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13 de septiembre de 2025

Calderas del río Cambrones y un Cancho de cima

El pasado mes de agosto, la península ibérica fue azotada por una intensa ola de calor. Una chicharrera interesante que sobrepasaba cualquier hora del día, rincón o sombra. Tales indicadores, apenas incitan a darse un garbeo por el monte para sufrir a lo tonto, salvo que uno busque frescas alternativas, madrugadoras o que estén bien sombreadas. Lo cierto, es que hacía bastante tiempo de una excursión larga por la sierra del Guadarrama, de las que dan pie a preocuparse de un mínimo de planificación o de pararse a dejar algo manuscrito en el blog. La Calderas del río Cambrones son una estupenda opción de chapoteo veraniego; bastante conocidas, se tratan de una serie de pozas donde poder remojarse alegremente mientras se remonta un río que se ha abierto camino por un terreno bastante escarpado. A pesar del imperante calufo, ir directo a refrescarse es una opción a desechar, porque uno siente que hay cosas que tienen que ganarse para poder disfrutarlas mejor.
Al agua patos
Por ello, la excursión estival arranca desde el Paseo Santa Isabel II, mientras se aprecian los preparativos de las fiestas del municipio de La Granja en honor a San Luis. La vía de escape al monte, se da por la conocida senda que se dirige hacia uno de los puntos de interés más conocidos por estos lares: la cascada del Chorro Grande. Pero antes de avistar el salto de agua, una inmensa cantidad de moscas, y otros seres alados, recuerdan al excursionista el rigor del verano, por cómo estos bichos les da por merodear constantemente sobre mi cabeza mientras mis manos aletean en vano apartar estos molestos seres. Es lo que tiene el calor, el sudor y la maldita crema solar, que deben servir de alimento a estos jodidos bichos. Al menos camino sobre un amplio robledal, cuya frondosa bóveda otorga una apreciable sombra a la vera del arroyo, Peña Berrueco. Poco a poco va surgiendo el roquedal sobre la floresta. Una considerable mole granítica que se impone sobre el arbolado. Más bien parece un faro visual que atrae al ser humano a observar su monumentalidad, como si fuéramos polillas curiosas hacía la luz, mientras un continuo soniquete indica la leve caída del agua. Tras un pequeño desvío, nos situamos a los pies de la cascada, y se nota que estamos a mediados de agosto, pues el cauce anda algo flojucho para una caída que presume de llamarse Chorro Grande. Fuera la coña, se agradece que todavía mantenga algo de agua que incita a meterse debajo de su caída. Ahora me arrepiento de no haberlo hecho.
Sin embargo, queda mucha andadura por delante y toca regresar a la pista anterior para continuar subiendo, casi recto por la ladera del monte en una pista bien marcada. El siguiente hito a alcanzar es una fuente, situada sobre el arroyo del Hueco y que está colocada en un recodo del camino a pesar del extenso follaje que intenta ocultarla. El manantial surge con fuerza de su caño, y tan fresco, que no hay mejor manera de combatir el calor que meter la cabeza debajo y refrescar la siguiente tontería: abandonar la pista forestal y atrochar el monte para alcanzar el cortafuegos que corona la ladera de El Morro. ¿El motivo? Que ese cortafuego sirve para alcanzar una inhóspita cima llamada: El Cancho. Un dos mil sin el glamur que destilan sus vecinos picos de La Flecha y El Reventón. La tonta subida, desde la fuente, suponen unos 200 metros de desnivel, a lo loco, en mitad de un pinar de repoblación y la agradable compañía de saltamontes y mariposas; otros bichos menos molestos que los anteriores y que surgen cada vez que busco apoyo en los árboles que me permita descansar, resoplar y coger aire. Menuda pendiente me estoy comiendo. Al menos, queda para el recuerdo el retrato de uno de esos Gigantes (un pino de buenas dimensiones) que suelen aparecer por ahí dispersos cuando atrocho sin sentido. 

Llegado al cortafuegos, de compañía sólo quedan los saltamontes, empeñados en seguir mis pasos en cada zancada dada, como si fueran unos cotillas que se empeñan en saber a dónde diablos voy. Mientras, el cabrón de El Cancho parece extender más metros de por medio, en una asolada pradera y en continuo ascenso, el artificial camino va menguando su anchura debido a una maleza en constante crecimiento, recuperando el terreno que el ser humano creó a su antojo. La vista resulta curiosa, ando rodeado de praderones cuyos pastos ocupan una gran extensión, y del cual, comparten sus bienes el ganado doméstico con otros animales salvajes: como una manada de jabalíes a los que observo desde la distancia. Después de penar a lo largo de la ascensión y el auge del viento, surge la Cima de El Cancho. Una aglomeración rocosa que alberga viejos muretes desperdigados a su alrededor, tirados al suelo por la desidia del tiempo. Es la hora de la merienda, del bocata y las golosinas que sirven para otear un horizonte plomizo; porque el habitual azul celeste ha sido sustituido por la grisácea acumulación de cenizas sobre el cielo, por la ingente cantidad de incendios que se han concentrado en el noroeste peninsular del verano de 2025.

Tras rellenar el buche, toca desandar el viejo cortafuegos, con mayor rapidez gracias al descenso y ante la amenaza de alguna gota caída del cielo, se barruntaba una tormenta que por suerte quedó en cuatro gotas mal repartidas. Más o menos, a la altura donde alcancé este cortafuego anteriormente, el camino se ensancha en sentido contrario a la cima anterior. Se nota el trabajo de la maquinaria pesada más reciente y que amplia el camino por este supuesto cordal hasta llegar a una nueva bifurcación. A izquierdas, hay un desvío que permite descender la ladera, a plomo por el cortafuegos, aunque en este caso se queda como a la mitad el desbroce artificial. Un pequeño contratiempo que obliga en el descenso atravesar el pinar sobre las terrazas creadas cuando se repobló estos montes. Unos cuantos traspiés después, se alcanza la pista del inicio de la ruta, la del desvío de la fuente del arroyo del Hueco; y ahora, sólo queda por alcanzar un nuevo desvío que nos lleve hasta el premio de las Calderas del río Cambrones.

Vistas desde la cima El Cancho
En wikiloc, hay varias rutas que inician la excursión por el río y después remontan la fuerte pendiente que ahora me toca afrontar en sentido contrario. Es un itinerario similar al mío, salvo que voy en dirección contraria. Por eso, la bajada anda bastante empinada y requiere de cierta precaución por la imponente depresión que el agua ha creado con el paso del tiempo. Con paso lento y en zigzag, se baja hasta el cauce del río, y rápidamente diviso una primera concavidad donde se acumula el liquido elemento. Apenas pierdo tiempo en despelotarme y zambullirme, cual nutría fondona, sobre el río. Había ganas de combatir el calor del paseo acumulado y apenas costaba sumergirse en la poza.

