28 de octubre de 2022

Tiempo de victoria: la dinastía de los Lakers

Era un crio, pero al menos llegué a tiempo para ver el final de la dinastía de Los Angeles Lakers en la década de los 80, de cuando el segundo canal de televisión española retransmitía partidos a horas intempestivas los viernes por la noche. Y curiosamente, yo siempre iba con los Pistons. Los míticos Bad Boys que se empeñaron en apartar de la cumbre deportiva la enorme rivalidad dada entre las dos franquicias más exitosas de la NBA: Boston Celtics y Los Angeles Lakers. Un choque del que bebe esta producción televisiva, partiendo de base en el libro de Jeff Pearlman, Showtime. Y en 2022, llega la serie televisiva bajo el paraguas de la plataforma HBO para mostrar un producto meramente americano; pero expandido a nivel mundial por encima de otros deportes de mayor calado en USA. La década de los 80 vino a relanzar este deporte a nivel global, gracias en buena medida al estilo de juego espectáculo mostrado por el equipo californiano.
La sonrisa de la nueva era - HBO
Y a la hora de marcar las pautas, los creadores de la serie, Max Borenstein y Jim Hecht optan por la diversión, por la exuberancia, el exceso y el no va más. Porque vienen buenos tiempos para los Lakers; con la elección del rookie de la eterna sonrisa como nueva incorporación y con la rocambolesca compra de la franquicia por parte de un desenfrenado empresario. Puede decirse que la alegre figura de Magic Johnson y el empresario jeta Jerry Buss, son las principales bazas protagonistas de una serie cuyo tono opta por el libertinaje a la hora de transformar hechos reales para adaptarlos bajo el paraguas de la ficción en una temporada deslumbrante.

Un buen cóctel regado bajo el sol de California, que ayuda a la hora de extender ese entusiasmo a lo largo de 10 capítulos bajo una estructura similar: como la tradicional manía de despedazar el montaje en múltiples planos y puntos de vista diferentes. Un modelo de contar las cosas muy dado en los últimos tiempos y que en esta ocasión aprovechan para incorporar diferentes texturas de la imagen; seguramente buscando un toque ochentero, como cuando las televisiones de la época parecían incapaces de retener el color. También destaca el abultado grano del súper 8, la inclusión de imágenes de la época complementarias en plan documental o señalar mediante textos a personajes reales. Dentro de esa exageración, sobresale la particular manía de dirigirse al espectador, un clásico recurso teatral que invita a exponer el discurso de marras por parte de sus protagonistas y del que se abusa en exceso.

La serie anda sostenida con holgura por un amplio abanico de personajes, allí donde el dinero invertido está plenamente calibrado para relucir el resultado final. Para empezar, cuenta con un elenco de actores reconocidos: John C. Reilly, Sally Field, Adrien Brody… con otros actores debutantes, o menos conocidos, que han sido escogidos con mimo en el casting de turno para cuadrar sus interpretaciones mediante un parecido físico con los protagonistas de la época. Sin embargo, la aparatosa parafernalia de la narración devora parte de las tramas. Es cierto que va en línea con los tiempos veloces y el exceso de información de hoy día, pero también se corre el riesgo de pasar rápidamente, entre tanta imagen, que la serie caiga en el fatal pozo del consumo de usar y tirar. También es cierto que la ayuda extra de la heroicidad deportiva, eleva la emoción del visionado por la emoción del resultado y de las dificultades que ofrecen los rivales. El otro gran debutante, Larry Bird y el equipo de los Boston Celtics, aparecen señalados como los antagonistas de presumibles temporadas futuras. Siempre se es más grande cuando tu rival está a una altura similar o mayor.

Pero la trama humana, recargada por los guionistas, termina por ser engullida por la constante actividad del relato y la brusca solución de cobijarse en el humor. El mayor exponente se da en la secundaria figura de Jerry West, interpretado por Jason Clarke; un personaje retratado de una manera tan desmesurada, que tal vuelta de tuerca termina por ser una jodida caricatura. Sin duda ése es el gran problema a resolver. Dejar espacio al espectador, entre tanto envoltorio, para disfrutar de una época deslumbrante: la transformación del equipo NBA más llamativo y conocido del mundo frente a un desarrollo argumental de mayor peso que la mera exposición del entretenimiento. Falta mayor desarrollo entre tanto salto continuo. El triunfo de los creadores está dirigido al espectáculo, el cual siempre debe continuar. La serie no falla en ese sentido.

