25 de junio de 2021

Salto al vacío

Era el año 1995 cuando salía a la palestra del debut cinematográfico, Daniel Calparsoro. Uno de los mejores directores de cine español de la memorable hornada que dejó aquella década; con nombres tan reconocibles como Alex de la Iglesia, Icíar Bollaín, Julio Medem... junto a otros nombres de éxito en taquillas como Santiago Segura o Alejandro Amenábar. El único gran pero que se le pueda asociar a Calparsoro está ligado al pomposo triunfo de los premios, ya que en taquilla, normalmente, ha logrado buenos números tras derivar su carrera en cintas comerciales, algunas con el renombre de Cien años de perdón, donde contaba con un reparto bastante potente. Sin embargo y a pesar del ego centrado en el reconocimiento de la propia industria, reitero mi gusto por Daniel Calparsoro, porque es un buen director de cine, como así demuestra su filmografía, donde destaca principalmente su enorme poderío visual, gracias a una factura impecable, al manejo de la cámara y que, a pesar de las historias que cuenta, siempre sobresale una realización que logra demostrar el buen oficio del cineasta. Sin embargo, a su trayectoria se le puede achacar la falta de una historia de más empaque. La típica película que logre aunar a crítica y público mientras esa imaginaria cinta sortea el paso del tiempo sin envejecer. Tal vez no llegue nunca, pero molaría que al autor le cayese del cielo algún guion memorable y que este señor lograse redondear en imágenes tal deseo. Sería un pequeño deleite para quienes recurren a señalar alguna película celebre de tal o cual director de cualquier listado. Éste será el banal defecto de Calparsoro, cuya profesión sabe realizarla con holgura. 


Y Salto al vacío fue un muestra curiosa, un debut alejado del carácter comercial actual de su autor. Una historia de delincuentes, sórdida, sucia y hasta molesta de ver cómo se expone tanta mierda entre paredes desconchadas. A ojos vista, parece una especie de retrato de la decadencia industrial de los famosos altos hornos vascos. Y allí, en esa sociedad de bajos fondos circulan los protagonistas: una banda de jóvenes que se dedican a trapichear con drogas y con algún que otro encargo de mayor entidad. De todos ellos destaca la figura de Alex, la única femina del grupo y que anda tras los huesos de Javi; el supuesto jefe y que no termina de aclarar ningún tipo de relación con ella. 

Alex está encarnada por Najwa Nimri, la actriz que debutaba en la interpretación alcanzando posteriormente mayores vuelos que el resto del reparto. Nimri es la encargada de capitalizar la cinta entre tanta testosterona y la incesante verborrea de unos tipos que quieren jugar a ser gángsteres cuando en realidad son una simple pandilla de chungos de barrio. Por lo menos, ella aporta maneras entre tanto varón y tiene tiempo de sacar adelante a su desmembrada familia con sus negocios. Destaca en este lance la colaboración de Karra Elejalde como el hermano yonki que anda perdido por las oscuras callejuelas de las adicciones; mientras su hermana va adquiriendo conciencia de que la vida se le escapa de las manos y que debe dar un giro drástico si quiere salir del vicio de la violencia que la rodea. Obviamente no será fácil, por la responsabilidad de cargar económicamente de su familia, por la falta de decisión de Javi en su relación y de los propios líos a los que conducen los actos que han ido desarrollando desde el principio.

La estructura de la película anda fragmentada sin seguir un hilo concreto de desarrollo. Más bien son acciones independientes sin visos de una gran historia que cumpla el básico requisito de los tres actos que acumule algo más al global de la cinta. En realidad, es un conjunto de brochazos, donde la pesadez del lugar y del estilo de vida de Alex la empujan a querer cambiar. Todo se encamina hacia el personaje principal y su perspectiva de mejorar el horizonte de su existencia, en buscar alguna salida más allá de la acumulación de los negocios ilegales por los que se mueve. Por ahí logra la película embaucarnos, gracias al brío que compone Calparsoro en sus imágenes y la ayuda de un buen puñado de escogidas canciones a modo de videoclip. Salto al vacío fue una atrevida propuesta de carácter personal, en plan cine independiente yanki pero con aires ibéricos, y unas capuchas que la mentalidad española de la época siempre estará asociada a los que asesinaban con tiros en la nuca. Han pasado ya varios años y el aura de esta película imperfecta, todavía se mantiene de manera hipnótica.  

