6 de febrero de 2026

Un lugar en la tierra

Al bueno de John Dos Passos (1896-1970) se le sitúa, literariamente, dentro de la Generación Perdida. Una clasificación que incluye a un reconocido grupo de escritores americanos que anduvieron un tiempo extraviados por Europa. Ya sea para participar en la I Guerra Mundial, donde recabaron material suficiente para narrar sus experiencias en la contienda; o en plan bohemio, para describir las dificultades de posguerra en el viejo continente, con la capital francesa a la cabeza en su auge culturalLa firma de estas personas destaca a un buen número de autores bien reconocibles: como Hemingway, Fitzgerald o Faulkner, entre otros. Dos Passos pertenecía a una familia adinerada que podía permitirse el lujo de establecer, al joven John, en diversos países europeos donde ampliar su formación académica. Y de ahí, rápidamente a su participación voluntaria en la I Guerra Mundial, cuya labor estuvo centrada en la conducción de ambulancias de la Cruz Roja. Al concluir la guerra, debutó en el mundo de las letras con historias relacionadas a su experiencia personal durante el conflicto.

De esas fechas saltamos a 1951, cuando se publicó: Un lugar en la tierra. Una ambiciosa novela que acompaña a un nutrido grupo generacional sobre la evolución de EEUU a potencia mundial; con fechas centradas desde finales del XIX, hasta el complejo inicio del XX. Una revisión sobre el desarrollo de una sociedad con diferentes puntos de vista, a través de una serie de personajes que forman fragmentos separados en el conjunto de la novela. Por un lado están sus vidas personales, y por otro, su participación individual, dando forma a una historia grupal en forma de contexto que explique por donde deambulan esos personajes. A Dos Passos se le atribuye estructurar sus obras en forma de collage, un estilo propio que expone relatos separados, unos de otros, pero que en conjunto, tienen muchas cosas en común. Porque siempre es más agradable cuando las historias individuales son las responsables de poner relieve a un período concreto.
En primer lugar y de manera colectiva, habría que destacar a las elites americanas, quienes toman conciencia de las oportunidades de negocio y dirigen el afán empresarial de su país, a establecerse por encima del resto de potencias mundiales. El principal apoyo vendrá dado en forma de Guerra Mundial, en una primera edición donde los EEUU miraron de soslayo hasta casi el final, despreocupados en sus propios asuntos salvo por la incorporación final de los voluntarios idealistas. Obviamente, es más fácil prosperar si tú país no ha sido asolado por las armas. Sin embargo y a pesar de esa clara intención de negocio, el libro incorpora otro tema de general importancia: La lucha de clases que se dio en buena parte del mundo occidental a causa de la relevante revolución bolchevique. Una oleada tan importante, que llegó a alborotar a todas la sociedades modernas de la época, cuando las facciones obreras tomaron un notable impulso para reivindicar mejoras en sus condiciones sociales. Los dirigentes y grandes empresarios reaccionaron por igual, sin miedo a buscar la confrontación por diversos medios, pues andaban recelosos de que dicha revolución se extendiera por más países. 

En medio de este contexto histórico, Dos Passos narra con detalle la vida de varias personas en capítulos dedicados en exclusividad hacia ellos. Y con el supuesto resultado de que debieran concretarse en una historia principal, o de una suma, que debiera llegar a una situación concreta. Este extraño vaivén desconcierta al lector, que busca a lo largo de las páginas algún nexo o interés relevante que relacione a estos personajes, donde algunos simplemente aparecen para formar parte del entorno, y en ocasiones, sin aportar nada que te anime a seguir con la lectura. Un caso concreto seria el fragmento dedicado a Ana Comfort Welsh. Valdría su biografía para exponer un auge feminista y particular en los inicios del XX, con un texto paralelo sobre la evolución de los movimientos sociales y las aspiraciones de las clases trabajadoras a formarse como un partido que aspirase a trasladar la revolución a los EEUU. Queda la idea y el proyecto revolucionario en el libro, pero Ana Comfort, y los secundarios que la acompañan, desaparecen del mismo.

