28 de abril de 2023

Juan Martín El Empecinado

La guerra de la Independencia continua acaparando episodios de cierta importancia en la serie novelera creada por Galdós. Ahora toca dar pábulo a uno de los movimientos clave de la posterior derrota francesa: la guerra de guerrillas. Porque dada la superioridad del ejército invasor y una serie de derrotas del exiguo ejército español, se echaron al monte una buena colecta de aventureros, bandoleros, exmilitares, simples civiles y buscavidas para conformar toda una serie de partidas guerrilleras que aprovecharon el conocimiento del terreno y los ataques por sorpresa, para hostigar a los franceses en diversos puntos de España.

La importancia de estas cuadrillas fueron elevando, a múltiples personajes, en valiosos activos a lo largo de la guerra, siendo reconocidos sus nombres por las diferentes Juntas de gobierno que daban validez a los guerrilleros como soldados defensores de la patria. Por supuesto, el guía de esta primera tanda de Episodios Nacionales y narrador, Gabriel de Araceli debía dejarse caer por esas tierras perdidas para exponer a uno de los personajes más notables: Juan Martín, el Empecinado.

Tras escapar de Cádiz en su anterior aventura, el bueno de Gabriel termina por formar parte de la cuadrilla de Juan Martín en la zona de la Alcarria. Momento adecuado para acercar al lector a este histórico personaje y de mostrar el funcionamiento de estas bandas. Nuevamente, se agradece la postura realista que suele adoptar Galdós a la hora de describir, tanto las partes positivas como las negativas, porque la composición de estos grupos y de sus acciones, sirven para desgastar al enemigo e intentar favorecer el curso de la guerra. Pero el sustento de este singular ejército sin regularizar versa sobre el mismo terreno donde ejecuta sus acciones. Por ello necesita cometer cierto pillaje sobre la población civil para poder mantenerse. Una población que sufre también la ocupación francesa y con ello, nuevos actos de saqueo a soportar, dando buenas muestras del desastre que origina la guerra en los más débiles. Además, la formación de estos contingentes, estaba estructurada por toda una variedad de pareceres de cómo afrontar la guerra, de las tácticas a realizar y el cómo contentar a sus integrantes. Estas confrontaciones son aprovechadas por Galdós para elevar su relato como una dificultad más a la que deben hacer frente sus protagonistas.

En resumidas cuentas, se acabará la guerra, y los que lo han hecho todo quedaranse más pobres que antes, mientras que los uñilargos irán a Madrid a comerse en paz lo que han merodeado a nuestra costa. Si somos unos héroes, señor don Juan Martín, si la historia se va a ocupar de nosotros y a ponernos por las nubes; pero comeremos pedazos de gloria y páginas de libro. Saturnino Albuín

Galdós logra recuperar el pulso narrativo que decayó tras Cádiz. Seguramente demasiado hermética por la importancia de los actos que recogía tal ciudad. Pero en esta novena novela de la serie, estructurada en dos actos principales, el escritor canario tiene mayor libertad a la hora ficcionar su relato, describir su argumento y poder elaborar a sus protagonistas, cuyo deslenguado parloteo, deslumbra por la riqueza y salero con la que se mueven estos personajes extremos. Destacan algunas personas relevantes, como Samuel Albuín, el Manco, personaje real que evidencia la dificultad de guiar a estos bandoleros; la curiosa inclusión de un niño de apenas dos años enrolado a la causa o el regreso de secundarios anteriores como Luis Santorcaz, quien mantiene una función importante dentro de la particular historia del narrador. Por otro lado, Galdós ha ido destacando ciertas figuras en textos anteriores desde una mirada singular, normalmente caricaturizada o llevada hasta cierto extremo que sobrepasa el limite de la credibilidad. En esta novela, destaca sobremanera la aportación de un clérigo llamado Mosen Antón. Su inclusión se hace desde una perspectiva exagerada, salvaje y enérgica que logra superar la bufonada en la que suele caer Galdós. El cura es una constante figura desafiante, tan típica dentro del cainismo español, como dejarse llevar por sus alucinaciones patrióticas, la malsana envidia y el desmesurado ego de su misión divina. 

En Juan Martín El Empecinado, el autor vuelve a dar mayor empaque a su historia desde un punto de vista más cercano a personajes sacados del pueblo, en un amplio conglomerado de personas que pululan por encima de los grandes nombres. Se da voz al insigne Juan Martín, pero también a sus lugartenientes y a las historias propias que aglutina su partida de guerrilleros. A todos ellos, se dedica una primera parte protagonizada por las andanzas de los bandoleros, las escaramuzas contra el francés y las rivalidades indicadas. Pero hay una segunda parte destacable y capitalizada casi por completo por Gabriel de Araceli. En otras ocasiones, Galdós desenvolvía a su protagonista con otros sucesos de importancia como una presencia secundaria situado en las esquinas, como un mero oyente. En otras, cobraba fuerza su propia acción dentro de algún hecho concreto. Pero en esta ocasión toma mayor importancia en una aventura personal emparentado con la continua persecución de su amada Inés. Menudo trajín lleva el muchacho. Por lo menos, Galdós regala al lector unos hechos propios y mejor elaborados en un pueblo perdido de la Alcarria, la aventura de Gabriel apunta a mayores dificultades como gancho para continuar la lectura en el siguiente episodio. 


-¡Voto al demonio, que tiene razón el curita!… Eso mismo debí pensar yo… 
-¡En marcha! Gritó mosén Antón no con palabras, sino con aullidos; no con entusiasmo, sino con exaltación salvaje.