Tiempo de victoria: La dinastía de los Lakers
HBO, 2022

21 de octubre de 2022

Pleasantville

Hacia 1998 debutaba en la dirección Gary Ross, uno de tantos acertados guionistas que con el tiempo, terminan por dar el paso a la dirección. Y Pleasantville es su logrado estreno, una entretenida cinta que transportaba, de manera mágica, a un par de hermanos de los noventa al interior de una serie de televisión de los años 50. A pesar del fantasioso traslado a ese especie de universo paralelo, la película trata del conflicto que acarrean los cambios; sobre todo si la rutina diaria se ve corrompida por algo nuevo que trastoca una sociedad herméticamente acostumbrada a lo cotidiano y que consideraba normal. Esta oposición no tiene que ser necesariamente buena, ni mejor, simplemente, expone un cambio donde la libertad de elección individual choca frente a quienes se consideran legitimados a mantener un único punto de vista.

En ese viaje al interior de la serie televisiva, los personajes deambulan en un idealizado lugar donde todos sus habitantes son felices y ni siquiera se plantean la posibilidad de ver qué hay más allá de la calles ficcionadas de su particular universo. Un recurso interesante es el uso del blanco y del negro asociado al pasado y que representa el mundo de la serie tal como se exhibía en televisión. Rápidamente, la pareja protagonista toma conciencia de su extraña aventura y empiezan a trastocar el ideal mundo de sus vecinos. Especialmente Sue (Reese Whiterspoon), menos dada a disimular una personalidad que desconoce y bastante alejada de su propia forma de ser. Su hermano Bud (Tobey Maguire), es un fiel seguidor de la serie e intenta por todos los medios evitar trastocar el modelo de vida de los habitantes de Pleasantville.

Maravilloso contraste
Sin embargo, todo cambia cuando se interactúa con otras personas y tanto Bud como Sue tienen ventaja sobre unas personas acotadas en su forma de vida. Con el impulso de los jóvenes, surge la necesidad del cambio, del despertar y salir de la mitológica caverna platónica para descubrir un mundo con mayores posibilidades en el exterior. Por ahí destaca la mano de Ross a la hora de desarrollar a unos personajes que logran encontrar mayores ambiciones, deseos y vocaciones personales. Una evolución interesante que toma mayor relevancia cuando pequeñas notas de color resaltan los cambios alcanzados en Pleasantville y juegan maravillosamente con el contraste entre los habitantes coloreados frente a los que todavía se mantienen en escala de grises.

En EEUU, ese arrogante país acostumbrado a dar lecciones de libertad y milongas varias al resto, contiene bastantes lagunas negras en su corta historia como nación. Como la persecución, a mediados de los 50, a todo ciudadano sospechoso de mantener ideales comunistas. Curiosamente, el padre de Gary Ross, cuyo oficio también destacó en la escritura, pasó a engrosar las listas de sospechosos por sus ideales en la conocida etapa de la caza de brujas desatada por el senador McCarthy. Una pequeña cruz que de seguro alentó al joven Ross a la hora de elaborar este guion y derivar cierta denuncia y exposición del peligro que supone cuando algunas instituciones, o personas relevantes, se erigen en guardianes de un único punto de vista. Y cuidado con quien se salga de una línea señalada porque será denunciado, señalado y otros ejemplos dados en la historia moderna.

A pesar de tener unos mimbres elogiables y de obtener el favor de la crítica, Pleasantville fracasó en taquilla. Con el tiempo, la película ha ido ganando adeptos, al formalizar con creces el tonto consuelo de cumplir con el mero entretenimiento. Sin duda, se quedó con ganas de aspirar a algo más, lastrada mediante una floja resolución, demasiado yanqui buenrollista que la hace perder fuelle frente a un desarrollo mucho más interesante. En parte es una pena que falle en la gestión final cuando el resto del viaje logra alcanzar un entretenimiento tan sencillo como original.  


Plesantville
Gary Ross, 1998
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14 de octubre de 2022

Orient-Express

Fue uno de los trenes más famosos de Europa y cuyo recorrido conectaba diversas ciudades europeas con el exótico destino de alcanzar las puertas de Oriente. Su origen se remonta a finales del siglo XIX, hasta que su trayecto fue finiquitado a principios del XXI. Cosas del auge de los vuelos económicos y la competencia de los trenes de alta velocidad. Pero en medio de ambas centurias, el Orient-Express tuvo su apogeo a lo largo del siglo XX como medio de transporte, especialmente en su primera mitad. 