Sólo destacan individualmente, el dúo formado por Jay Pignatelli y Lucie Harrington, quienes serán los protagonistas reales de la novela, al acaparar, poco a poco, mayor espacio en el texto y con pinta de andar condenados a encontrarse en algún momento de sus vidas. En primer lugar, destaca el protagonismo de Jay Pignatelli. Con un desarrollo que coincide con la propia experiencia vital del autor. Porque John Dos Passos ubica a su adinerado y joven protagonista en un recorrido similar al suyo, como poder criarse en Europa, lector compulsivo a pesar de su miopía y voluntario en la Cruz Roja como conductor de ambulancias durante la I Guerra Mundial. Un paralelismo, en la que Dos Passos ya dio cuenta de sus recuerdos en el conflicto bélico al principio de su función como novelista, con un llamativo salto de 30 años de diferencia a través de La iniciación de un hombre (1919) y Tres soldados (1922). 

Con Un lugar en la tierra vuelve a esa misma experiencia para contarnos la vida de Pignatelli y el idealismo personal de este joven. Tras la fórmula conocida de exponer en alto unos pensamientos que le acarreará problemas en el ejército y marcará su destino posterior para convertirse en abogado. Un picapleitos con una clara orientación popular, a la hora de escoger defender a las clases populares. En ese aspecto, destacará por representar a un padre y su hijo de origen italiano, en un juicio que más bien parece un serio aviso al sector anarquista por la violencia que solía desatarse en las manifestaciones y huelgas obreras. Es una causa que recuerda al famoso e histórico caso de los anarquistas, Sacco y Vanzetti. Una inspiración acorde a los sentimientos encontrados entre las clases populares y las posturas que la sociedad escogía. Ningún hombre sensato debe hacer nada para salvar de la catástrofe al mundo capitalista. Cuando antes se liquide el capitalismo, mejor será para la raza humana. Jed Morris

Sin duda, Jay anda por el mundo buscando encontrarse, en un desarrollo continuo con tantos secundarios que en ocasiones pierdo la cuenta de qué diablos está haciendo y con quién carajos está. La novela mejora cuando Pignatelli está quieto en algún lugar concreto, como cuando describe su estancia en la Francia de posguerra o buscándose problemas en las faldas de la mujeres. La historia de Lulie Harrington es otro cantar. Ligada su figura femenina al cuidado del hogar y las tareas que acarreaban las mujeres de su época. Por caprichos del destino, anda tutelada por sus tíos, mientras en ocasiones logra realizar diversas excursiones juveniles con sus amigos a través de los enormes lagos que limitan con Chicago. Dos Passos dedica una fortaleza singular a la señorita Harrington, al describir sus andanzas cotidianas mientras va enamorando a todos los hombres que se cruzan en su camino. Una fuerza narrativa con una larga lista de pretendientes que consideran natural poder elegir a las chica, y que ésta tenga que verse, tanto halagada como forzada a aceptar tales propuestas. Al menos Lulie sabe sortear estas situaciones comprometidas con la elegante gracia que toda fémina suele adquirir con naturalidad rechazar tales proposiciones. 

Un lugar en la tierra
Ed. Planeta, 1965
Colección Alcotán

Pero sus reflexiones se desplomaron bajo el peso de lo que hubiera querido decir y no pudo. Porque habría deseado explicar que las consabidas divisas - Libertad, Justicia, Civilización, Democracia - se disolvían en una masa de vulgaridades bajo los pies de los que afirmaban aplicarlas.