Salto al vacío
Daniel Calparsoro, 1995

11 de junio de 2021

Hospital de sangre

Tras lectura de Hospital de sangre, lo primero que me llama la atención, en la manera de escribir, es poder constatar la distancia del tiempo, sobretodo por el aire clásico que desprende esta novela anclada en los correctos modos de mediados del siglo pasado. Una evocación casi peliculera, de las que se exhibían en blanco y negro, y gracias a las cuales, podemos imaginar fácilmente como la peña viste pulcramente de traje a lo largo de las páginas; para después, dar paso a los personajes y observar como interactúan entre ellos a través de un estilo bastante sosegado, educado y centrado en unas formas que hoy día parecen excesivas. Y eso que la acción del libro se desarrolla en medio de una de las mayores barbaries cometidas por el ser humano: la II Guerra Mundial. A pesar del desastre bélico, los hombres y mujeres que protagonizan la novela, mantienen una buena representación del modo de vida de aquella época, si tenemos en cuenta que estos personajes son más bien burgueses elitistas: principalmente médicos y de alta graduación en el glosario de términos que acompañan las categorías de los ejércitos.

La medicina, esa ciencia tan de moda en la actualidad, siempre tiene cabida en cualquier género de ficción. Incluida la curiosa parte dedicada a las guerras, donde algunos hombres buscan matar a sus semejantes, mientras que otros tantos luchan por salvar vidas. Simplificado así, es un choque interesante, aunque los sanitarios suelen tener una participación más bien secundaria y dramática en las diferentes formas en las que los autores han retratado las guerras. Afortunadamente, también hay casos donde las tramas centrales son protagonizadas por los médicos; en parte no habría más que señalar el éxito que han tenido numerosas series audiovisuales capitalizadas por gente con batas blancas. Un género de éxito que también se daba hace 77 años, como 
el caso de Hospital de sangre, novela publicada en 1944 por parte del escritor norteamericano Frank Gill Slaughter. Un autor, al que conviene recordar su participación en la misma contienda que describe como cirujano, pues ostentaba tal título con anterioridad y con menciones especiales a sus capacidades de trabajo. Así que el tipo, bien podía adornar sus relatos con conocimiento de causa, porque al bueno de Frank le atraía también la escritura, tanto, que terminó por dedicarse finalmente a este noble arte tras el paso de los años. Y con notable éxito, pues su firma acabó siendo un superventas de la época, con una prolífica obra que acumula, a ojo, algo más de 30 obras repartidas entre libros protagonizados por especialistas médicos y de corte histórico, seguramente le atraía también los acontecimientos históricos del mismo modo que optaba por ficcionar tramos concretos de corte bíblico. 

El protagonista de Hospital de sangre, Rick Winter, es un joven cirujano tan docto a la hora de sanar como en su afición de cortejar mujeres. A fin de cuentas, estas son las dos temáticas principales de la novela, con el marco de una guerra mundial como mesa de operaciones. Por otro lado, el título hace referencia al lugar de trabajo: un hospital levantado cerca del frente para atender a los heridos con la mayor rapidez posible. Entre la tensión del trabajo y el lógico miedo a la guerra, siempre hay tiempo para la distensión. La necesaria distracción que recuerda la juventud de sus protagonistas a la hora de aprovechar unos momentos que bien pudieran ser los últimos. Pero ese trayecto de la vida puede ser sacudido desde cualquier parte. Incluso con la venerable frase del caído del cielo. Porque justamente un bombardeo nazi sobre una base americana, empuja a una misteriosa joven a guarecerse junto al médico protagonista en la residencia de éste, con la esperanza de que ninguna bomba arrase con su frágil refugio. Mientras caen bombas la oscuridad reinante, para evitar señalar objetivos a los aviadores, logra ocultar el rostro de la joven, manteniendo así el secreto de su personalidad a las cavilaciones del personaje principal. Tras superar esos angustiosos momentos, el recuerdo y la identidad idealizada de la desconocida, transforman el carácter de Rick, abandonando el aire canalla de la presentación hasta llevarlo a la bobalicona representación del joven enamorado de un recuerdo único. Una verdadera pena que este importante giro llegue tan rápido y nos perdamos una mayor profundidad en la presentación del simpático picaflores. No nos queda otra que conformarnos con la dualidad de un soñador a la caza de su dama frente a la profesionalidad que demuestra en cada intervención médica.  