Estas aguas son muy conocidas y su visita en verano será siempre más apacible en día laborable para evitar aglomeraciones. Una simpática pareja yacía en una caldera anterior y en la siguiente, volví a bañar, bucear y flotar sobre el Cambrones, relajado y feliz de volver a preparar un nuevo y merecido almuerzo tras secarme al aire libre. Goloso que es uno. La ruta llega a su fin en el conocido trasiego de retorno a la población de La Granja, por una senda paralela al río y que alcanza el núcleo poblacional camino de mi vehículo tras alcanzar unos 25 kms repartidos en 32907 pasos. 

9 de mayo de 2023

Ventana del Diablo

Sin duda, esta caprichosa formación rocosa es una de las imágenes más icónicas de la sierra de Guadarrama. La fragmentación de los pedruscos que jalonan estas cumbres, fue aprovechada por el Diablo para coquetear con la imaginación humana, pues no era necesario vacilar de vistas a través del marco berroqueño que nos descubrió la fotografía a principios del siglo XX.

También reconozco la asignatura pendiente, una ruta marcada desde hacía demasiado tiempo y atrasada únicamente por pereza personal. Y como en la ruta precedente de la colecta diablera, aprovecho el parking de Majavilán para arrancar una nueva excursión en solitario, sin mayores alardes que comenzar a remontar la subida por la ancha pista forestal. A los pocos metros, me veo con ganas de juerga y atrocho el arroyo Fuenfría para enlazar con la calzada romana mis ganas de marcha entre los diferentes peñascos que entretienen la subida. Enseguida se alcanza la pradera de Corralitos, punto de encuentro que acoge una intersección de caminos y de monumentos locales. El último en sumarse a la distinción del homenaje ha sido el artista Miguel Ángel Blanco, vecino de Cercedilla y creador de la biblioteca del bosque

El famoso ventanal
De todos los caminos que alcanzan el paso de la Fuenfría, quedaba por conocer un tramo de la calzada borbónica desde este punto, y por ello, decido seguir las marcas blancas señaladas en los troncos de los pinos. Poco a poco la ascensión gana en aspereza, dificultad y estrechez. Al gratificante paso lento me viene a la cabeza la imagen de Bosco yendo en cabeza, remontando con ligereza la pendiente y su clásico giro para vigilar mi pausado andar con su mirada; después meneaba el rabo, sacaba la lengua a paseo con su boca abierta de par en par, como una amplia sonrisa. A mí sin embargo se me caen las lagrimas, el alma y las ganas de seguir caminando. El único consuelo infantil que encuentro es maldecir el estado del camino, achacando a los borbones la mierda de camino construido frente a la magnífica pista realizada en época republicana. Como si el paso del tiempo no tuviera nada que ver en el asunto. Un tonto símil acorde a la realidad social del siglo XXI, gracias a las correrías del emérito. 

En el puente de Enmedio, saludo a unos franceses que han parado a almorzar mientras un servidor continua por un pedregal que mejora hasta juntarse en una revuelta con la vía romana. Por ahí se nota la mano del hombre en una intervención arqueológica que ha adecentado este tramo con paneles explicativos de por medio. Abandono la subida para dejarme caer por la romana y perseguir ahora los círculos amarillos, como Alicia, pero sin conejo ni reloj. Pero la senda se va estrechando hasta desaparecer; o yo me pasé algún cruce o el demonio empieza a jugar con el excursionista. Curiosamente y según el GPS voy bien, pero la vereda no está, devorada por la naturaleza o por mi imaginación, situación que me obliga a remontar la ladera a lo bestia para buscar una salida. La sorpresa se la lleva un corzo despistado, que sale disparado bajo mi inesperada presencia mientras recupero el resuello tras culebrear por la falda de la montaña. La senda amarilla reaparece unos metros más arriba, justo debajo de la ancha pista republicana. Antes de escapar de la senda maldita, me cruzo con una amazona cuyo ajustado top de verde fosforito retiene un pecho descomunal. La tentación visual viene precedida por un simpático perruco, una especie de YorkShire, cuyas cortas patitas andan tras la buena señora en medio de un pinar y a unos 1700 metros de altura.
Camino Schmid
A pesar de la sequía imperante sobre la península, la fuente de Antón Ruíz expulsa un buen chorro de aguas frescas; en un enclave propicio para el descanso, pero el camino Schmid persigue la estela circular amarilla, a través de un camino que sobrepasa el manantial que encharca una parte donde el agua brota de las entrañas del monte. La subida se hace ligera hasta alcanzar collado Ventoso, el cual hace honor a su nombre en una ancha pradera marcada por un buen par de mojones que delimitan limites provinciales. A pesar del pequeño vendaval, el espacio es tan bucólico que tal idilio hacer resonar las tripas; pocas pistas más para echarme al suelo y degustar las viandas traídas en el macuto. Tras despachar el vicio del diente estoy tan a gusto que dan ganas de tontear con Morfeo un rato. Pero tras un rato de ligera paz, un helicóptero del GERA sobrevuela el lugar demasiado cerca, rompiendo el encanto del silencio y de la soledad camino de la urgencia. 

El cordal de Siete Picos forma una silueta inconfundible (ya quisieran otras montañas) y alcanzar sus crestas, desde collado Ventoso, muestra tantas opciones como hitos colocados para la libre elección del senderista. A pesar de tanta dedicación altruista, todo es tan sencillo como seguir el consejo futbolero del pata pum pa´arriba. El supuesto camino se empina entre rocas de diferentes tamaños, entreteniendo el ascenso del senderista mientras los pinos cercanos al cordal andan inclinados; educados en las rituales reverencias que merece la presencia de su diabólica majestad. Pinos postrados y retorcidos entre nudos y ramajes imposibles. Nada que ver con la presencia continua del viento, cuyas fuerzas moldea a su gusto el horizonte. Incluida la Piedra, la reina agreste de la cimera montaña que esconde la leyenda del dragón, como describían a estas montañas allá por el medievo gracias al perfil que otorgan sus picos desde la distancia. La antojica Ventana del Diablo anda apretada en la umbría del tercer pico, con una soledad deslumbrante para ser día laborable a primeros de mayo de 2023. Por mucho que me asome, no termino de ver la gracia a las vistas que ofrece el particular marco. Se aprecia que el ministro del mal tiene mal gusto a la hora de encuadrar, pues cualquier altozano del cercano cordal muestra mejores panorámicas desde las cuales quedarse un buen rato para embelesar la vista. Incluso observar desde la distancia la hermosa pradera de la Ladera del Infierno, visitada el año anterior.