27 de enero de 2026

El mandaloriano

Para mayo de 2026 está previsto el estreno de un nuevo filme de Star Wars en salas de cines con: The Mandalorian and Grogu. Sería algo normal o habitual dado el alto índice de producciones realizadas por y para la plataforma de pago. Pero tras los palos recibidos por Solo y el final de la última trilogía Skywalker, Disney se ha decantado por las series en detrimento de la pantalla grande. Sólo hay que echar un vistazo a la hemeroteca para percatarse de las continuas cancelaciones de los proyectos propuestos. Con la cacareada trilogía de Rian Johnson a la cabeza. Un autor que estaba destinado a reiniciar la saga galáctica pero que no pasó la dura criba del jurado popular, sobre todo por las críticas desatadas hacia su filme de Los últimos JediY tras el paso de unos cuantos años, sorprende la elección de un nuevo filme, aunque esta sea la apuesta casi segura del Mandaloriano y su huérfano verde, después de tres temporadas pasadas por la plataforma. 
The Mandalorian - Disney+
La película es una buena escusa para retomar el camino correcto, y revisar, una serie que supuso un notable aire fresco de una saga que no conseguía aunar criterio ni opiniones favorables en el largo saco que aglutina este universo particular. Está tan bien pensada que tiene su propia y reconocible BSO. Para 2019 se estrenó la serie bajo la tutela de Jon Favreau y con Dave Filoni como responsables más reconocibles. A ellos, hay que agradecer el logro de recuperar algo de la magia de antaño, con un protagonista ideal dentro de un universo bastante reconocible para el público general. La imagen del mandaloriano retrotrae a una figura legendaria, a un misterioso cazarrecompensas en la lejana ya, El imperio contraataca y cuyo nombre recaía en Bobba Fett. Favrou recuperó esa armadura y casco singular para rodar una serie que ya cumple tres temporadas. Aunque la batuta principal esté situada en un nuevo personaje con mismo disfraz y similar oficio.

Mando o Din Djarin, es otro efectivo cazarrecompensas que se gana la vida aceptando trabajos que requieran de la persuasión efectiva de las armas y con un claro aroma a western; el único genero genuinamente yanqui y del que ya expuso Lucas suficientes elementos en la trilogía original. Por suerte, el público más acérrimo conoce cierta cronología donde ubicar el jolgorio galáctico, que va camino de tener más vaivenes que Regreso al futuro. La historia de El Mandaloriano, anda situada pocos años después de la caída del Imperio, aunque todavía queden pequeñas guarniciones diseminadas que intentan plantear cierta resistencia a la Nueva República.

El pueblo mandaloriano está formado por una especie de soldados de elite, dedicados en exclusiva para la guerra; similares a los antiguos espartanos, con parecido yelmo sobre sus cabezas, y dedicados en cuerpo y alma a su particular metodología guerrera, que incluye un credo religioso cercano al fanatismo. Un código al que su protagonista se agarra obstinadamente para proceder bajo esa norma que guía su camino como un lobo solitario. Porque Mando no es el habitual asesino sin escrúpulos, simplemente realiza su trabajo bajo una interpretación que bebe únicamente de su dicción y los gestos que articule el bueno de Pedro Pascal, el conocido actor que esconde su rostro bajo el casco y la armadura. 
La verdad es que es adorable - Disney+
En la primera temporada hay una clara referencia al western, repitiendo clichés en paralelo a una galaxia muy lejana, donde abundan los duelos, cantinas, rescates y referencias a clásicos del género (Los siete magníficos, Grupo salvaje...) Se agradece que la mayoría de los capítulos sean auto conclusivos, donde nuestro llanero solitario va resolviendo entuertos y estirando el elenco de secundarios que irán adquiriendo protagonismo a lo largo de la serie. El punto de giro principal viene dado por una llamativa figura verde, conocida como baby Yoda, el peluche de moda por aquellos años prepandémicos. Un supuesto huérfano que será adoptado por el mandaloriano, pero cuya existencia tiene un alto precio y valor para los restos del Imperio, situación que convertirá al cazador en la presa de personajes similares a su oficio en capítulos sucesivos.