Por lo que él sabía acerca de las mujeres, no le quedaba más remedio que soportar la tortura en silencio...

Rick ya venía con experiencia guerrera previa, y se nota a la hora de atender a los heridos en los combates con un relato, que el autor domina a la perfección y logra meter al lector en las mismas operaciones a las que asiste con una elaborada descripción del proceso operatorio y sus detalles. Un juego que gana enteros cuando narra como coge el bisturi, como abre sin dilación abdómenes o como decide extirpar cualquier órgano mientras templa sus nervios y evita ponerse a silbar. En líneas generales, la novela cumple la mayoría de los estándares de los escritores de mediados del siglo XX. Podría decirse que Slaughter escribe con un buen tono académico donde particularmente destacan las descripciones médicas y las intervenciones de los cirujanos liderados por Winters al lado de unas batallas relatadas desde escasa distancia 

Unos intentaban sonreír y pedían cigarrillos; otros pertenecían a la categoría de héroes obstinados que insisten en esperar para que sean atendidos los heridos más graves; algunos estaban pálidos como la muerte a causa del shock , o delirando por efecto de la infección, y otros, en fin, casos desesperados, permanecían en trágico silencio, o bien hablaban y hablaban, en pueril balbuceo aterrorizado, reflejo del horror de la guerra moderna con la que se habían encontrado por primera vez.

Una sensación de peligro sobrevuela las cabezas de los médicos mientras realizan su trabajo, y Rick Winters, pelea por realizar sus operaciones sobre el mayor número de personas posibles. Tal es el entretenimiento proporcionado por la novela Hospital de sangre, aupada con ese aire clásico y edulcorado, de una época pasada. Otra cosa bien distinta es el triangulo amoroso que plantea el autor, un sentimiento al que trata de dotar de cierto misterio, pero del que carece de la clase necesaria para mantener una sorpresa que cantaba desde el principio.

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Hospital de sangre
Frank Gill Slaughter
Ed Planeta. Ediciones GP - Col Reno, 1970

21 de mayo de 2021

¡Ánimo, Wilt!

Tercera aventura del curioso profesor Henry Wilt, el antihéroe creado por Tom Sharpe y cuyo poder de atracción para el enredo y las catástrofes se mantienen intactos. Tras los memorables sucesos de la muñeca hinchable y la amenaza terrorista anteriores, a la familia Wilt les toca lidiar en esta ocasión con una serie de casualidades ajenas a su voluntad. Todo empieza cuando una estudiante muere por sobredosis en la escuela Fenland, el lugar donde ejerce Wilt en el departamento de Estudios Liberales. La chica muerta es hija de un influyente matrimonio de la alta sociedad que presionará a la policía para que logre resolver el caso y descubra el origen de las drogas. Por ahí entrará en escena un nuevo policía, Hodge, y que en su ascenso profesional despertará las envidias de Flint, el inspector enemigo de Wilt de los anteriores libros. Éste empujará a Hodge a hacerse cargo del caso con la esperanza de que Wilt, y su irremediable fatalismo, arruine la carrera de Hodge.