Qué jodida maravilla
Toca volver y dar la espalda a este enclave mágico, cuyas rocas son más bien una especie de jardín berroqueño; ahí arriba destaca lo descomunal, la soberbia y la acumulación de las piedras y sus ciclópeas formas. De las pocas cimas que merecen la pena alcanzarse de verdad, una cosa son las vistas panorámicas que ofrece una cima y otra muy distinta que las vistas estén a lo largo del propio cordal montañoso. La fuga se hace por la salvaje vertiente madrileña, allí donde la senda se hace áspera, tosca y desigual en medio del segundo y tercer pico; camino del rescate que ofrece la cercana senda los Alevines, mediante un trazado sinuoso que va perdiendo altura por el cóncavo de los Siete Picos hasta alcanzar, finalmente, el hocico del dragón en Majalasna: El pico independiente del resto de floraciones rocosas y de menor elevación. A partir de ahí, la bajada se hace más cómoda, guiada por los pesados círculos amarillos cuyo cauce continuo desemboca en la famosa pradera de Navarrulaque. Un nuevo punto donde fluyen múltiples opciones senderistas, la mayoría señalizadas, y diversos monumentos entrañables: el banco de la Senda Herreros, el reloj de Cela o el monumento a los Guadarramistas.

Lo lógico y planeado hubiera sido seguir la senda Victory a través del pinar, pero mi confiada cabeza creyó que tal vereda andaba más abajo: después de dejar atrás los famosos miradores de los poetas de la ancha pista forestal. Esta soberbia personal, me llevó a los pies de otra senda marcada (Enmedio, círculos rojos) y dar un buen rodeo por la ladera de las Berceas. Seguramente el demonio nubló mi escaso buen juicio, en represalia por alguna extraña osadía. Ni que me hubiera pillado miccionando en sus dominios. El caso es que anduve medio perdido, aburrido bajo las sombras de un pinar que se me hizo inabarcable, repetitivo, como si no lograra avanzar en un extraño bucle cual hámster en su jaula. Seguramente andaba cansado, sin mayor atracción que buscar una salida digna. Finalmente, logré rodear el vallado del embalse de las Berceas, después sus famosas piscinas naturales, mediante unas estrechas veredas que algún alma, o animal perdido, habrá creado con anterioridad. Ya estamos en zona conocida, bajo el resguardo de la penumbra que ofrece una excesiva explosión primaveral, para alegría de las alergias personales.

Álbum de fotos

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Ventana del Diablo
Cueva del monje
Arroyo del Infierno
 

Pisada del Diablo
Carro del Diablo 
Garganta Infierno
Cascada Purgatorio
 

Cerro del Diablo
El tesoro de Peña Blanca
Silla del Diablo
Ladera y arroyo del Infierno
Arroyo Almas del Diablo
Puertas del Infierno

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4 de marzo de 2022

Arroyo y ladera del Infierno

A finales de febrero del 22, surgió la posibilidad de retomar las escapadas al monte con amplitud de horario. Y crear una sensación similar a la de un desvergonzado adolescente sin ningún tipo de responsabilidad, tal vez demasiada, ante la abstinencia acumulada de perderme por el monte. Tanta, que gumias de mí, me acerqué a Cercedilla con la firme intención de acaparar un paseo que aglutinase diversos puntos de interés. 

La elección de Cercedilla proporciona una doble coincidencia diablesca, al regar uno de sus arroyos el valle de la Fuenfría y a una de sus múltiples laderas, hasta llegar a compartir nombre: arroyo y ladera del Infierno. Tan atractivo lugar nace de las cercanas entrañas de un pico llamado peña El Águila, cuya cima supera por poco los dos mil metros de altura. Vistas las rebajas de la oferta, en plan 2x1, me traslado hasta el coqueto parking de Majavilán y empezar el paseo por la senda de Marichiva; la simpática senda que conecta con el collado del mismo nombre a través de una entretenida ascensión, señalada por numerosos puntos rojos sobre la corteza de unos árboles cuyas raíces emergen del suelo para unirse a una multitud de pedruscos que remarcan la entrada en calor del excursionista. El collado de Marichiva dirime el paso entre la Garganta de El Espinar y el valle de la Fuenfría. Momento adecuado para tomar fuerzas a través de un primer almuerzo extrañar la compañía de Bosco ante la parada y su atenta mirada para pillar alguna golosina.

Al Maligno le molestaba el árbol - Pradera Ladera del Infierno
El paseo continua por una pista, llamada Calle Alta, cuya amplia anchura permite disfrutar de las vistas que ofrecen las alturas, a la vez que oír el estruendo que provoca el gentío del parque de aventuras cercano a las piscinas de las Berceas. Al menos queda el consuelo de la mirada y de vislumbrar algunos buenos ejemplares de pinos albares que embellecen el camino. La idea es hollar la ladera del Infierno por arriba, a escondidas del malévolo ser que acapara diversos rincones de la toponimia del Guadarrama con oscuras intenciones. En un pequeño recodo, el arroyo del Infierno anda canalizado por debajo de la pista, con escaso caudal dada la sequía imperante, pero con la constante firmeza del tiempo para trazar su propio cauce sobre la tierra. Un poco más adelante surge una estrecha vereda que desciende por la ladera, con una interesante inclinación donde rebuscar algún punto de interés sobre la citada ladera del Infierno. Al Maligno, como siempre, le gusta destacar por algún motivo, y en este espacio se abre una apacible pradera, adornada con diversos roquedos que más bien parece un excelente balcón con vistas; una exclusividad dada en este lado de la montaña y que se abre paso sobre el intenso pinar que domina por todas partes. Menos en este coqueto lugar, cuyas vanidosas vistas observa con holgura las crestas de Siete Picos y orienta su mirada sobre quién osa retratarse en la Ventana del Diablo, sita en uno de sus picos.

Arroyo del Infierno
Tras regocijarme con esta parte de la Ladera, perfecta para una jira campestre, me deslizo a cotillear por el arroyo, a ver qué diantres hacen digno al riachuelo de tal nombre. Sin duda, debí de buscar antes su nacimiento, siempre interesante pese al tonto esfuerzo de escalar a lo loco sobre la peña El Águila. Pero ya ando encaminado hacia el arroyuelo, domesticado en buena medida por la cercanía del hombre, como la colocación de un puente de madera que permite cruzarlo sin esfuerzo. El arroyo sigue su curso al lado de una senda paralela que permite una caminata sosegada con el rumor del agua a su vera. La senda desciende junto al arroyo, hasta que se cruza con un desvío que me invita a participar en la segunda excusa del día. Rebuscar la senda de los Chiniques.