Juan Martín el Empecinado
Benito Pérez Galdós
Ed Espasa Calpe para Unidad Editorial, 2008

16 de abril de 2023

El último paso de Bosco

El 16 de abril de 2023, Bosco cumpliría 12 años. Pero lamentablemente se ha quedado a las puertas, y creo que no hace falta dar mayores detalles. Porque en todos estos años el perrucho ha sido una parte importante de mi vida y uno más de mi familia. Además de ser protagonista en algunos apartados de este blog personal. Pasado un leve espacio de tiempo, he decidido rendirle cierto homenaje después de dar sus últimos pasos por el pinar de la Jarosa en febrero, sin conocimiento de lo que vendría después.

Hacía tiempo que las excursiones de Bosco tenían el tiempo acotado para evitar excesos andarines; y en uno de los pocos días que ha hecho frío de verdad en este pasado invierno, Bosco y un servidor, salíamos desde el aparcamiento del primer quiosco del entorno a dar un leve paseo. Como cualquier mañana del fin de semana a primeras horas del día. Normalmente íbamos por cualquier sitio, a veces tenía planeado patear algún lugar concreto y otras muchas, sin premeditar ruta alguna; bastaba con escoger el punto de partida y dejarse llevar por el monte. Pero como esa mañana hacía algo de rasca, alzamos los pasos por una pista forestal que remonta la Cuesta del Horcajo para poder entrar en calor y combatir el frío. Así de simple se escogía un camino u otro. 

La pista arranca con bastante inclinación en su inicio hasta suavizar su recorrido en medio de la ladera. Por ahí surge, en paralelo, una vieja trinchera de la guerra civil española, que más adelante bajaría hasta la posición republicana Loma de San Macario. Pero ese día tocaba seguir subiendo, con la intención aleatoria de perseguir la estela militar que con el tiempo queda como una extraña hendidura que tiende a elevarse, campo a través, entre jaras y matorrales. Al menos, van surgiendo leves parapetos que amenizan el esfuerzo propuesto. Por ejemplo, en un puesto de tirador destaca un enorme pino que ha crecido en medio de la construcción bélica, dando muestras del colosal paso del tiempo que ya ha superado los 80 años.

El vergel va aumentando según vamos ganando altura, con tanta espesura, que empiezo a echar de menos al disuasorio bastón que siempre facilita la tarea de abrirse paso a hostias. Al final, me canso de luchar contra las jaras y optamos por dar un leve rodeo mientras buscamos alguna salida digna. El viento arrecia y trae consigo algunos ligeros copos de nieve cuando descubrimos una senda bien marcada en un pequeño claro que nos permite continuar con la ascensión. Esta nueva vereda seguramente provenga del pequeño barranco que el arroyo de la Jarosa ha provocado a su paso aguas abajo, y nos permite alcanzar en mejores condiciones el cortafuegos que corona la Cuesta del Horcajo. 

Por estos lares, destaca un conjunto de puestos de tirador, muretes y trincheras; leves restos de la guerra civil que Bosco aprovecha para posturear su magnífico perfil con el horizonte. Estas ruinas están catalogadas como Cerro Lobos (tramo III), en una línea republicana que ha sido arrasada por la creación del cortafuegos que sube hasta el cordal montañoso. Los leves restos que se han salvado de la maquinaría moderna andan desperdigados a ambos lados de la enorme cicatriz artificial. Algunos visitados, junto a Bosco, en este blog; otros quedan vendidos al tiempo de que la naturaleza recupere su espacio. El conjunto de este día acumula diversos restos, y con la lógica parada, aprovecho para tomar algunas fotos. Bosco también saca partido para refrescarse con la escasa nieve que nos ha dejado este suave y triste invierno.

En paralelo al cortafuegos, hay una atajo que lleva hasta una antigua vereda que utilizábamos con las bicis de montaña para atrochar velozmente con las ruedas gordas. Es una senda que hemos utilizado con regularidad, cuya estrechez y la escasa nieve repartida encuadran a la perfección para retratar a Bosco en la Jarosa por última vez. Por desgracia, sin conocimiento alguno de los problemas que surgirían las siguientes semanas. Y todavía hoy voy llorando por las esquinas. La entretenida trocha cruza la pista inicial junto a la trinchera de bajada para transformarse en un camino que termina por llegar hasta la ermita del lugar; donde el primer quiosco, el supuesto parking donde aguarda el coche y su puta madre.

La tristeza que deja su perdida ha supuesto una pequeña búsqueda de imágenes acumuladas sobre Bosco a lo largo de estos años. El resultado, suma una buena colecta de un perro, que nos ha acompañado en los últimos años de nuestras vidas. Porque Bosco ya estaba antes de que nacieran mis niñas y ha molado comprobar cómo las ha acompañado en su crecimiento. Un perro que se convirtió en parte de la rutina diaria y sobre todo, cómo ésta se alteraba en viajes, eventos o vacaciones. Al fin y al cabo era uno más de la familia, del cual me he aprovechado para recorrer y disfrutar del monte. Y como siempre pasa con estas cosas, uno se lamenta de los planes y las tareas pendientes. Incluso pensaba dejar constancia, en esta entrada, de algunos momentos importantes de su vida vía fotográfica. Pero finiquitar este texto cuesta horrores. Como llegar a casa y percatarse del silencio atronador de una vivienda vacía. Acostumbrarse al rincón donde estaba su cuenco o simplemente asomarme al lado de la cama donde solía dormir a mi vera. Imagino que el cruel paso del tiempo hará su trabajo para dejar de llorar por las esquinas. Ahora sólo me queda la memoria de los buenos momentos, la felicidad de verle crecer junto a las niñas, su mirada caramelizada y el cariño fiel que siempre demuestran los canes hacia sus dueños. Como voy a echar de menos al perruco. 

Nuestro momento