28 de octubre de 2023

Los anillos de poder

Hace poco más de un año del estreno de una de las series más esperadas. Tiempo suficiente para suavizar la exagerada polémica que acompañaron los 8 episodios de la serie más cara de la historia: unos 60 millones de euros por episodio. De entrada, conviene ir al grano y destacar que esta primera temporada de Los Anillos de Poder, es digna heredera de la trilogía creada y estrenada en cines por Peter Jackson, y de eso hace ya unos veinte años. Un producto, el de Jackson, triunfante en varios frentes; por supuesto en taquilla, a lo largo y ancho del globo, para después dar paso a diversos premios cinematográficos, a mayor gloria de sus responsables; y en último lugar, el goloso caramelo de los productos asociados a su alrededor. Una línea sabiamente explotada, a la par de las películas, y que hoy día aún continua en juguetes, ropa, cómics, videojuegos y cualquier cosa vendible. Seguramente éste sea el anzuelo del negocio, los números asociados a una saga de éxito donde Amazon, al menos, propone un empujón propio.
Hostia puta¡ - Amazon Studios
Lo de las sagas, ampliamente mercantilizadas, no es nuevo, hace 30 años Spielberg dio un buen mordisco con Parque Jurásico, allá donde un excéntrico millonario hizo buena la frase; ¡No hemos reparado en gastos! en levantar un negocio alrededor de los lagartos gigantes que poblaron el planeta antes que nosotros. El magnate calvo de Amazon, Jeff Bezos, bien podría apropiarse de la misma frase para defender el producto audiovisual creado por Patrick McKay y JD Payne. Porque pasta, lo que se dice pasta, ha puesto encima de la mesa para que la serie estuviera a la altura de las esperanzas puestas en los afines consumidores. Y no es para menos, después de acoquinar una millonada en 2017, cuando Amazon se hizo con los derechos de explotación de El señor de los anillos y los derivados de la obra de Tolkien. La serie creada a posteriori, apenas escatima en despliegue humano, vestuarios, calidad visual, efectos y otros extras ligados al buen hacer del dinero. Y para muestra, la exagerada propuesta de la isla de Númenor, adornada con un exceso arquitectónico tan recargado, que sobrepasa la fantasía de que todo esté en perfectas condiciones pese a ser una isla que, curiosamente, apenas sufre de la erosión. 

Sin embargo existe un problema, nimio, pero problema: Que Los anillos de poder es una serie. Y está encima apuesta a lo grande, con diferentes tramas paralelas que limitan la retención del espectador ante el amplio reparto expuesto. Seguramente, los dos primeros episodios, dirigidos por el español JA Bayona, sean los más aburridos por la dificultad de presentar a los protagonistas y exponer los problemas que deben hacerse frente en la fantástica Tierra Media. Aunque dos horas después debían de haber dado para algo más y la acción, propiamente dicha, arranque en el tercer episodio, y a partir de ahí mejora la enorme bola que ha comenzado a rodar. Cabe resaltar que no soy seguidor acérrimo de Tolkien, ni conozco al detalle los apéndices, ni otras referencias escritas o sugeridas por el honorable británico; pero lo que sí sé, es que Los anillos de poder es una adaptación, y por lo tanto, una obra nueva y por supuesto distinta a la hora de realizarse, encima, en un soporte distinto a la literatura. Las libertades de los guionistas son necesarias para enriquecer el ámbito audiovisual y, por supuesto, para defender el trabajo creativo de la peña que se ha puesto detrás de tan ambicioso proyecto. Al final, es el espectador el que tiene la sartén cogida por el mando de su casa.
El elfo oscuro Adar, pedazo de personaje - Amazon Studios
Los anillos de poder echan la vista atrás, hacia el origen de las dichosas sortijas que pondrán en jaque el mundo ideado en diversas guerras. En el reino de los Elfos destaca la figura protagonista de Galadriel, comandante de algún tipo de ejército al que lidera en su obstinada misión de perseguir cualquier resquicio sobre la sombra de Sauron. Galadriel mantiene una férrea cabezonería de asegurarse de que el señor Oscuro desaparece de una vez por todas. En su camino destaca la continua mala hostia, orgullo, locura y chulería frente a la adorable reina del bosque de Lorien que acogió a Frodo y Compañía en La Comunidad del Anillo. Una buena decisión de contrastes frente a las películas, que lamentablemente siempre estarán ahí como elemento de comparación. Por suerte, Los anillos de poder emprenden su propio trayecto, exponiendo en diversas tramas las bases que conocen quienes se hayan aproximado algo a la literatura o al cine. Es un canto llamativo, inteligente y apropiado hacia el fandom, el poder observar ciertos orígenes de personajes y escenarios conocidos, en plan homenaje o los motivos que llevaron a conocer cómo cayeron los reinos del Sur. Sinceramente memorable como los orcos preparan el advenimiento del reino de Mordor.

