Gary.
David Vann
Literatura Mondadori, 2011
Llevaba tiempo sin acercarme a mis lecturas anuales de la Colección Reno, ahora que el curso del 23 amenaza con finalizar sin cumplir mis habituales tareas pendientes. Así que tocaba elegir, entre el material almacenado alguna obra sin criterio alguno ni preferencia. La escogida a voleo, Carta de ayer, de Luis Romero. De este señor, cabe destacar el premio Nadal otorgado en 1951 por La noria. Y aunque ha recibido otros laureles importantes en su trayectoria artística, sobresale la última obra citada como la más importante, o al menos reseñada a lo largo de los años. Con Carta de ayer, se cumple una de las premisas de la colección, la buena mano que tenían la mayoría de autores de dicha colección, y Luis Romero cumple con solvencia este aspecto. Otra cosa bien distinta es la historia de la novela, que puede convencer en mayor o menor medida dependiendo del gusto de cada uno. Pero que un tío, se marque más de 200 páginas dando vueltas a un tema concreto, se merece todos los respetos que corresponde a tal chulería literaria.
La narración anda extendida en la relación amorosa entre el protagonista y narrador, un joven bohemio, escritor y pobre de bolsillos vacíos; con una mujer adinerada, madura y separada de su marido en la España de posguerra. Es una historia conocida, en esta y otras disciplinas, la relación entre una mujer madura y un joven que anda medio perdido en la ciudad de Barcelona. Además, conviene recordar la fecha de la publicación (1953) para poner en contexto la sociedad y mentalidad de la época. A pesar de la diferencia de edad, la pareja congenia maravillosamente, sin necesidad de exponer el anzuelo del sexo, más bien redirigido a un acoplamiento más estrecho entre dos personas que necesitan estar continuamente juntas y disfrutar del trascurso monótono de la vida misma. La felicidad es tal, que para lograr tensar el relato, Romero se ve obligado a construir de base las grietas que amenacen con extenderse a lo largo de las páginas. Existe la fácil salida de tildar, que tal apego, termina por quebrar cuando el amor incondicional anula a una de las parejas en favor del otro. Claudia y las estrellas eran aquellas noches algo mucho más importante que cualquier cosa que la inspiración me hubiera podido dictar.
Con el paso del tiempo, el joven escritor se percata de su incapacidad creadora, ahogada por una felicidad embriagadora pese a diversos intentos de encauzar su oficio con algunos escritos que termina por destruir. No avanza ni desarrolla ninguna idea fructífera, simplemente se contenta con trabajos puntuales de encargo, al traducir obras extranjeras para lograr el dinero suficiente que le mantenga en su obsesionada nube de enamorado. Con el tiempo, su cabeza empieza a carburar, a reconcomer su posible fracaso de realizarse como hombre y de ahí, a buscar al culpable. Al que señala sin dilación: Claudia, su pareja. Por ahí empiezan otros diretes por los que Romero merodea sin rubor, sin cortarse en regodearse, durante páginas, en la cabeza del joven protagonista que continuamente divaga sobre los acontecimientos que le rodean, exponiendo la sociedad de la época y lograr salir airoso de las continuas vueltas de tuerca que expone en los párrafos. Incluso cuando el autor destripa, constantemente, pasajes posteriores al lector, aventurando por donde van a ir los tiros con la salvedad de desconocer el medio para alcanzar ese final citado. He ahí la gracia de un texto trabajado. Lo que jalona la vida humana es el dolor; el dolor es el hito que va señalando nuestras etapas, y es el sufrimiento quien fija nuestros recuerdos.
Para evitar que el tedio se apodere de la lectura en la continua exposición de la pareja, se añaden de manera discontinua a los secundarios, figuras clave que aparecen raudos a aliviar la acaparadora historia central y dar descanso a la trémula cabeza del narrador. Son pequeñas vías de escape que logran dar descanso a la creciente tensión que iba acumulándose en la pareja protagonista. Otorgando un necesario respiro a una historia que pudiera recaer en la constante repetición de problemas sin resolver y los rodeos que orbitan en la cabeza del joven. A medida que la relación encuentra sus primeros quiebros, el protagonista comienza a escribir una novela, y que a pesar de sus esfuerzos, parece encaminada a describir en paralelo su propia relación de pareja. Es un viaje que le acompaña a lo largo del texto, siguiendo los mismos vericuetos de su relación a pesar de los intentos por separar ambas historias. Sin embargo y pese a sus esfuerzos, la relación camina hacía su destino, predestinado con antelación por el propio protagonista y, al parecer, en conveniencia con Claudia. Juntos, al unísono, como si los problemas de amarse en exceso pudieran superar incluso el mayor de los desastres y no hubiera otra salida que la propuesta.