Hace tiempo observé en un mapa antiguo una senda que subía de Cercedilla hasta la Garganta de El Espinar por Cerromalejo, se internaba por el inmenso pinar segoviano y volvía por Marichiva. En algún momento dado, la idea de rebuscar tal camino sobrepasó cualquier tipo de necesidad, pues la senda debía haber desaparecido bastante tiempo atrás; sin embargo, algunos cabezotas no necesitamos mayor anzuelo. Detrás del hospital de la Fuenfría, hay un pequeña vereda que conecta diversos puntos de captación de aguas bajo las sombras de los pinos, dentro todavía de la Ladera del Infierno. Es un sendero chulo, ideal para recorrer con comodidad hasta que lleguen las hostilidades de la próxima subida. Una vez alcanzada la captación de cerro Gil, en la parte superior del cerrillo, comienza la búsqueda de la senda perdida, donde conviene avivar el paso a través del monte. A ojo, hay un camino, una especie de estrecha vereda que se abre paso ante la numerosa vegetación que aborda el supuesto camino de los Chiniques. La senda se abre paso entre matorrales, jaras, zarzas y demás mierdas, aunque queda claro que por ahí había camino hasta alcanzar una nueva captación, la del arroyo del Butrón. La segura causa por la que todavía pervive algo este sendero.

A partir de ahí la senda desaparece y solamente queda fiarse de la insistencia de algún loco que debió poner algunos hitos en el banal intento de orientarse en medio del pinar. La distancia es escasa pero hay que superar más de doscientos metros de desnivel para alcanzar la salida de la trampa en la que uno mismo se ha metido. Momento adecuado para acordarse de todos los Chiniques del mundo mientras resoplo y redoblo esfuerzos por alcanzar la pista superior. Sus muertos la tontería, del esfuerzo, el corazón anda desbocado, obligándome a detener el paso para evitar que éste órgano atraviese mi pecho mientras las aceleradas pulsaciones martillean mi cabeza. Pocas veces la pista forestal de la calle Alta ha estado tan lejos, ni tan necesitado de refrescarse el gaznate en la fuente del Astillero. Un segundo por favor, que todavía quedan ganas de subir hasta el collado de Cerromalejo. Al menos, éste es un paso conocido, pese afrontar una nueva pendiente hasta alcanzar el paso y dar buena cuenta del muro que separa comunidades. Llega la hora del yantar, tomarse un merecido descanso con la espalda pegada al muro, volver a extrañar la presencia del perruco y disfrutar del leve sol del día en la cara.

La senda de los Chiniques superaba este collado para internarse en la Garganta, una majestuosa oquedad pinariega que alberga diversos tesoros naturales a descubrir. Tras saludar a un viejo pino albar que parece vigilar el cordal montañoso, me dejo caer por una vereda cercana al arroyo Gargantilla, hasta que vislumbro un amplio camino que coincide con el antiguo trazado de los Chiniques. El camino debió ser ampliado por maquinaría tiempo atrás, pues la anchura así confirma la manipulación del hombre, así como los restos desplazados en los laterales, donde crecen nuevos pimpollos en formación cuasi militar. A pesar del trajín que merodea el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, algunos caminos caen en el olvido del tránsito. Como la senda de los Chiniques, devorada casi por completo por la naturaleza tras alcanzar un arroyuelo sin nombre.

La mejor parte de la senda de los Chiniques

A partir de ahí viene la aventura de internarse por la ladera de una montaña, en un estéril intento de encontrar algún tramo de la senda perdida. Pero no hubo suerte, ni manera de encontrar algún rescoldo de hallar algo similar a una vía transitada. Lo lógico en estos casos es buscar la salida fácil, como dejarse caer hasta la pista forestal de la Garganta o como mucho, ascender hasta el cordal montañoso, pero no, lo divertido y mi propia cabezonería es meterse por el pinar sin mayor complejo que el de tira p´alante, que a algún sitio llegaremos. Esta tonta huida tenía como finalidad llegar hasta Marichiva, aunque antes había que aprovechar la soledad que abarca un pinar inmenso, roto en ocasiones por los ladridos de los corzos, alertando a los suyos de la presencia de un extraño que iba dando algunos trospezones por la fatiga acumulada. Menos mal que tuve mayor cuidado para atravesar una cantera de enormes pedrolos graníticos, acumulados por algún gigante  como si fuera un arsenal colocado estratégicamente. Faltó la chispa de contrastar algún gigante arbóreo o rebuscar la fuente chisposa y señalada junto al camino desaparecido, tareas pendientes para futuras visitas.

El collado de Marichiva surge en el horizonte como una balsa de rescate. Es un amplio espacio abierto con su muro, su pista forestal y hasta carteles que contrasta este carácter civilizado frente a la agreste cerrazón del pinar dejado atrás. El paseo concluye tras descender hasta el punto de origen, feliz de volver a sentir como el cuerpo está físicamente agotado, pero hay otra sensación interna repleta de plenitud, en otro sentido menos tangible.

Pinar de la Garganta de El Espinar


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30 de septiembre de 2020

Fortines de Los Molinos

Los fortines, parapetos y trincheras vuelven al blog tras una larga pausa. Y con una buena excusa que nos devuelva al monte, a la caza de las cicatrices que dejó la Guerra Civil en la cercana localidad de Los Molinos. En primer lugar conviene recordar la estabilidad del frente a lo largo de la sierra de Guadarrama, motivo que propició la construcción de numerosas fortificaciones militares a lo largo del cordal montañoso. Y un buen ejemplo son los fortines del citado municipio molinero; diseminados estratégicamente en las afueras del casco urbano y que estiraban su línea defensiva hasta Guadarrama, a través de una repetitiva fortificación circular. Estas casamatas seguían un mismo patrón constructivo, gruesas paredes de hormigón armado y dos aberturas en su parte delantera, para que los soldados de su interior pudieran observar el frente y amenazarlo con sus ametralladoras. Un cilindro ubicado justo en el centro permitía apoyar estas pesadas armas. Acabada la guerra, por ahí se quedaron esas moles cementadas, propicias al olvido, a la intemperie y al vandalismo. 80 años después se han ido recuperando del abandono y expuestos como atractivo turístico.

Vistas desde el fortín del Barranco de las Encinillas
Hace menos de un año se llevaron a cabo una serie de excavaciones arqueológicas en algunos de estos fortines. Unos bonitos trabajos que pretenden poner en valor estos hormigonados vestigios de la historia de España, tan llamativos como la necesaria creación de la ruta señalizada. Circunstancia que anima a comprobar cómo ha quedado una simple limpieza de escombros, además de pequeños descubrimientos realizados por los responsables adecuados. 