La segunda temporada juega en favor de la nostalgia, con la inteligente tarea de incorporar secundarios de lujo de manera pausada, como el citado Bobba Fett, la jedi, Ashoka Tano o la conocida sorpresa final que encumbró a esta segunda temporada en un memorable episodio final. Los otros personajes citados tendrán la gloria de acarrear sus propias aventuras de manera independiente. El libro de Bobba Fett, por ejemplo, sirve de interludio hacia la tercera temporada del Mandaloriano. Una serie nacida en el penúltimo capítulo y que debía encumbrar al viejo cazarrecompensas de la trilogía original con una serie propia. La pena, verdadera pena, es que la violenta figura vista en el capítulo donde consigue recuperar la armadura de su padre, muta después en su serie particular, a una especie de gánster que prefiere usar métodos menos prácticos que el de apretar el gatillo y preguntar después. Un giro que no fue acertado del todo, y el bueno de Bobba Fett parece condenado a quedarse en una única temporada para tristeza de quienes esperábamos una visión adulta, violenta y oscura, coño. La serie de Ashoka Tano merecería algún tipo de mención, pero la pereza empieza a asomar en esta entrada y tal vez la dedique algún post individual cuando corresponda.
Para 2023, llegaría una 3ª temporada del mandaloriano, a pesar de contar con un final perfecto en su predecesora para finiquitar sus aventuras y dejar que las mentes de cada uno rellenen qué debía pasar a continuación. Pero el dinero manda, que para eso compraron el alma de Lucas a base de talonario los creyentes de las cuentas bancarias. Los mismos que derivan el entretenimiento hacia una mayor profundidad sobre el pueblo de los Mandalorianos, su planeta de origen y los necesarios conflictos que van inventándose para dar cabida a las nuevas aventuras del protagonista y su mascota verde. Ahora queda por ver como queda el chicle cuando se estire el negocio sobre la pantalla grande. Un servidor acudirá sin demora a cumplir con el sueño del niño que perdura en mi interior. Este es el camino. 

The Mandolorian
2019 Disney+


3 de diciembre de 2025

En el camino

Esta es una de esas novelas que ha sobrevivido al paso del tiempo bajo un aura considerable, alabada y bastante reconocida en el mundo occidental. En el camino tuvo un buen empujón gracias a Gilbert Millstein, crítico literario que tildó aquella publicación como "una verdadera obra de arte" en su reseña para el The New York Times. Un libro que expone, de manera autobiográfica, los viajes del protagonista por las carreteras de Estados Unidos, en una extraña afición de recorrer semejante país de costa a costa. Corría el año 1957, y el escritor Jack Kerouac ponía la piedra angular de la llamada generación Beat, un movimiento literario surgido tras la Segunda Guerra Mundial y que terminó por influir en la sociedad americana de la época. Un retrato generacional que distaba de la imagen estereotipada de los felices yanquis de los años cincuenta. 

La escritura de la novela también tiene su historia, pues Kerouac se encerró unas semanas para escribir de manera frenética a lo largo de un enorme rollo continuo todo el texto. En su reclusión, contó con la ayuda de las anotaciones que hizo en sus cuadernos mientras realizaba tales viajes a finales de la década de los 40. 

La importancia de la novela, es tal, que anda aupada entre las más influyentes e importantes de las letras estadounidenses. Un éxito editorial de referencia generacional, que cuenta con numerosos seguidores y con excesos colaterales; como la particular búsqueda de Terry, una novia mexicana de Kerouac a lo largo del primer viaje descrito en el libro y que dio pie a una curiosa investigación

Y ahora llega un humilde servidor en 2025 para explayar alegremente, que la lectura de En el camino, se me ha hecho bola. 

La novela de Kerouac abarca una magnífica experiencia personal a través de los alocados viajes de Sal Paradise (el sobrenombre del propio escritor) mientras recorría su país haciendo autostop, en autobús, tren, o por medio de desvencijados coches a toda velocidad, tanto por las carreteras como por las letras que lo describen. Tal atropellamiento, encaja con la escritura de la misma: alocada, repetitiva y sinuosa, donde da la sensación de que esta novela tiene mejores ideas que literatura. El libro anda repartido a lo largo de cinco capítulos cuyos puntos de partida y llegada se sitúan entre Nueva York y San Francisco. Con la ciudad de Denver como parada, casi obligatoria, para dar rienda suelta al desenfreno, de unos jóvenes, que recorren tantas millas como corridas nocturnas. Destaca la visión personal de Sal Paradise, narrador principal que termina por ahondar en la llamativa experiencia vivida años atrás, una llamada desinhibida que le arrastra a embarcarse en los grandes paisajes del interior del país a la búsqueda de algo que siempre anda buscado quien se interna en el mundo adulto. Alguna respuesta o experiencia que alimente hacia dónde reconducir sus pasos.