Sin embargo y a pesar de que Wilt, su mujer Eva y sus hijas formen parte del enredo, la iniciativa del desastre habitual viene dado por terceras personas. Normalmente Sharpe siempre incluye a toda clase de personas y de tarados que acompañen al despiporre humorístico para que apoyen con sus actos las locuras emprendidas por la familia Wilt. Pero en esta ocasión, el karma se encarga de devolver tales tragedias a los protagonistas de la novela. Primero con un inspector de policía que fantasea con que Wilt sea capaz de ser un genio del crimen y que se saca un sobresueldo a través del mercadeo de drogas, su obsesiva persecución en hallar pruebas, se extenderá en vigilar todos y cada uno de los movimientos de Wilt. Incluidas las habituales descerebradas de tan singular personaje que serán interpretadas erróneamente por el inspector. Como cuando Wilt es detenido en una base militar americana acusado de ser un espía soviético. Turno adecuado para que Sharpe se explaye a gusto sobre el imperio yanki y de rienda suelta a la paranoia comunista sobre unos militares deseosos de dar rienda suelta a la habitual arrogancia de su poderío militar.

Al habla Karl Radek
A todo esto, Wilt representa a la típica persona que aparece siempre en el lugar inadecuado en el momento más inoportuno. Y con una curiosa capacidad de enredar aún más los problemas que le acompañan. Eva por su parte, contribuye al relato en su desatado afán de mejora familiar, como por ejemplo la excesiva protección que realiza sobre sus hijas; unas tiernas figuras que parecen representar a los cuatro jinetes del apocalipsis, según las opiniones de sus amables vecinos. Por otro lado, Eva intenta mejorar la actividad sexual de su matrimonio tras dejarse llevar por los erróneos mensajes que siempre terminan por empujarla al conflicto con su marido.

¡Ánimo, Wilt! logra un desarrollo bastante equilibrado a la hora de construir todo el enredo que acompaña a la novela. Basado en una estructura que va encajando ordenadamente las sospechas policiales con la colaboración involuntaria de la familia Wilt. Sin embargo, este esquema reduce el protagonismo del personaje principal, al convertirse en blanco del destino en una singular jugada de hacérselas pasar canutas por sus estragos del pasado. Para que el desmadre sea efectivo, Sharpe empieza por exagerar en demasía a los secundarios que atosigan a Wilt. La novela se convierte en una loca carrera que termina por dejarse llevar por el simple disparate sin la base lógica del inicio, un punto que tenía simplemente más gracia frente a la mera caricatura hacia donde les dirige el autor. Y parece que van a dúo, ya que al citado inspector Hodge se le une un militar americano que se excede más allá de las lógicas sospechas que pueda acarrear un individuo aparentemente inofensivo. Al menos Wilt mantiene intacto su imán de atraer catástrofes mientras su patosa personalidad empuja a la lógica por un precipicio, de ahí surge un caos que se apodera de unos actores con todas las apuestas de ser tachados como descerebrados.

A veces se dice que la realidad supera a la ficción. En ocasiones, cuesta creer tal sentencia si Thorpe anda por medio. Porque para que esta aventura funcione, tiene que tomarse mayores libertades en juntar a tanto descerebrado junto. Reconozco cierto talento de cómo Sharpe ha elaborado la mayor parte de la novela. Todo encaja, con sus más o sus menos aspectos creíbles, hasta que llega el momento de dar el bombazo final y cerrar la novela con un giro inesperado y edificante. Pero el autor fracasa en este punto, al ser incapaz de frenar el desbarre mental en el que se ha metido. Es una lastima que la presentación y el desarrollo descarrile en su desenlace, una laguna importante en la que Thorpe se muestra incapaz de salir indemne. Aún así, bien vale la pena su lectura por la natural capacidad de sonsacarnos más de una sonrisa. Esperemos que para la siguiente, Wilt recupere el protagonismo de un relato que lo ha dejado de lado frente a los volubles acontecimientos del tercero.

Yo sólo soy el que está en el medio y no sabe a qué lado saltar. Pero por lo menos pienso. O trato de hacerlo. Ahora déjame sufrir en paz y dile a tu amiga Mavis que la próxima vez que no desee ver una erección involuntaria, no te aconseje que vayas a ver a Kores la Castradora.