A principios de marzo, un servidor y Bosco, intentamos infiltrarnos por dehesas molineras para tomar nota de los trabajos hechos. Sin embargo, un temporal de lluvia y viento nos obligó a huir, con riesgo de padecer un sospechoso constipado que acojonase a cualquier compañero de trabajo a inicios de la simpática primavera del 2020. Ahora, con un otoño recién estrenado y leves brisas acompañadas por débiles lluvias, volvemos, con la firme intención de asaltar la molinera ruta de los fortines. Con el agravante de la nocturnidad, en un fútil intento de pasar desapercibido en las primeras instancias del pateo. Porque enseguida te encuentras con un vecino madrugador, receloso de mi perro, y por ende, yo de los suyos. Porque en realidad son dos contra uno, pequeño percance que me permite descubrir que me he dejado la correa del chucho en algún sitio menos donde debiera. -Tampoco es para tanto, señor-. Tire para adelante que ya me quedo yo interpelando a una curiosa vaca que asoma el pescuezo tras un muro. Si fuera una maruja nos llamaría gamberros por molestar durante las mejores horas del sueño en tiempos inadecuados. 

Calleja de San Sebastián
Solventado el primer conflicto, abreviamos por una calleja con la firme intención de atajar por una bonita senda que nos embarque al inicio del camino de Las Cuevas. Allá donde destaca el fortín de Los Veneros. Uno de los afortunados que ha pasado por maquillaje y que sobresale pegado a uno de los roquedos que afloran a los pies de la colosal Peñota. El acceso al fortín ha sido tenazmente limpiado, hasta alcanzar la roca que en su día fue adecuada por los usuarios del mismo, al tallar unos escalones que permitieran acceder con facilidad al interior de la construcción. Desde dentro se observa parte de la dehesa y de un panel informativo que torpemente tapa la otra parte. El fortín contiene la fecha (1939) de su construcción marcada en su frontal y está bastante bien conservado. La recién excavada entrada, confiere un pequeño atractivo que permite ver el curveo de la trinchera, cuyo trazado se adivina por la zona trasera sin limpiar. 

Marcado el primero, proseguimos la excursión por la ancha pista del camino y con las nubes agarradas en las cumbres; dispuestas a soltar el chaparrón en cualquier momento. El camino de las Cuevas permite deslizar cortas visitas a alguna que otra cantera adyacente, hacernos perder el tiempo ensimismado por cruces labradas en algunas rocas o rebuscando un trazado distinto que nos lleve a alcanzar el paso que sortea, por lo bajini, la línea férrea. Unas vías que buscan cruzar la montaña en su camino hacia Segovia mientras que un bonito pórtico labrado en piedra conecta la dehesa bajo las vías del tren. Al llegar a este túnel se comprueba también como pasa alegremente la corriente del arroyo de La Peñota, ¡como un señor!, que entra a lo grande por puertas enmarcadas mientras brinca por la cantidad de pedrolos que pueblan este paso. Tras sortear el desigual y húmedo enlosado, tomamos otro atajo, campo a través mediante por las diferentes majadas abandonadas que quedan por La Solana, y que confieren un aire de romántico abandono a los distintos herrenales. Más aún, cuando la naturaleza adorna los muros levantados por la mano del hombre con su lento pero constante crecimiento.

Posición Majalcamacho
Entre retamas anda el juego, buscando la senda correcta de ascensión y calándonos a causa de una agradable llovizna que nos acompaña hasta alcanzar unos peñascos. Por ahí destacan un par de agujeros vigilantes. Orgullosos de permanecer en un balcón privilegiado pese a haber perdido la cabeza, volada desde su interior por los mismos bestias que antes se mataban en guerras. Parece que la excusa era recuperar metales de la construcción. El fortín recibe el nombre de Majalcamacho, quien exhibe con gallardía sus restos ante las buenas vistas del lugar, nubarrones incluidos.

Otros peñascos menos inclinados en su trasera son propicios a sacar el desayuno. Mientras preparamos el tentempié y Bosco lloriquea alguna golosina, oteamos el tendido horizonte madrileño donde se divisan faunas de todo tipo. Algunos esforzados beteteros elevan piñones que les permita subir con comodidad la ancha pista de la Molinera, mientras otro guardián solitario observa desde su atalaya a los domingueros que invaden las laderas de La Peñota. También hay tiempo para ver como sobrevuelan otros tipos de pájaros. Y si la miopía no me engaña, algún que otro buitre. Llenado el buche, descendemos por la Molinera, hasta que en el primer recodo surge la bonita senda del PR30. Una estrecha vereda que coquetea con las faldas de la montaña. Tras cruzar el segundo de los arroyuelos que atraviesan la senda, atrochamos hasta otros riscos que albergan al fortín del Barranco de las Encinillas. Otro desvalido sin cabeza, también sin techumbre pero con la misma enfadica ojeriza en sus troneras, dispuestas y vigilantes sobre el horizonte. Otros restos sobresalen de sus entrañas, ladrillos y metal retorcido dan una idea de los materiales utilizados en su construcción. 

Trinchera excavada en la roca, 2009
Al menos queda el cilindro interior donde aposentar las posaderas, porque la idea era bajar por la ladera y enlazar nuevamente con la Molinera. Pero hay bastante ganado suelto y voy sin correa. Así que volvemos al PR30, para buscar la escapatoria que proporciona una ancha pista llamada de Los Campamentos y estirar algo el pateo que para eso hemos madrugado. 

El leve rodeo regresa a Los Molinos hasta el trabajado acceso que sortea la vía férrea, junto a la urbanización de Los Arroyuelos. Por el camino se pierden las vistas al fortín de las Encinillas, dentro de una finca privada aunque retratada desde la distancia, y el fortín de La Molinera, también en finca privada. Aunque está última fue visitada en el pasado (2009) y toca tirar de archivo para rememorar su desvencijado estado. Por suerte aún quedaba bien marcada la entrada, excavada en la roca y algunas trincheras de alrededor. Muy similar a las ya vistas.
La excursión tiende ahora en bajada, por el camino del Calvario hasta una nueva urbanización: El Balcón de la Peñota. En uno de sus jardines está expuesto otro fortín, como los olivos centenarios en las rotondas. Coqueto, bien señalizado y cuidado como a un niño de bien dentro de las extensas urbanizaciones, parcelas y viviendas suntuosas que han terminado por ahogar el casco viejo de Los Molinos. Tal período de la influencia del antropoceno en el entorno, queda registrada en los numerosos restos que merodean los caminos molineros, porque en esta zona queda bastante porquería que ni los carteles, ni advertencias sancionadoras de tirar escombros esconden la vergüenza de las cerámicas, los ladrillos, baldosines y demás elementos constructivos. Tal masificación ha propiciado que la supuesta línea del frente o de las necesarias trincheras que deberían unir estas construcciones hayan desaparecido bajo el imponente argumento del progreso.