En términos globales, es una buena serie de entretenimiento, cuyas tramas avanzan en el amable y suave proceso estipulado por las modernas reglas que imperan los seriales de éxitos. Muchas tramas paralelas, desconfianzas continuas entre los protagonistas y continuos giros de guion que presumiblemente buscan la sorpresa mediante algún momento álgido. Algo manidos estos virajes que pueblan los esquemas de las producciones televisivas, aunque estas tengan una verdadera factura cinematográfica que logran enmendar un producto final soberbio. 

Los anillos de poder
Amazon Studios, 2022

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Los anillos de poder

18 de octubre de 2023

La posibilidad de una isla

Menudo chalado. Fue la frase que me vino a la cabeza para evaluar a Michel Houllebecq cuando llevaba un tercio del libro leído. Después, avancé otra buena tanda de páginas y pensé que tampoco estaba tan tarado. Pero a principios de mes, diversos medios volvían a inventarse las candidaturas al Nobel de literatura de 2023; con Michel Houllebecq situado en las supuestas quinielas al premio mientras recordaban, por ejemplo, que el escritor francés exigió recoger el premio Leteo, dado en León, con su mascota al frente. Tal concesión al capricho individual, viene a recordar la particular figura que lleva rodeando al polémico Houllebecq desde tiempos pasados. Un tipo que despierta simpatía y repulsión a partes iguales. Obviamente, el marketing también funciona en la escritura, y la bronca siempre acompaña a la gratuidad de la publicidad. Y de un premio real a otro, pues la lectura de La posibilidad de una isla vino dada tras revisar el alto porcentaje de visitas que tiene en este blog, Los organillos, (y lo mejor es que desconozco el motivo) premio Interallié en 1962 frente al 2005 del libro protagonista de esta entrada. He ahí la causa, la única, de adentrarme por primera vez, en una obra del conocido escritor francés.

La posibilidad de una isla es una espesa novela personal con una particular propuesta de tintes futuristas. En principio, la narración principal recae en Daniel1, un exitoso humorista de principios de milenio cuyo relato viene a describir su trabajo profesional y las relaciones personales con dos amantes en diferentes momentos de su vida. Los dos amores de su vida, por así decirlo. El protagonista describe cómo logró hacer fortuna con su oficio, supuestamente cínico, corrosivo y provocador; escondiendo bajo el paraguas del humor, las típicas barbaridades que siempre logran abrir las sonrisas frente a la histeria de otros. 

Las mujeres de su vida son dos: Isabelle, periodista de éxito y con una relación más próxima al habitual de la típica pareja estable, y Esther, una joven aspirante a actriz que logrará engatusar al protagonista con su libertinaje y desenfreno sexual. Por otro lado, destaca la inclusión de Daniel24 y Daniel25. Estos dos, son seres clonados del Daniel original que van completando el texto con ligeras aportaciones sobre el futuro ideado por Houllebecq. Son pequeñas muestras intercaladas, cuya estructura paralela acapara mayor protagonismo en la vida del Daniel original, y cómo éste logró que sus genes fueran perpetuados de manera repetitiva. 