Sólo faltaba el desenlace, y ése no me atrevía a elegirlo, y menos aún a escribirlo.
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Bio de Luis Romero Pérez
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| Hostia puta¡ - Amazon Studios |
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| El elfo oscuro Adar, pedazo de personaje - Amazon Studios |
Menudo chalado. Fue la frase que me vino a la cabeza para evaluar a Michel Houllebecq cuando llevaba un tercio del libro leído. Después, avancé otra buena tanda de páginas y pensé que tampoco estaba tan tarado. Pero a principios de mes, diversos medios volvían a inventarse las candidaturas al Nobel de literatura de 2023; con Michel Houllebecq situado en las supuestas quinielas al premio mientras recordaban, por ejemplo, que el escritor francés exigió recoger el premio Leteo, dado en León, con su mascota al frente. Tal concesión al capricho individual, viene a recordar la particular figura que lleva rodeando al polémico Houllebecq desde tiempos pasados. Un tipo que despierta simpatía y repulsión a partes iguales. Obviamente, el marketing también funciona en la escritura, y la bronca siempre acompaña a la gratuidad de la publicidad. Y de un premio real a otro, pues la lectura de La posibilidad de una isla vino dada tras revisar el alto porcentaje de visitas que tiene en este blog, Los organillos, (y lo mejor es que desconozco el motivo) premio Interallié en 1962 frente al 2005 del libro protagonista de esta entrada. He ahí la causa, la única, de adentrarme por primera vez, en una obra del conocido escritor francés.
La posibilidad de una isla es una espesa novela personal con una particular propuesta de tintes futuristas. En principio, la narración principal recae en Daniel1, un exitoso humorista de principios de milenio cuyo relato viene a describir su trabajo profesional y las relaciones personales con dos amantes en diferentes momentos de su vida. Los dos amores de su vida, por así decirlo. El protagonista describe cómo logró hacer fortuna con su oficio, supuestamente cínico, corrosivo y provocador; escondiendo bajo el paraguas del humor, las típicas barbaridades que siempre logran abrir las sonrisas frente a la histeria de otros.
El milagro se debe a una secta religiosa que promueve un ambicioso proyecto científico que busca alcanzar la inmortalidad de sus fieles. Curiosamente, la inclusión de los elhoimitas, (el nombre de la secta) logra romper cierto tedio a la narración, demasiado centralizada en el ego personal del autor, sus vaivenes filosóficos y su querencia por regodearse en la descripción gráfica de escenas sexuales. Ya sea por curiosidad o por buscarse algún modo de entretenimiento, el Daniel original describe cómo leches se fue acercando a los postulados de la secta, cómo estaba establecida su organización, el momento exacto en que la secta empieza a ganar adeptos y orientar sus lucrativos fines de obtener la inmortalidad. Este contraste choca con el devenir de Daniel hacia el hastío y la toma de conciencia de su caída personal. Pese a tener una vida acomodada, el paso del tiempo hace mella en el coco del protagonista; las arrugas del rostro empiezan a ahondar en su cabeza el sentido estricto de una vida a la que no encuentra ninguna esperanza, renegando de la vejez como un mal a extirpar. Que se agarre a la esperanza inútil de la inmortalidad que ofrece la secta, le parece un mal menor a lo que siente y expresa. La vida empieza a los cincuenta años, es cierto; con la salvedad de que termina a los cuarenta.
He de reconocer que esta novela oscila entre partes bastante entretenidas con otras llenas de verdadero sopor. O abrías el libro con ganas, o la pereza se apoderaba a lo largo de algunas páginas. Sobre todo, cuando a Houllebecq le daba por divagar cuestiones que solamente él debe entender o cuando desfasaba con redundancia la caída libre de Daniel1. Hay tramos que están desarrollados en exceso y apenas aportan algo que obligue al lector a continuar con la lectura. También reconozco que este tipo sabe escribir, pese a sus aires de provocador y chulería, gracias a un estilo directo que seguramente le cuadre mejor en otras obras que no necesiten de un diván para analizar la fantasía que propone en este libro. Por que esa tumbona puede provocar alguna caída de ojos. Una posibilidad más acorde al resultado final que buscaba este señor.