Al menos queda la decencia del trabajo tardío, como la realizada en el fortín de Majaltobar, rescatado del abandono y del vandalismo. Nuevamente destaca la trinchera que da acceso a la casamata, excavada en la propia roca y que pone de relieve los esfuerzos que realizaron en su construcción. La comparación con imágenes de mi archivo constatan la cívica limpieza realizada. Pero la excursión empieza a apurar su final, rodeando la cerca que impide acceder al sanatorio de la Marina, cuya parcela encierra otro fortín sin posibilidad de visita. Al menos queda mejor resguardado que del uso puedan dar de él. Como el último de la lista, llamado de Los Huertos. Usado como refugio para jóvenes nocturnos que ingieren sus bebidas de fuego tras la protección de unas paredes que superan los 50 cm de espacio. Esta casamata es el inicio de la ruta local, el final de la mía, al pie de unas dehesas molineras que propician buenas vistas del monte serrano, cuyos cielos han recobrado la claridad del sol.

Acceso a Majaltobar

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11 de septiembre de 2020

Cañadas, dehesas y el embalse de Valmayor

El embalse de Valmayor fue inaugurado en 1976. La causa es que había necesidad de acumular más agua debido al aumento de población. Gracias a su estratégica ubicación entre los términos de Colmenarejo, El Escorial, Galapagar y Valdemorillo, hoy día tenemos un bonito enclave natural, tanto para el esparcimiento del ocio mundano, como otras necesidades más vitales para los bichos del lugar. Y ahora que Ofelia V ha despertado de su letargo, tocaba investigar algún rodaje digno entre diferentes vías y cañadas que circundan el pantano. La ruta betetera nace desde la fuente de Los Caños (Guadarrama) El punto de encuentro desde donde manaran otras tantas rutas por los alrededores. Así pues, cargamos el bidón, prestos a salir del pueblo callejeando a la fresca dominguera, hasta alcanzar la casilla de salida mediante la calleja de los Poyales. Una amplia pista que abre camino sobre dehesas vaqueras en dirección al vecino municipio de Los Molinos, cuyo termino municipal es asaltado, tras abrir y cerrar una puerta metálica que guarda nuevas fincas privadas.
 
Ofelia V con ganas de empitonar al embalse

De momento, el rodaje es tan ligero como las leves subidas que nos llevan hasta un primer tesoro en forma de covachuela. Una ermita transformada por la mano del hombre y donde se guarda la imagen de la Virgen del Espino. Después de la cortés visita a la dama, la ruta continua por la misma pista en una subida constante, pedaleando con alegría mientras el camino anda parapetado por las dehesas colindantes, dedicadas mayormente al ganado. Tras un pequeño requiebro sobre un pequeño tramo empedrado, llega un rápido descenso donde se recomienda tener precaución ante la posibilidad de toparnos con otros beteteros, andarines o burros al volante. Con algo de velocidad nos acercamos al casco urbano, del municipio molinero, por el Paseo de los Transeúntes, cuyo tramo cruza la carretera, M622 y continua por la calle del Molino de la Cruz.
La fuente de Los Caños, Guadarrama

La bajada alcanza un pequeño puente que sortea el río Guadarrama. Y nada más cruzarlo, surge a derechas una pequeña senda entre dos muros que delimitan parcelas privadas. Como si quisieras escapar sin que se note nuestro paso. A pesar de su estrechez, se puede subir con gracia hasta desembocar en la misma puerta de la Vereda del Canto de la Pata. El camino que nos saca de Los Molinos y que también suele ser muy transitada por diferentes gentes que realizan toda clase de actividades lúdicas. La vereda se bifurca, y la izquierda es una elección tan bella como acertada, mientras Ofelia circula tan bien como el aficionado que la maneja. La pena es que haya que cruzar nuevamente otra carretera, la M614, que nos lleva hasta la entrada de la urbanización de la Serranilla. Una coqueta urbe donde meter la bici, hasta el fondo de la bajada, para después empotrar nuestra dirección hacia una pequeña vía pecuaria donde poder entretenernos con soltura. Por suerte viene señalizada con el triangulito de la vaca para más señas, la de las ubres. Aunque en realidad son los restos de la Cañada Real de Merinas por estos lares. Cañada acotada por avaricias y desmanes, reducida de su amplio tamaño original a simple sendero, aunque aúne diversión de malabarista en la subida y templanza en la posterior bajada, allá donde finalmente vuelve a adquirir cierto espacio. 

Tras cruzar el arroyo de Lavajos, la cañada se bifurca en dos partes a escoger. Como si te tocase escoger entre la siesa y plana morena frente a la voluptuosa rubia. La buena y original es la de la derecha, porque tras cruzar una nueva carretera, M623, la pista se puede complicar por el posible barrizal que añada el arroyo de Los Linos, según qué épocas, y especialmente por los pedrolos, agrupados de tal manera que demuestra que si vamos por aquí, es porque hemos venido a divertirnos por entre sus múltiples curvas.  

El flow
El agradable traqueteo nos lleva hasta la M619, otro tramo asfaltado que contiene una senda paralela en forma de alivio. Esta parte es importante, porque forma parte del nudo que conecta la ida con la vuelta. Pero ahora toca seguir por la senda paralela que baja hacia Alpedrete. Nuevamente la señal triangular de la vía pecuaria sirve de seña para atajar por un tramo de tierra que atraviesa sin miramientos las exageradas urbes del lugar y el arroyo de los Linos. 

Después del estrecho atajo, la cañada recupera la amplitud en una bajada constante hasta la salida del núcleo urbano. Ahora toca rodear una finca, gracias a una senda que merodea el vallado hasta alcanzar un paso subterráneo que nos permite continuar a escondidas de los anchos carriles de la A6, y cuyo tramo desemboca en otra zona urbanizada que alcanza la N-VI, justo enfrente de un concesionario de coches. Es decir, otra carretera, otro cruce y otra senda paralela que evita los humos de los vehículos hasta alcanzar un nuevo cruce, situado antes del puente del Herreño y con la ayuda de los civilizados semáforos para cruzar con seguridad.