¡Ánimo, Wilt!
Tom Sharpe
Ed Anagrama, 1992

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10 de mayo de 2021

Watchmen

HBO se lanzó al ruedo de extender el particular universo de una obra cumbre del cómic: Watchmen, y darle continuidad con material completamente nuevo y original frente al creado por el guionista Alan Moore y el dibujante Dave Gibbons en la lejana década de los 80. Y para esta ocasión, contando únicamente con el beneplácito del dibujante, pues Alan Moore ya ha dejado claro en numerosas ocasiones su postura contraria a que otras empresas saquen rédito económico a su obra. Incluida la propia DC que publicó la obra original; es más, con el paso del tiempo, la editorial de las viñetas también se atrevió a secundar el Watchmen original con una secuela llamada El reloj de el juicio final. Un pequeño filón que mantiene la premisa de explotar comercialmente cualquier producto vendible. Tampoco es que sea una novedad que un producto artístico sea llevado hacia otra corriente similar y salte del cómic a las pantallas, inventándose una historia ajena para tal fin. En este último ámbito, alguien de HBO vería plausible y rentable llevar a cabo tal adaptación que nos llevase al mundo ideado por Moore treinta y picos años después. A bote pronto, conviene recordar la escasa diferencia de 10 años con la fiel adaptación cinematográfica que Zack Snyder llevó al cine en 2009 y plantarnos en 2019 con esta continuación en formato de serie.

La máscara - HBO
El principal responsable del proyecto estaba encabezado por Damon Lindelof, (uno de los creadores de Perdidos) quien ya ha manifestado públicamente que para él, sólo habría una única temporada de Watchmen. Otra cosa será lo que haga HBO tras el éxito de crítica que obtuvo. Porque tras ver la serie, me dio por indagar algo sobre su trayectoria posterior y descubrir que ganó un buen puñado de premios Emmy. Bastante trascendente si tenemos en cuenta que la serie navega entre el drama y el género fantástico; un género poco dado a un reconocimiento tan claro desde la seria perspectiva de quienes entregan premios. Y para quien desconozca de qué va la historia de Watchmen, la lógica recomendación seria señalar la lectura del cómic casi como obligatoria. Para los gandules, la mejor opción sería visionar el filme de Snyder, cuyo único cambio importante viene dado hacia el final, al cambiar la aportación de un calamar gigante que visita Nueva York sin visado de turista y con resultados catastróficos por otra opción menos fantástica. La serie se mantiene fiel al cómic en ese aspecto, y además logra perpetuar esa curiosa amenaza con el rigor de hacer las cosas bien. Algo habitual en HBO, productora que apenas escatima esfuerzos en su producciones y a las que otorga una factura técnica impecable.

La serie Watchmen es una obra compleja, fascinante y distópica. Una digna secuela del original que logra respetar el pasado y sustentar con esos cimientos la historia creada por Lindelof y su grupo de guionistas. Se nota que ha habido trabajo previo y que se han tomado buenas notas del cómic para apoyarse en la historia precedente e imaginar, cómo sería la vida de los protagonistas anteriores con el paso de los años, los efectos de lo acontecido en todo ese tiempo y lograr así, introducir a los nuevos personajes que protagonizan este nuevo presente. El personaje principal es Angela Abar, una detective de policía que oculta su identidad tras el disfraz de Hermana Noche, una supuesta heroína con antifaz que tendrá que afrontar la desagradable tarea de investigar la muerte de su superior y amigo: el comisario Judd Crawford (Don Johnson).

Un actor superior - HBO
La estructura de los nueve capítulos logra encauzar el pasado, con inicio en 1921, a través de un hecho real sucedido en Tulsa (Oklahoma). Un punto dramático en la historia de EEUU cuando se dio una radical matanza sobre la población negra por parte de los blancos. Un principio violento que pone de manifiesto una lucha racial que llega hasta nuestros días para dar paso a esta secuela televisiva. La idea es que un grupo de supremacistas blancos recoge el testigo del famoso Ku Klux Klan y se organizan alrededor de un grupo denominado como la Kaballería. Racistas sin ningún tipo de miramientos en entablar batalla incluso con los policías de color. Está claro que este mismo relato supone un problemón histórico en EEUU, tema que se ha alargado desde tiempos pasados hasta alcanzar de manera premonitoria el cercano asesinato de George Floyd, el resorte mundial que ha dado origen al movimiento Black Lives Matter. 