Prix Interallié
Los organillos, Henri-François Rey, 1962
La posibilidad de una isla, Michel Houllebecq, 2005
Hacía tiempo que se metió en mi cabeza volver a ver esta película. Una de esas tontas necesidades que surgen a lo loco, seguramente gracias a un buen recuerdo guardado en el subconsciente, y que se hacen bola si no es posible realizarla de manera rápida. Después de una larga búsqueda infructuosa en diversas bibliotecas, (en la provincia de Madrid sólo hay una copia en Colmenar Viejo) la plataforma Prime Video, tubo a bien incluirla en su amplio catalogo de films añejos. De la película, recuerdo claramente el espectáculo visual, basado en un inventado deporte de gran calado popular y que da título a la película de Norman Jewison, veterano director retirado con algunos éxitos en su haber (En el calor de la noche) Además, mi memoria recordaba vagamente el carácter futurista de una sociedad sin mayor apreciación destacable que el memorable deporte. A fin de cuentas, es el recuerdo más claro, el de un juego cuya razón sirve para contentar a las masas mediante la barata violencia que se acumula en su transcurso. Un par de equipos, de diferentes ciudades del mundo, se enfrentan dentro de un recinto ovalado con la misión de introducir una bola de acero en una especie de diana del equipo rival. Y para ello, pueden emplearse a fondo, hasta acabar con la vida del rival si es necesario. Hecho aplaudido con fervor por el gentío acumulado en el graderio.
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| La bola, te la voy a meter.... |
Los motivos de esta singular decisión son las adivinanzas propuestas al espectador. Las mismas dudas que alberga el protagonista, al no entender cuáles pueden ser las razones que empujan al propietario del equipo en apartarle del juego después de alcanzar las semifinales, de un torneo, que les llevará hasta el próximo rival en Tokio. La presión sobre el jugador aumenta cuando éste empieza a resistirse y abre la puerta a observar la curiosa sociedad futura propuesta, una sociedad donde no existe ninguna forma contraria ni de disidencia, o al menos no se muestra. Todo es plano y redundante, hasta las fiestas que parecen prometer una loca orgía mientras la única diversión final acaba cuando explotan árboles.
La única nota contraria es la resistencia de Jonathan E. a jubilarse, pese los persuasivos consejos de amigos y otras entidades que buscan convencer al cabezota de turno. Pero nuestro protagonista comienza a plantearse preguntas, mientras revolotea con la misma cara de perdido que los espectadores a la hora de encontrar respuestas. Por ahí destaca la introspección individual y las miradas vacías, cuya finalidad pretende rebuscar en el interior del personaje, buscando soluciones sobre un mundo artificial del que tampoco ayuda en demasía el breve recorrido que ofrece. Ni el socorrido comodín del amor perdido rescata una idea futura de lo que se pretende recalcar.
Un individuo frente al colectivo, la opresión de un régimen establecido sobre una figura endiosada por el deporte y que las elites ven como a un peligro por su posible influencia sobre las masas. En realidad es un dato que brilla por su ausencia y la única respuesta posible se queda en que cada uno predique lo que entienda. Sinceramente, veo incapaz al protagonista de levantarse, cual Espartaco, contra el orden establecido. Por mucha estrella mundial que se sea, hace falta algo más para liderar una corriente contraria a los que pretenden apartarle de su poltrona. Simplemente, hará lo que mejor sabe hacer, rodar sobre un parqué y volcar su furia contra un tipo disfrazado de un color diferente al suyo.
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| Tú me dejaste de querer cuando menos lo esperaba Cuando más te quería Se te fueron las ganas |
Con esta décima novela, Galdós concluye la primera serie de los Episodios Nacionales. Una tanda capitaneada por la ficticia figura de Gabriel de Araceli y con la guerra de la Independencia como principal escenario de las aventuras del protagonista. Unas correrías principalmente bélicas, salvo la presentación previa del conflicto en La corte de Carlos IV y la posterior participación de nuestro héroe en diversas batallas de importancia. En paralelo, deambulan sus andanzas personales, especialmente el complicado trasiego de su amada Inés a través de media España. Pero la mayor aportación de la obra es su cercanía con el pueblo, dando voz a las clases bajas y las diferentes relaciones que mantiene Gabriel con un amplio abanico de personajes que permite conocer, con mayor profundidad, el gentío de la época descrito a lo largo de estas novelas. Y por ende, se echa de menos la resolución de algunos secundarios que han tenido cierta importancia en novelas anteriores.
En esta última, la acción se centra en los alrededores de Salamanca. Por allí camina el bueno de Gabriel, enrolado en la división española del ejército británico que comanda Lord Wellington: el futuro vencedor de Waterloo. Pero antes de que el destino de Europa se decidiese en su parte central, las escaramuzas habían de darse en la península Ibérica, momento crucial donde ingleses y franceses revoloteaban entre sí hasta dar el paso final de la confrontación en los cerros salmantinos de los Arapiles.