Enfrente surge un camino histórico que une Collado Villalba con el rimbombante Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial. Esta ancha pista acumula casi 10 kms, prácticamente en linea recta para darle cera al plato grande. Pero también aglutina algunos puntos a destacar. El primero de ellos es la imponente panorámica de la Sierra de Guadarrama. Desde la pista se abre una amplia vista que abarca las coquetas Machotas, pasando por ilustres montañas como Abantos, La Peñota, Siete Picos... hasta alcanzar crestas perdiceras que tientan con arañar los cielos despejados. Las dehesas colindantes adornan el segundo dato de interés y que recala en un antiguo edificio construido en época de Felipe III, el palacio de Monesterio. La pasión de los viejos reyes por el deporte cinegético, permitió la construcción de varios puentes para sortear con comodidad el río Guadarrama y dos de sus afluentes. Puentes arreglados en fechas recientes y donde destaca también un ligero empedrado de la época para darle gusto al continuo bote entre culo y sillín.
Los restos del palacio de Monesterio

El largo trazado se me hace largo, tanta recta permite meter desarrollo y apretar con escasa soltura hasta el camping de El Escorial . Después, el camino se estrecha con parte de arbolado que invade algunos tramos que nos obliga a zigzaguear para evitar el roce en falos ajenos. La vía de escape llega cuando una maldita rotonda extingue el camino. He aquí otra carretera que nos lleva hasta la peor parte de la ruta, pues toca abreviar por el arcén hasta la entrada de San Lorenzo de El Escorial, para luego proseguir por el mismo arcén hasta El Escorial. Al menos cae en bajada y permite meter algo al buche para lidiar con el resto del pedaleo

Antes de una gasolinera, la ruta sigue por la izquierda, callejeando por el futuro crecimiento del pueblo a través de unas calles cuyas solares esperan con ansía la llegada del hormigón y los intereses de los bancos. Pero queda el contraste del amenazado campo, allá donde nace el conocido camino de las Cebadillas (otrora colada de Navalquejigo). Otra larga pista forestal que cruza las dehesas escurialenses hasta la invasiva urbanización de Las Zorreras y Los Arroyos. En medio de la pista, se cruzan varias puertas ganaderas que hay que volver a cerrar y aprovechar un último empujón al plato grande. Porque parece que el llano todo lo puede y apenas quedan mayores resquicios a destacar.

Hasta ahora. Porque viene la parte divertida, un estrecho sendero en bajada nos lleva al pequeño embalse de Las Lagunas, y después continua en cortas subidas y bajadas entre encinas y arbustos que lindan Las Zorreras. La única pega es la precaución individual, porque suele haber bastante peña; sobre todo fines de semana, a lo largo del recorrido. Está claro que todos buscamos lo mismo. Y aunque la senda merece la pena, se hace bien corta por el placer que supone el continuo ejercicio de subir y bajar. Agradable vaivén que desemboca en algún susto de salir por encima del manillar.

El primer asalto culmina en el embalse de Los Arroyos, el cual sorteamos sobre la pasarela hormigonada que permite buenas vistas del agua y del entorno. Tras volver al tema, el sendero continua a derechas con su provocador curveo bordeando la valla del pantano. Pero la diversión se termina al alcanzar la ancha Cañada Real Segoviana. El camino de retorno después de 43 kms acumulados; es cierto que con escasa dureza, pero algo se ha gastado y ahora toca regresar al punto de partida en constante subida. Siempre hay peajes que pagar por salir a divertirse. Por lo menos la cañada anda bastante limpia y sigue en linea recta hasta un horizonte cojonero, pues se ve bien marcado y con alguna que otra cuesta que hacen flaquear mis piernas. Al menos queda el consuelo de alcanzar una coqueta ermita, la del Cerrillo, cuyos muros resguardan a la Virgen de los Desamparados. Mientras que otro menos desafortunados pueden contentarse con una fuente donde poder renovar el agua del bidón. La cañada continua su paso, cercada por otra amplia urbanización que atosiga a este antiguo camino hasta llegar a la M510. Un pequeño tramo de carretera cruza el citado, con anterioridad, puente del Herreño, y desde aquí volvemos a la senda paralela anterior, hasta el citado concesionario, el paso subterráneo, la Cañada Real de Merinas y nuevamente el atajo hasta la M619. Es decir, la parte compartida de la ruta.

Ermita del Cerrillo
Para regresar a Guadarrama basta con el cercano Cordel de los Lavajos, transitado camino sin mayores problemas que sortear el cauce de un arroyo de mismo nombre cuando corresponda.Vamos, cuando llueve. Al casco urbano guadarrameño se acceda por uno de sus lados, por lo que toca callejear al inicio de la ruta después de unas 4 horas de rodar por diversas pistas. Según el Garmin son 59 kms, mientras que la app del móvil dice que 58. Pues su puta madre, porque para la próxima habrá que añadir algún desvío cercano para alcanzar los redondeados 60. Por ahora queda planear la siguiente ruta betetera y disfrutar del recuperado viejo romance con las ruedas gordas. 

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Track  

18 de agosto de 2020

Arroyo Guatel Segundo

Porque curiosamente hay otro Guatel cercano que debió pillar el nombre antes. Como los niños, yo primer. Pero el que mola es el segundo. Primero, porque tiene algunos pequeños tesoros pese a su escasa longitud visitable, pues tiene bastantes tramos donde la privacidad humana nos despoja de andar alegremente por el campo. Y segundo, porque lo dice el menda.

Sin embargo, se puede sacar provecho al corto margen y sacar adelante una ruta veraniega en sus alrededores. El punto de partida más óptimo puede ser el parking de entrada al embalse de la Jarosa. Justo allí, inicio la excursión, para retroceder por la carretera que da acceso al susodicho pantano. Es apenas una leve bajada hasta encontrar un camino a derechas que nos lleva directamente al monte. Dicho camino, anda señalado como Vereda de la Portera de la Llanada, cuyo trayecto desciende hasta la carretera que une Guadarrama y El Escorial. Aunque no alcanzaremos tal fin. 
Arroyo Guatel Segundo
La Vereda de la Portera de la Llanada alcanza un punto de vigilancia forestal, aunque más bien parece una pequeña área recreativa que permite buenas vistas del cordal serrano y las dehesas que descienden hacia la capital, bien visible desde este punto. Bosco y un servidor, continuamos por la vereda aprovechando la bajada para fotografiar bichos, cercas de piedra y fincas lejanas. Como la coqueta El Campillo. La bajada prosigue hasta que decido buscar la aventura fuera del camino marcado. A derechas, un bosquecillo nos invita a profanar los viejos muros que lo delimita. Pero antes tropezamos con un arreglado y seco pilón que da nombre al campo que pisamos: Prado del Gallo. Un canteo menos exagerado que los restos de una furgoneta y otras mierdas un poco más abajo, una especie de chamizo que al menos sirve de hito para señalar una senda que cruza ampliamente la cerca que guarecía el tentador pinar de repoblación.