Pero en esta realidad alternativa, este conflicto racial se plantea como germen principal de un relato que nace en 1921 y se desarrolla en diferentes épocas alrededor del árbol genealógico de la protagonista. Ella forma parte de un show que mutila la narración lineal en diferentes capítulos, incluido un magistral flashback que retrocede hasta la primera generación de los héroes ideados por Moore, los Minutemen. Pero con la enorme salvedad de que este material nuevo viene dado para aportar al espectáculo televisivo, una suma que termina por enriquecer al conjunto de una obra, que a estas alturas, podría formar parte de un mismo pack. 
 
Uno de los grandes aciertos del filme de Snyder fue el empleo de conocidas canciones como acompañamiento de la película. Singularmente celebrada fueron los créditos iniciales al ritmo de The times they’re a changing de Bob Dylan. En la serie, se tomó buena nota y vuelven a rescatar temas memorables a la vez que crean una melodía propia y reconocible para la serie que se repite de manera constante en determinadas ocasiones. 
 
Aviso. El visionado de la serie tiene que realizarse con calma ante la acumulación de diferentes puntos de vistas atribuidos a los personajes principales, incluido los saltos temporales que sirven como carta de presentación y posterior desarrollo de los mismos. Tal cumulo adquiere un tono lento y complicado sobre el tema principal y sus consecuencias máximas. Se pasa del tema racial al consabido y exagerada idea de dominar el mundo con un plan tan genial como retorcido. Se nota que la serie avanza con calma entre diálogos y soliloquios normalmente excesivos. Un gusto por las peroratas que entorpecen el ritmo. Para compensar, la violencia retratada de algunas escenas quedan perfectamente expuestas del mundo alternativo que representa Watchmen, como la explícita violencia policial a plena luz del día, un paisaje que podrá ser algo más habitual al paso que vamos. En conjunto, la serie me ha parecido fascinante, atrevida, incluidas algunas sobradas y un buen producto que complementa la obra original de 1987.

Watchmen
HBO, 2019
 

27 de abril de 2021

Bailén

Tras la revuelta popular del 2 de mayo de 1808 en Madrid y la posterior represión francesa, el sentimiento de indignación y repulsa, que ya se estaba gestando, se acrecienta en la sociedad española la necesidad de organizarse contra quienes han descabezado la monarquía. En algo ayudan las noticias que llegan a cuentagotas a la capital de diversos lugares de España: levantamientos populares, reorganización del ejército y hasta declaraciones de guerra sitas en una simple villa como Móstoles. En estos albores de proclamas locales para echar al invasor, despierta el protagonista de estos primeros Episodios Nacionales, a la vez que se recupera de las heridas recibidas en el libro anterior y con la suerte de haber sido acogido por un matrimonio de Madrid. El joven Gabriel de Araceli escucha atento la puesta al día de los últimos acontecimientos gracias a sus benefactores, mientras su pensamiento interno le lleva a su particular aventura: conocer el paradero de su amada Inés tras verse separados al final de la novela precedente. Y en este arranque del cuarto episodio, Galdós hace a bien presentarnos a Luis de Santorcaz; personaje importante en el posterior devenir de Bailén y en exponer libremente a un español de los llamados afrancesados; es decir, partidarios de la llegada de las republicanas ideas francesas de la época que, en teoría, venían a ayudar a España para sacarla de su letargo y demencial atraso. Otra cosa bien distinta fue la conquista militar. Así pues, ambos personajes, tras recuperarse plenamente Gabriel, emprenden camino a Córdoba con objetivos dispares.

A las armas!!!

Ya en Trafalgar, Galdós dejó claro su preferencia por el Quijote, y en está ocasión, aprovecha el trayecto para rescatar al legendario personaje cuando los protagonistas atraviesan la zona de La Mancha. Momento idóneo para que Santorcaz saque a relucir su memoria, al dar pábulo a su imaginación cuando rememora su estancia en el ejército francés y ponerse a narrar las grandes hazañas del emperador, del mismo modo que ensalza su habilidad estratégica para asaltar colinas como si éstas fueran batallones europeos que se despliegan por las interminables llanuras manchegas y encuentre paralelismos entre caseríos perdidos con fortificaciones de los campos de Austerlitz.