Carlo y Dean eran como el hombre del calabozo y las tinieblas, el underground, los sórdidos hipsters de América, la nueva generación beat a la que lentamente me iba uniendo. 

En ese trayecto, comparte experiencias con otros múltiples personajes similares, quienes coinciden en un estilo cercano al vagabundeo de andar sin reparos de un lado para otro. Y en medio de tanto viaje está la juerga, las drogas, el sexo y la música como telón de fondo. En una repetición constante donde sólo varían lugares, personajes y recuerdos descritos en una particular manera de minimizar o explayarse según convenga. Es por ahí donde se nota cierta redundancia que amenaza con extenderse a lo largo de todo el texto. Por suerte, surge un fantasma, una figura imprescindible que eleva el interés de la lectura en la curiosa personalidad de Dean Moriarty, el alter ego de Neal Cassidy. El colega zumbado que tiene la capacidad de transformar a quienes rodea por su llamativa forma de ser. Porque Moriarty es un personaje tan desfasado que cuesta creer a semejante elemento. Uno de esos versos libres que aparecen con un don diferenciador, atractivo y adictivo, pese a saber de antemano que es un individuo del que hay que resguardarse en algún momento. Y sin embargo, ambos se compaginan perfectamente, aunque se note cierta devoción de Paradise por su compañero de viaje.

A pesar del soplo refrescante que alcanza todo personaje soberbio, la novela vuelve a caer en la redundancia de los viajes, los coches y la conversaciones transcendentales. Para el final se deja un último peregrinaje a México como guinda de los exhibidores principales de las Roads Trips, la cacareada apoteosis final de un viaje legendario. Hay que reconocer  que en ámbitos generales molan las aventuras de estos personajes y la candidez de rememorar cómo se embarcan en un mundo que ya no existe. Lejano y perdido a mediados del pasado siglo cuando el mundo se descubría y vivía en primera persona. Seguramente, esta lectura me llegue 25 años tarde, cumpliendo así una característica imprescindible del relevo generacional, una obra que cumple su cometido en un momento dado, pero que fuera de ahí, pierde toda su capacidad de sorpresaLuego llega el día de la decepción cuando uno se da cuenta de que es desgraciado y miserable y pobre y está ciego y desnudo, y con rostro de fantasma dolorido y amargado camina temblando por la pesadilla de la vida.

En el camino
Jack Kerouac
Ed Anagrama, Colección compactos, 2014

15 de octubre de 2025

Soledad y angustia

Salvatore Lombino nació en octubre de 1926 en la ciudad de Nueva York. (A huevo del centenario de su nacimiento). Un escritor yanqui con raíces italianas cuya firma literaria derivó en Ed McBain, el sobrenombre más conocido de su labor profesional. Lombino fue un escritor de una extensa producción, y con el paso del tiempo, se le reconoce principalmente en novelas de carácter policíaco y criminal. En especial, una larga serie conocida como Distrito 87 (con más de 50 títulos en su haber). Para 1952 adaptó legalmente el nombre de Evan Hunter, en un extraño gusto por usar seudónimos que le llevaron a firmar como John Abbot, Hunt Collins o Richard Marsten entre otros. Al final, el bueno de Lombino/Hunter dejaría de marear la perdiz y se centraría en dos vertientes: McBain para la prolífica serie criminal, mientras que Hunter se quedaría para un espectro de novelas más diverso en la temática literaria. Hacia 1992 se supo que ambas firmas eran la misma persona, y por concluir este breve resumen, finalmente falleció de cáncer de laringe en 2005, tras fumar como un carretero a lo largo de su vida.