Nevero, horno, molino..; he ahí la duda
Metidos ya dentro del bosque, puede verse con facilidad una antigua trinchera de la Guerra Civil, cuya cicatriz destaca sobre la tierra a pesar de los años transcurridos. De hecho, la supuesta senda tiene un desvío que la eleva sobre el pinar, como una invitación a rebuscar en los alrededores a ver qué leches encontrábamos. Lamentablemente, el resultado sólo añade a la trinchera unos amplios barracones excavados en el suelo y reforzados con muros de piedra. La amplitud de estos hoyuelos es lo más significativo del simpático rodeo, ya que servirían para albergar a un buen número de tropas en estas posiciones de retaguardia. Toca recuperar la idea inicial de alcanzar el Guatel y recuperar la bajada pegados a un muro de piedra cercano a los barracones. A ojo, volvemos cerca del punto donde nos introducimos en el pinar, separándonos, nuevamente a ojo, del muro por la ladera. Por aquí desciendo entre leves sendas a través de los pinos, matorrales y otras especies vegetales. Al poco se escucha el rumor del
 arroyo, el perfecto chivato para percatarse de los buenos pasos dados. Y encima con el premio gordo de la excursión: una buena chimenea realizada en piedra que desentona bastante con la arbolada. Aunque en realidad parece ser que se trata de los restos de un molino. Una lastima, ya que mi imaginación se disparaba hacia otras labores, como los viejos hornos herreros que dieron lugar a las múltiples ferrerías en este lado de la sierra. Sobre todo porque esta curiosa construcción se encuentra al lado de un arroyo y alejada de las alturas para poder acumular la nieve. Dados a elucubrar, apuesto al horno. Y su antigüedad queda justificada al encontrarse bien cerca de un antiguo camino que conectaba directamente con Guadarrama: La vereda del Colmenar, trayecto tristemente mutilado y perdido en días presentes. 

Tras los retratos habituales toca remontar el curso del arroyo, porque la bajada del Guatel II se torna imposible al invadir fincas recelosas de los andarines. Ávaros propietarios que llegan incluso a vallar el cauce del agua por si se cuela algún pez de tamaño desmesurado. Pero la remontada sobre las orillas son siempre divertidas, entre la amplia vegetación y las zarzas espinosas. Momento adecuado para sacar a relucir las facultades garrulas del bastón y dar sopas con ondas a todo obstáculo presente, espinosas principalmente. A lo largo del arroyo, sobresalen viejos muros cuyas funciones se me escapan. Tal vez fueran simples corralas donde guardar el ganado, o simples delimitaciones terrenales. Otros viejos del lugar vienen representados entre pinos y alisos, algunos con tamaños importantes. Pero la diversión proviene de otros ámbitos, como encontrar la orilla correcta de la ascensión y los diversos vadeos sobre piedras traicioneras que buscan el traspié del senderista. La suerte me permite continuar la subida sin húmedas consecuencias hasta atisbar la cercanía del final. Momento adecuado para buscar una salida en la margen izquierda, y apoyándome en el bastón para superar la fuerte pendiente del barranquillo creado por la erosión del agua, a la búsqueda de una singularidad.
La construcción NO viene señalizada en este mapa de finales del XIX - Punto rojo - fuente ign.es
Hace ya algún tiempo algún devoto escalador quiso bendecir estas aguas a través de una imagen religiosa, ubicada en lo alto de un roquedo. La escultura parece un Cristo Redentor, quien observa el excelso paisaje con ganas de arengar a quien ose pasearse por estas cuestas. Aunque el retrato de la cámara parezca reducir la figura a un simple chaman del bosque, cuyos conjuros desvelen el significado de tal elemento supersticioso. Tras corresponder a la cortesía del saludo, la excursión continua hasta alcanzar los muros del embalse de la Jarosa. 

La hormigonada estructura permite aliviar el curso del Guatel de manera continua, aunque a día de hoy parezca un triste nacimiento para un arroyo que en tiempos pretéritos se nutría de la unión de otros tantos arroyuelos para alumbrarse individualmente. Incluso hoy día existe la tentativa de querer sustituir el añejo Guatel Segundo por el acaparador Jarosa en los mapas actuales. Pero siempre quedará la memoria y los viejos planos para reivindicar las fuentes y nombres originales. Tras tales manifestaciones nos despedimos del arroyo protagonista, a través de una nueva remontada sobre la pendiente derecha del camino realizado entre jaras, pinos, jaras, enebros, jaras, rocas y unas pocas jaras más. Rumbo hacia otros protagonismos más belicosos. 
El Cristo Redentor
En este instante quiero que quede constancia de las numerosas ocasiones que habré zascandileado por estos lares, pero mi torpeza orientadora queda de manifiesto cuando soy incapaz de advertir algún tipo de senda correcta, tal vez no exista y por ello toque abrirse paso a empellones sobre las malditas jaras. Nuevamente un muro de piedra acude al rescate, como un guía seguro que nos invita a alcanzar la cima de la loma, allá donde surgen nuevas trincheras y restos bélicos. En especial una construcción circular. Esta posición y las siguientes que veremos recibieron el nombre de Cuesta de la Herrería. Construcciones perdidas y señaladas con anterioridad en el blog. En este caso, andan añadidas a esta ruta por mediar en el camino de regreso, con la sempiterna trinchera y diversos pozos que acompañan a la citada construcción circular. Estas posiciones son la retaguardia del frente y toca avanzar  hacia el oeste, a volver al muro anterior y sortearlo nuevamente, aunque ahora toque ir de frente. El camino atraviesa un nuevo pinar de repoblación hasta dar con un amplio claro, allí acudimos al muro de la izquierda para seguir la excursión, todo recto hasta alcanzar el frente republicano delante de los cerros de la Jarosa, a los que hacían frente.

Un poste eléctrico es la referencia para encontrar una nueva trinchera que persigue tenazmente a estos miembros oxidados a lo largo de la ladera. Sirven pues de guías para rebuscar los restos entre el inmenso jaral de este mes de agosto del 20, dificultando bastante encontrar los restos señalados. Tanta jara me recuerda lo bien que se anda campo a través en invierno, lejos de las floraciones, los bichos y los calores. A pesar del excesivo follaje, logramos merodear por algunos parapetos y pozos de tirador. Aunque están en bastante mal estado, siempre me ha gustado destacar su presencia y la referencia turística que Guadarrama olvida. Gracias a los postes alcanzamos los últimos vestigios, situados junto a un roquedo y una trinchera que desciende hasta un interesante pozo de tirador que ha sido excavado en su interior. Un último elemento que precede al final del paseo del día. Ya que el camino inicial se atisba tras los pinos, y ya sólo es cuestión de desandar el mismo camino del inicio de la ruta.

El Bosquecillo

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Álbum de fotos

Enlace de interés:
Tras las huellas de la guerra: Cuesta de la Herrería, página 109