por el contraste de la ciudad frente al mundo rural; allá donde se acumula el aire limpio, el tiempo sosegado y otros ruidos menos molestos. Mientras nuestra protagonista, físicamente, camina cual Heidi por estos lares, su cabeza apenas puede desmembrarse del coloquio interno que arrastra su matrimonio. Y si al fuego del texto conviene alimentarlo, se le añade; porque al abrigo del calor estival, se descubren las pasiones veraniegas, sobre todo cuando Pauline descubra la pasión que despierta su figura en otros hombres, quienes intentan atraerla a mordisquear la tentación del pecado. Y claro, más combustión al comecocos personal, ligado al cambio de actitud de Charles y a las propias necesidades de la protagonista.

También surge una pequeña envidia, al contrastar que quien sustenta la armonía de la familia del paciente es otra mujer; una madre que sigilosamente mantiene en equilibrio entre el resto de miembros de su hogar junto a otras tareas, además de tener tiene tiempo de atender a sus hijos pequeños. Una semilla dolorosa en el corazón de Pauline.

Como suele ocurrir en la realidad, hay períodos donde se acumulan los problemas, a la par de ir acompañadas de la terca habilidad de tropezar en las mismas piedras. Todas ellas llegan de golpe al verano de 1968, para provocar el vaivén emocional que termina por acaparar gran parte de la novela. Al menos está tan bien descrito, que la lectura se desliza fácilmente ante la necesaria comida de tarro de la protagonista, allá donde la profesional es inundada por las emociones que la asaltan y la habilidad que tiene para autodiagnosticarse en su pequeña batalla mental, una constante entre la lógica de una mujer adulta que busca imponerse ante los arrebatos del cruce de sentimientos. Una lógica asociada a la responsabilidad de la acción de sus actos y a la que ha obedecido ciegamente, como sus amados girasoles, la planta que rinde una continua pleitesía al rey sol, guiados por la luz de la razón de su existencia. Sin embargo, el ser humano es más complejo, y las aristas por las que pasa Pauline serán su prueba de fuego para continuar su senda marcada o abrirse nuevas puertas. La decisión la tomará ella, ésa es su libertad.

Me pregunto qué libros habrían escrito Malraux y Hemingway si hubiesen llevado una vida tan trivial, tan chata como la nuestra
 
Pierre de Feux

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El girasol
Thérèse de Saint Phalle
Ed GP - 1976