Soledad y angustia data de 1964, y viene firmada por Hunter. Y como en otras ocasiones, la lectura de este libro vino dado por el azar, dentro de la amplia gama que representa mi particular colección Reno; en una edición de 1971 y que su antiguo propietario debió leer hacia 1972, al dejar entre sus páginas algunos billetes del metro de aquellas fechas en dirección a Embajadores. Una chorrada que me hace sonreír y volver a dar utilidad a un libro 50 años después. 
Yo hubiera jugado al parchís con Gloria
La novela versa sobre un tipo que se despierta en un banco, como un mero vagabundo trajeado en un conocido parque de Nueva York. El hombre se percata de que su memoria anda despistada, en una suerte de amnesia de la cual no recuerda nombre, situación, ni nada que le sirva de contexto. Lógicamente, la primera opción es descubrir quién carajo es, y cómo leches, ha acabado durmiendo al aire libre sobre el mobiliario urbano. La única pista que lleva encima es una alianza con las iniciales, G.V., y una libreta negra con un número de teléfono. Ocasión única de echarse a la aventura en la enorme ciudad de Nueva York a la búsqueda de alguna respuesta. Porque la opción lógica de pedir ayuda a cualquier autoridad, ya sea policial o médica, queda descartada para evitar el fin de la ficción.

Debe dar una fuerte sensación sentirse desamparado ante la propuesta de Hunter, en un recorrido singular donde irán surgiendo algunas pistas del pasado de nuestro protagonista. Una figura que adopta el singular nombre de Sam Budvion, para al menos presentarse al mundo como corresponde.

En teoría, la historia propuesta se postula en unas 24 horas, pero con la irrupción de diferentes personas, con las que Budvion irá tratando, el tiempo se dilata, se abre a nuevas experiencias temporales donde el autor aprovecha para rescatar algún recuerdo perdido. Como el colmado donde trabajó de adolescente o el entrañable recuerdo de su abuelo en el negocio familiar. Pero en otras ocasiones hay escenas que van y vienen en el tiempo, en un libre albedrío que obliga al lector a prestar atención. Resulta curiosa la aportación de unos jóvenes al principio del texto, porque en su deambular, Budvion establece contacto con otras gentes en las que despierta algún tipo de subconsciente, en una extraña evocación del pasado que se entremezcla con el supuesto presente del protagonista. Hay una mezcla que traslada la lectura de manera onírica al pasado, al mezclar cosas del presente con tiempo pretéritos, una fórmula clásica de dotar al protagonista de agarrarse de algún modo al esquivo presente, ese al que su mente da la espalda y por la que lucha por salir a flote. Y ya que navegamos en aguas oscuras, huelga decir que Hunter participó en la II Guerra Mundial en el Pacífico. Señales de un pasado que recupera en algunos personajes y los representa como antiguos camaradas de Budvion, tanto en su presente como en sus recuerdos bélicos.

La obsesión que empuja al protagonista hacia adelante cumple otra variante clásica, y lleva el nombre de una mujer: Grace. Hay una Grace por ahí, un amor o un desamor, perdido o añorado, que obviamente tiene que formar parte de la resolución del enigma. Una esperanza al que nuestro protagonista no se harta de perseguir y hasta acosar a ciertas mujeres a las que su mente asocia hacia su querida Grace. Y así es como evoluciona en el texto su persecución y su esperanza de resolver un misterio a través de diferentes Graces que terminan siendo Glorias, Janets... mujeres diversas que ayudan de un modo u otro a divagar sobre las tinieblas de un hombre cuya cabeza persigue ese fantasma que le devuelva la clave de su existencia. Un presente que se obstina en revelar.

Vio salir a una señora por las puerta del muelle, un hombre corrió a abrazarla, y de repente se sintió más solo que nunca en su vida. Los pasajeros estaban inundando las calles, abrazándose, besándose y saludándose entre ellos, y él se quedó al margen de la muchedumbre, respirando penosamente, contemplando el intercambio de cariño, y de pronto, lloró.