Gracias al atractivo que siempre deriva un viaje, la literatura y otras artes, han recabado parte de sus historias en los vagones de esta mítica línea. Y también la económica gracias a la modas elitistas. Seguramente, el Asesinato en el Orient-Express de Agatha Christie, sea la obra más conocida. Sin embargo, otro autor británico, Graham Greene, se adelantó por poco en orientar una historia particular con el viaje férreo como escenario principal. De hecho, es una de las primeras obras de Greene, siendo su primer gran éxito comercial sobre un escritor que alcanzó el reconocimiento mundial a lo largo de su trayectoria con libros como El poder y la gloriaEl tercer hombre o El americano impasible. Títulos reconocidos y llevados al cine, como el mismo libro que abarco en esta misma entrada. Aunque hoy día, su título más conocido es El tren de Estambul, he querido respetar la titulación del libro editado en 1968. 

En la novela se propone un entramado relato coral que toman el tren con destino a Estambul. Destacan en primer lugar, un adinerado empresario de origen judío, una bailarina de cabaret de camino a un nuevo trabajo y el enigmático doctor Czinner. Éste último acarrea la atención del lector, al tratarse en realidad de un antiguo líder revolucionario que pretende regresar a Belgrado desde el exilio para encabezar una planeada insurrección. 

Estaba en una situación similar a la de una casa deshabitada que nunca podría ocuparse, debido a que antiguos fantasmas acudían a veces a morar en las habitaciones. Y él, el propio doctor Czinner, era el último fantasma. Sin embargo, a veces le parecía , porque la experiencia se lo había enseñado, que un espectro, puesto que podía sufrir, podía volver a la vida.

Sin embargo, su figura será reconocida por una ambiciosa periodista en Múnich, quien se instalará en el tren a la caza de una posible exclusiva periodística. En la capital austriaca también se incorpora Josef Grünlich, un profesional del latrocinio que presume de su buen hacer y de no haber sido cazado nunca por sus trabajos.

En toda esa coctelera de personajes, se incluyen también algunos secundarios que dan vida al viaje y suman al grueso del texto expuesto por Greene en los vagones y a lo largo de las paradas. Conviene destacar la manera pausada, pero constante de desarrollar los textos y la forma que tienen de relacionarse todos los implicados. Esta es una de las particularidades de Greene, autor que no tiene ninguna prisa por presentar convenientemente a sus personajes principales y a los que dedica una extensa introducción. No hay prisa ninguna cuando se trata de un viaje de varios días. Porque una vez que estén dentro todos los implicados, surgen las clásicas relaciones entre personajes, la interacción necesaria entre personas de las cuales surgen diversos sentimientos, tanto cercanos como encontrados. Ya dependerá de cada uno si traga la elaboración del menú. Lógicamente, las expectativas sobre Czinner arrastra la mayor atención del lector, pues su viaje conlleva una acción violenta que puede echar por tierra la impertinencia de una periodista. Recordar en este momento que el contexto histórico anda situado en período de entreguerras, cuando la inestabilidad política andaba encabezada por ideales enfrentados.

Con todo, la novela recorre tranquilamente un itinerario dividido en capítulos que concuerdan con diversas paradas importantes. Momento adecuado para el habitual cierre de algún tema concreto y alguna nueva incorporación, mientras el desarrollo conjunto abre nuevas posibilidades que empujan a continuar la lectura. Greene destaca el factor humano, las relaciones entre los personajes y las tiranteces que se crean entre ellos. La lectura puede resultar lenta, de hecho lo es, y hasta pesada si los acontecimientos que narra a veces resultan superfluos cuando con la avidez del lector del siglo XXI anda a la espera de mayores momentos de acción. Estos andan reducidos en favor de una intriga recluida en favor de la palabra, en los trapos ocultos de cada personaje y en las diferentes oportunidades que se crean mientras el tren continua su viaje en el tiempo, indiferente a las menudencias de los protagonistas y la transformación que todo viaje pueda aportar a cada uno de los personajes. El alcance del recorrido individual depende de cada uno. Como en toda aventura.


Orient-Express
Graham Greene 
Ed GP, 1968, Colección Reno