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| "Por allá, para 2024, está la segunda serie de los Episodios Nacionales" |
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| Batalla de Salamanca - Richard Simkin |
No hay país como España para los sucesos raros y que en todo difieren de lo que es natural y corriente en los demás países. Miss Fly
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| Una ruina cualquiera en la sierra de Guadarrama |
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Seguramente, la aventura de Kenobi ya estaría planteada o al menos tendría un guion base para realizar su propia película. Finalmente, el resultado ha sido una interesante propuesta de 6 episodios que intenta conectar con los sucesos dados en La venganza de los Sith con 10 años de diferencia. Tiempo suficiente para que el Imperio haya dado muestras de su poder y dominación feudal a lo largo de las galaxias, incluido los planetas que antaño eran llamados del Borde Exterior, como Tattooine.
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| Hay vida más allá - imagen del tweet de aullidos el 11/12/2020 |
Han
pasado unos cuantos años y el actor escoces vuelve a encarnar al
maestro Jedi, Obi
Wan Kenobi, en una serie que resulta
conmovedora, básicamente por el significado que adquiere volver a un
universo conocido; entretenida, como no podía ser de otra manera al
tratarse de un producto de consumo y con una enorme
lentitud a la hora de desarrollarse. Una letanía que es un
verdadero lastre en el ecuador de la serie, para después exhibir la
traca final en su desenlace. En parte, era necesario tomarse las
cosas con cierta calma, sobre todo para exponer la situación de los
conocidos protagonistas tras la señalada década transcurrida.
Molaaa - Disney
El planteamiento general coloca a McGregor como protagonista absoluto a través del clásico ejercicio del viaje del héroe que termina en redención. Con la salvedad de que ahora es un viejo guerrero derrotado por los acontecimientos del pasado y del que pretende abandonar mientras se esconde tras el nombre de Ben. Sin embargo, alguien conocido por todos no olvida, y suelta a sus perros de presa para que den caza a Kenobi y al resto de Jedis supervivientes tras la ejecución de la orden 66. Un grupo especializado, denominado como Inquisidores, que andan tras los pasos de cualquier perturbación que tenga que ver con la Fuerza. Aunque suene ridículo perseguir tales sensaciones. De estos cazadores, destaca Reva (Moses Ingram) una ambiciosa y empedernida mujer cabreada que busca elevarse con atrapar el premio gordo y ofrecer tal plato a Vader. Es importante destacar al gran villano, el antiguo alumno que busca continuamente resarcirse de su derrota de Mustafar. Porque su presencia eleva bastante el nivel global de una serie que también añade una historia paralela de venganza en la figura de Reva.
Las claves se sobreentienden perfectamente, incluso hay base suficiente que se utiliza correctamente a través de los conocidos flashback para conectar con el pasado. Sin embargo, la serie cojea, y mucho. Una cosa es el momento fan, del que llegamos aceptar cualquier cosa mientras nos despisten con colores, efectos o escenas espectaculares; y otra muy distinta es ver como un producto audiovisual apenas logra alcanzar alguna cota de calidad, o el escaso nervio para lograr tensar los momentos de mayor acción. Sirva de ejemplo el rapto de una niña a manos de unos mercenarios. Está tan mal ejecutado todo, que el montador no logra salvar ningún resquicio de ese momento, supuestamente angustioso e importante. Y así podría añadirse unas cuantas más. El mayor responsable responde al nombre de Deborah Chow, cineasta canadiense con un largo trasiego en la dirección de series televisivas. O sea, que tenía rodaje y experiencia, incluido dirigir algún capítulo de El Mandaloriano como prueba de acceso a este universo singular.
Pero el resultado final es el que es. Y un servidor lamenta la ocasión perdida, mientras medita cómo carajos puede un producto de este calibre permitirse interpretaciones flojas de gran parte del reparto. O consentir incorporar imágenes de relleno en cada capítulo, como hacían las series españolas cuando copaban el prime time nocturno. Chow ha fracasado pese a tener mimbres suficientes como para salir simplemente airosa. El final de la serie se eleva simplemente por volver a juntar a los protagonistas de las precuelas en un esperado duelo final. Ver a Vader y Kenobi en un nuevo duelo rellena cualquier cosa porque el contexto anterior logra copar el lado más fanático de los aficionados. Además de sacar tajada a la nostalgia de observar parte de la infancia de los mellizos Leia y Luke. El adulto de cuarenta y tantos se impone al mochuelo. Aunque no del todo. Siempre queda algo, y al clavo de Star Wars me seguiré aferrando.
Obi Wan Kenobi

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| El autor en su estudio de trabajo - Fundación Tom Sharpe |