El milagro se debe a una secta religiosa que promueve un ambicioso proyecto científico que busca alcanzar la inmortalidad de sus fieles. Curiosamente, la inclusión de los elhoimitas, (el nombre de la secta) logra romper cierto tedio a la narración, demasiado centralizada en el ego personal del autor, sus vaivenes filosóficos y su querencia por regodearse en la descripción gráfica de escenas sexuales. Ya sea por curiosidad o por buscarse algún modo de entretenimiento, el Daniel original describe cómo leches se fue acercando a los postulados de la secta, cómo estaba establecida su organización, el momento exacto en que la secta empieza a ganar adeptos y orientar sus lucrativos fines de obtener la inmortalidad. Este contraste choca con el devenir de Daniel hacia el hastío y la toma de conciencia de su caída personal. Pese a tener una vida acomodada, el paso del tiempo hace mella en el coco del protagonista; las arrugas del rostro empiezan a ahondar en su cabeza el sentido estricto de una vida a la que no encuentra ninguna esperanza, renegando de la vejez como un mal a extirpar. Que se agarre a la esperanza inútil de la inmortalidad que ofrece la secta, le parece un mal menor a lo que siente y expresa. La vida empieza a los cincuenta años, es cierto; con la salvedad de que termina a los cuarenta.

He de reconocer que esta novela oscila entre partes bastante entretenidas con otras llenas de verdadero sopor. O abrías el libro con ganas, o la pereza se apoderaba a lo largo de algunas páginas. Sobre todo, cuando a Houllebecq le daba por divagar cuestiones que solamente él debe entender o cuando desfasaba con redundancia la caída libre de Daniel1. Hay tramos que están desarrollados en exceso y apenas aportan algo que obligue al lector a continuar con la lectura. También reconozco que este tipo sabe escribir, pese a sus aires de provocador y chulería, gracias a un estilo directo que seguramente le cuadre mejor en otras obras que no necesiten de un diván para analizar la fantasía que propone en este libro. Por que esa tumbona puede provocar alguna caída de ojos. Una posibilidad más acorde al resultado final que buscaba este señor.


La posibilidad de una isla
Michel Houllebecq
Ed Anagrama

Prix Interallié

Los organillos, Henri-François Rey, 1962

La posibilidad de una isla, Michel Houllebecq, 2005

3 de octubre de 2023

Rollerball

Hacía tiempo que se metió en mi cabeza volver a ver esta película. Una de esas tontas necesidades que surgen a lo loco, seguramente gracias a un buen recuerdo guardado en el subconsciente, y que se hacen bola si no es posible realizarla de manera rápida. Después de una larga búsqueda infructuosa en diversas bibliotecas, (en la provincia de Madrid sólo hay una copia en Colmenar Viejo) la plataforma Prime Video, tubo a bien incluirla en su amplio catalogo de films añejos. De la película, recuerdo claramente el espectáculo visual, basado en un inventado deporte de gran calado popular y que da título a la película de Norman Jewison, veterano director retirado con algunos éxitos en su haber (En el calor de la noche) Además, mi memoria recordaba vagamente el carácter futurista de una sociedad sin mayor apreciación destacable que el memorable deporte. A fin de cuentas, es el recuerdo más claro, el de un juego cuya razón sirve para contentar a las masas mediante la barata violencia que se acumula en su transcurso. Un par de equipos, de diferentes ciudades del mundo, se enfrentan dentro de un recinto ovalado con la misión de introducir una bola de acero en una especie de diana del equipo rival. Y para ello, pueden emplearse a fondo, hasta acabar con la vida del rival si es necesario. Hecho aplaudido con fervor por el gentío acumulado en el graderio.