Este gusto por el homenaje se traslada también al humor que transporta la obra cervantina. En Bailén vuelven aparecer antiguos personajes caricaturizados en exceso: como el diplomático tío de Amaranta o el embustero incorregible de Malespina. Son páginas de desahogo que redundan en el entretenimiento a través del disparate. Sin embargo, hay momentos que el resultado alcanza cierta pesadez al abandonar un retrato que se suponía más didáctico. A fin de cuentas de eso se trataba, de dar a conocer los grandes momentos de la historia reciente de la España que heredó don Benito, aunque fuera novelada y tutelada por la guasa. Se ve que Galdós intentaba entretener con la narrativa y usar el humor para ridiculizar los estratos sociales que necesariamente deberían cambiarse. Por ahí incluye a la nobleza, con la incorporación del conde de Rumblar; un grande de España al que Gabriel prestará servicio con la idea de servir a la patria en este delicado momento en el que todos los españoles aunaban esfuerzos en un objetivo común
 
Se formó de lo que existía: entraron a componer aquel gran amasijo la flor y la escoria de la nación.
 
Ni que decir tiene, que este nuevo personaje, llamado don Diego de Rumblar y demás apellidos rimbombantes, servirá para contrastar dos mundos opuestos de la mano de Galdós; por un lado la defensa a ultranza de la tradición a través de la enérgica madre del noble, quien empuja a su retoño para que acuda a la defensa de la patria frente al aprendizaje que la guerra conlleva en Diego, pues Santorcaz acaparará el título del maestro que ilustra al joven en los pormenores de la vida, llenando de ideales la cabeza del noble y del resto de la cuadrilla que se unen al ejército español bajo el amparo del noble. Por ahí destaca una génesis de cambio, o de al menos de buscar soluciones reales para una sociedad que se ha levantado en armas contra el enemigo sin ningún tipo de rey que les llevase al campo de batalla. Ideas que van calando en esta guerra de la Independencia, que llegaría a soñar con la libertad de un pueblo al poner de manifiesto tal ilusión en letras impresas a través de la constitución de 1812.

Dios tiene que volver a hacer el mundo, porque eso de que se lo lleve todo el que primero salió del vientre de la madre y los demás se queden bailando el pelao, no está bien.

El último cuadro francés roto por los españoles en Bailén - CC
Pero antes de adelantar fechas, conviene realzar los grandes aciertos de Bailén y la importancia que tuvo esta localidad andaluza en la historia de Europa. En primer lugar porque la batalla supuso la primera derrota en campo abierto de las tropas de Napoleón. Un vuelco tan llamativo que provocó la venida del propio emperador a la península para poner orden en el gallinero. A destacar también como Galdós mezcla con buena mano la descripción de una batalla realizada en el templado mes de julio, un dato importante, cuando parte del desarrollo del combate deriva en la necesidad de hacerse con el control de una noria alimentada por un escaso arroyo. Datos históricos que acompañan a Gabriel y al resto de personajes en estos momentos claves, en una variada descripción de la batalla a lo largo de varios capítulos. Está claro que la ocasión lo merece, hasta que Galdós recuerda su faceta novelera e interrumpe la fácil gloría que otorgan las armas. Hay un inciso importante en el devenir del combate, cuando la intimidad del personaje individual triunfa sobre la importancia del colectivo y Gabriel abandona su privilegiada posición de narrador al centrarse en unas cartas que casualmente llegan a sus manos. A pesar de la importancia de la batalla y del significado que supone tal triunfo hispano sobre las tropas francesas, Galdós vuelve a su personaje y a su ficción individual contra la importancia que acapara la historia a hechos colectivos. A fin de cuentas es algo tan novedoso como la habitual sorpresa del último momento que suele alimentar las ganas de sus lectores hasta el siguiente Episodio Nacional.

Bailén
Benito Pérez Galdós
Ed. Alianza Editorial 2004

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