Libro y billetes del metro 
Hunter induce al texto una sospecha divertida, gracias a la publicación de una noticia clave en un periódico. La de un peligroso prófugo de una institución mental. Un dato alentador para el bueno de Budvion, meterse en la tesitura de aspirar a ser un loco huido de un manicomio y que su vida sea un invento de las cábalas de su atormentada cabeza. Un aspecto dubitativo que el autor incluye a propósito para acarrear mayor complejidad a textos sacados de la linealidad, recuerdos confusos de un pasado que parecen entrelazarse con la supuesta realidad en un endiablado juego que encaja en diversos tramos del relato. Esos vaivenes temporales pueden servir para poner en orden al lector, o a un protagonista perdido en su locura, del mismo modo que pone en guardia a un lector receloso de tramos menos logrados, espesos, párrafos que mosquean por jugar al despiste y comprobar que nuestro héroe tiene alguna tara sicológica mientras 
recorre las calles de Nueva York a buen paso. La ciudad también tiene su protagonismo, no deja de ser una gigantesca urbe transformada en un laberinto de calles cuadriculadas por números y amplias avenidas. Mayor vacío no puede darse si el tipo es capaz de reconocer tales lugares menos su jeta al verse reflejado en un espejo.

Soledad y angustia en una novela distante, diferente y extraña, a la caza de un aspecto loable y que puede embaucar al lector por su atrevida propuesta de alborotar, de hacer algo distinto. Pero también puede echarlo para atrás, cuando se enroca en términos recurrentes o nos hace perder el hilo de dónde está nuestro protagonista. Lo reconozco, hay tramos donde descarría y obliga a retomar la lectura unas cuantas líneas hacia atrás. A pesar de todo, resulta curiosa y relevante la novela de un autor con ganas de enredar hacia un final que apunta a resolver las dudas de un lector temeroso de los finales abiertos tras tantas vueltas dadas.

Para finiquitar esta entrada, un último apunte sobre la extensa obra de Hunter, pues tuvo varias adaptaciones cinematográficas por algunos directores reconocidos de la época: Richard Brooks (Semilla de maldad), John Frankenheimer  (Los jóvenes salvajes), Claude Chabrol (Laberinto mortal) e incluso el japonés, Akira Kurosawa (El infierno del odio) se apuntó a la moda de adaptar textos ajenos. Evan Hunter también participó como guionista en algún que otro film, a destacar su participación junto a Hitchcock en la adaptación de, Los pájaros, hacia 1963. Por supuesto, Soledad y angustia también tuvo su trasvase a la gran pantalla de la mano de Delbert Mann, con James Garner y Jean Simmons como protagonistas en, La mujer sin rostro, de 1966. A ver si la encuentro y la echamos un vistazo.