La bola, te la voy a meter....
Rollerball nos traslada a un extraño futuro, donde los países han desaparecido en favor del auge de las grandes corporaciones. Un mundo dominado por grandes empresas que mantiene a la sociedad colmada en un tonto bienestar, como por ejemplo acabar con las hambrunas o dejar atrás las guerras entre naciones. Sin embargo, hay algo que no cuadra en este paradisíaco mundo feliz y la figura que ponga en duda el régimen establecido es Jonathan E. (James Caan) El capitán y líder del equipo de Rollerball de Houston, la ciudad donde se haya la importante Corporación de la Energía. Él es una estrella mundial, el jugador que mayor puntuación acumula y que lleva varios años en activo, pese a ser un juego que invita a perder la vida tranquilamente en el transcurso de su vida deportiva. Y justo, tras eliminar en el arranque del film a Madrid, el mandamás de la Energía, Mr Bartholomew, propone al carismático jugador que se retire del juego y disfrute de una agraciada jubilación.

Los motivos de esta singular decisión son las adivinanzas propuestas al espectador. Las mismas dudas que alberga el protagonista, al no entender cuáles pueden ser las razones que empujan al propietario del equipo en apartarle del juego después de alcanzar las semifinales, de un torneo, que les llevará hasta el próximo rival en Tokio. La presión sobre el jugador aumenta cuando éste empieza a resistirse y abre la puerta a observar la curiosa sociedad futura propuesta, una sociedad donde no existe ninguna forma contraria ni de disidencia, o al menos no se muestra. Todo es plano y redundante, hasta las fiestas que parecen prometer una loca orgía mientras la única diversión final acaba cuando explotan árboles. 

La única nota contraria es la resistencia de Jonathan E. a jubilarse, pese los persuasivos consejos de amigos y otras entidades que buscan convencer al cabezota de turno. Pero nuestro protagonista comienza a plantearse preguntas, mientras revolotea con la misma cara de perdido que los espectadores a la hora de encontrar respuestas. Por ahí destaca la introspección individual y las miradas vacías, cuya finalidad pretende rebuscar en el interior del personaje, buscando soluciones sobre un mundo artificial del que tampoco ayuda en demasía el breve recorrido que ofrece. Ni el socorrido comodín del amor perdido rescata una idea futura de lo que se pretende recalcar. 

Un individuo frente al colectivo, la opresión de un régimen establecido sobre una figura endiosada por el deporte y que las elites ven como a un peligro por su posible influencia sobre las masas. En realidad es un dato que brilla por su ausencia y la única respuesta posible se queda en que cada uno predique lo que entienda. Sinceramente, veo incapaz al protagonista de levantarse, cual Espartaco, contra el orden establecido. Por mucha estrella mundial que se sea, hace falta algo más para liderar una corriente contraria a los que pretenden apartarle de su poltrona. Simplemente, hará lo que mejor sabe hacer, rodar sobre un parqué y volcar su furia contra un tipo disfrazado de un color diferente al suyo.

Tú me dejaste de querer cuando menos lo esperabaCuando más te queríaSe te fueron las ganas
Seguramente, el Rollerball de 1975 ande etiquetado y recordado por las mismas sensaciones que dejó años atrás, las mismas que se mantuvieron en el subconsciente durante tantos años, y que demuestra el buen hacer en la dirección de Jewison. Porque lo que mola es ver a estos gladiadores del futuro darse de hostias. Punto final. Rollerball resistirá el paso del tiempo gracias a que nuestras retinas retendrán las imágenes de un deporte furibundo, patinadores dándose de leches mientras persiguen una bola de acero. El resto del planteamiento se irá diluyendo frente al poder de la imagen ofrecida, el circo necesario para entretener a la masa, aunque la vida de los contendientes pueda resbalarse en el parqué del estadio cuando las normas se regulan según el interés de que la carnicería se vea aumentada. Por ahí se eleva la esencia de un espectáculo que grita al unísono el nombre de sus ídolos del momento.

Rollerball de Norman Jewison
1975