Soledad y angustia
Evan Hunter
Ed GP, 384 de la Colección Reno,  1964

25 de septiembre de 2025

El rostro impenetrable

Es un western. Podría ser uno más de la ingente colecta de este género concreto del séptimo arte, pero esta cinta contiene alguna que otra salvedad que la diferencia de películas similares. En primer lugar, y más importante, es que este filme logra colgarse algunas etiquetas (atípica, singular, rareza) que la distingue de las clásicas películas protagonizadas por indios y vaqueros. Además, se trata de la única película dirigida por Marlon Brando, actor y figura más que relevante del siglo XX. En un principio, la dirección del rodaje corría a cargo de Stanley Kubrick, quien debió salir tarifando del propio Brando y sus manías ególatras. Y para esas fechas (inicios de 1960), la estrella del actor brillaba con más pujanza que la de un director en ciernes. Sin mayores reparos, Brando se haría cargo del rodaje a lo grande, como conseguir alargar la duración del mismo, situación que provoca el incremento del presupuesto, y a un primer montaje, que superaba con holgura la duración comercial de la cinta. Vamos, que todo se desmoronaba. Por suerte, las hábiles tijeras de productores y montadores hicieron acto de presencia para reducir un corte final superior a las dos horas, donde todo parece que cuadra a la perfección. 
Brando con Pina Pellicer - Wikimedia Commoms
El rostro impenetrable contiene algunas de las premisas clásicas del western: un argumento que contiene atracadores de bancos, venganza y una historia de amor. La gracia consiste en cómo se cuenta y en qué dirección van los actores a la hora de desarrollar el argumento. El filme arranca con el atraco a un banco y la posterior celebración de los bandoleros, cada uno a su manera dentro de la habitual fiesta de alcohol y mujeres. Pero las autoridades mexicanas dan con ellos, y en una apurada persecución los protagonistas se ven cercados con un único caballo por montura. Rio (Marlon Brando) se queda en lo alto de un cerro cubriendo la retirada de su compinche, Dad Longworth (Karl Maden) con la idea de que éste regrese con caballos de refresco para poder huir juntos. En medio de ese trajín, Dad decide quedarse con el botín y abandonar a su amigo, que será apresado y echado sus huesos a prisión. Con el tiempo logrará huir, con la idea fija de saldar cuentas con su anterior camarada. Visto así, todo apunta a una búsqueda feroz, con persecuciones, tiroteos y acción a raudales entre ambos protagonistas, pero el trascurso del tiempo es otro y los tambores de venganza se ven retrasados por las mentiras, el interés y unas cuantas dudas internas provocadas por temas inesperados. 

Porque Dad ha rehecho su vida, formado una familia y ha logrado ser un respetable sheriff de una pequeña ciudad junto a la costa californiana. Hasta allí acude Rio, junto a nuevos compañeros, con la idea de perpetrar un nuevo atraco y dar salida a sus ganas de revancha tras pasar cinco años a la sombra. Ese ímpetu, se enreda en las faldas de la hijastra de su rival, en las mentiras de sus verdaderas intenciones y en un remordimiento interno que trastoca toda idea preconcebida. Menuda faena, planear como moler a tú enemigo y no saber cómo afrontar la venida irresponsable de Cupido. Ese factor, interno, psicológico, alterna perfectamente en sintonía con la exagerada querencia de la cámara hacía Brando. El gusto de acaparar pantalla, como un empalagoso enamorado de sí mismo, hace dudar al espectador sobre si anda perdidamente enamorado o piensa usar a la joven incauta como parte de su revancha. Del mismo modo ocurre cuando ambos protagonistas comparten pantalla, al crearse una continua tensión del que no sabemos cómo evolucionará en las diferentes ocasiones en las que se encuentran.
Rojo pasión - Wikimedia Commoms
En la película, hay otros factores a tener en cuenta. La mayoría de la crítica realza la inclusión del mar en el paisaje frente a las clásicas praderas o desiertos crepusculares. Especialmente la captación del oleaje, al que supuestamente Brando esperó retratar durante días para remarcar el estruendo mental de sus actores, una manera de entender el dilema al que debe afrontar el personaje principal frente a su antiguo colega. Un Karl Malden soberbio a la hora de recrear a un sheriff amable, dicharachero y querido por sus vecinos. Un contraste simpático que esconde al violento pistolero de antaño, una doble cara tan marcada que parece servir de modelo a otro sheriff encantador y cabrón 30 años después, el oscarizado Little Bill Dagget de Gene Hackman en la magnífica, Sin Perdón. Esta claro que el duelo de actores eleva la película en todo su desarrollo. La mecha del conflicto anda amortiguada en los cambios sufridos por ambos, pero el reencuentro y las consecuentes mentiras que cargan sobre sus espaldas, desemboca en una evolución continua hacia el inevitable final.

En su día, Brando renegó del montaje final, y tal vez sea una de las causas por las que no repitió tras las cámaras. Además, El rostro impenetrable fracasó en la taquilla americana aunque tuvo mejor acogida en Europa, donde logró ganar la Concha de Oro del festival de San Sebastián. Al final, el verdadero medidor del éxito es el tiempo, aspecto que logra que esta película haya logrado un estatus relevante que la situé como un clásico imprescindible a reivindicar.

Marlon Brando, 1961