Galardonada
en Italia y Francia con diferentes premios literarios, Las
ocho montañas representa uno de los últimos éxitos
literarios de la narrativa europea, y camino de convertirse en un
clásico moderno. Hace un tiempo anoté esta novela para una futura
lectura; en parte, por la sugerencia de un título que llama la
atención para los que acudimos al monte con asiduidad; en parte, por
la promocionada recomendación de alguna biblioteca pública. Aunque
el verdadero empujón llegó por el cercano estreno de su adaptación
cinematográfica, gracias a la propaganda que aporta este medio y de
la rapidez con que se ha realizado. Motivo suficiente para abordar el
libreto antes de acudir a la pantalla.
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| Una ruina cualquiera en la sierra de Guadarrama |
La
novela transita sobre la amistad que se fragua entre dos muchachos en
apariencia diferentes. Pietro es el protagonista y narrador de la
historia, hijo único, cuyos padres residen y trabajan en la populosa
Milán. Para rememorar tiempos juveniles, los progenitores deciden
pasar los veranos en una alejada aldea de los Alpes italianos. Allí
conocemos a Bruno, el único niño del pueblo y que suele pastorear
las vacas de su tío. Año tras año, ambos chavales van fraguando
una profunda amistad mientras exploran edificios abandonados,
persiguen torrentes de aguas y danzan entre senderos y barrancos. En
esos primeros veranos, el padre de Pietro inicia a los niños en el
alpinismo, compartiendo nuevos espacios y experiencias.
Aunque
la montaña suele estrechar lazos, también es un elemento geográfico
que sirve de frontera entre dos actitudes de cómo afrontar la vida.
La novela remarca ese espacio a la hora de afrontar el paso al mundo
de los adultos por parte de los niños. Pietro tiende la necesidad de
evadirse, de ampliar horizontes y de buscar sus propias montañas. Un
poco idealista al rebuscar esa conexión personal en las famosas
cordilleras del Himalaya. Bruno, sin embargo, es una especie en
peligro de extinción, practico y austero, se contenta con vivir la
vida que ha heredado en su aldea y sin ningún tipo de necesidad de
sortear las fronteras naturales donde se ha criado. De este modo,
pasamos hacia la formación de los adultos, hacia una lógica
separación, donde cada uno busque su lugar en el mundo. La novela se
presenta en un primer acto con un buen desarrollo propio. Después,
vendrán otros dos episodios con el legado imborrable de los
recuerdos infantiles, de sus veranos en Grana (el nombre del pueblo)
y el puente amable que aporta la madre de Pietro a lo largo del
texto. Una verdadera heroína por su talante generoso entre tanto
varón.
Porque
la novela está protagonizada básicamente por hombres, como la
importante figura que adquiere el padre de Pietro. Un punto
importante de la historia, no solo como guía, a la hora de iniciar
al alpinismo a los chavales, sino porque su espíritu sobrevuela el
resto de la novela con Pietro reconociéndose en su figura y en sus
contrastes. Porque el padre afronta la montaña como un reto, una
especie de competición que apea la idea de disfrutar del
trayecto, encaramado a la fija idea
de ollar la cumbre a un ritmo vertiginoso sin posibilidad de
discusión.
El
final de la tortura llegaba de repente. Daba un último salto,
bordeaba un saliente, y de golpe me hallaba delante de un montón de
piedras o de una cruz de hierro que los rayos habían partido, la
mochila de mi padre tirada en el suelo y, más allá, solo el cielo.
Era un alivio más que una euforia. Arriba no habían ningún
premio…, en realidad, la cumbre no tenía nada especial.
Ese afán
dominador, suele crear conflictos cuando los intereses difieren y
provoca que los polluelos terminen por buscar su propio camino. Tal
estampa, adquiere una búsqueda personal de encontrarse así mismo,
en una continua comparación por parte de Pietro, como si buscase
algún tipo de aprobación cuando él mismo ha abierto su propio
recorrido aunque las raíces sean profundas e inviten a rememorar las
buenas épocas pasadas. El memorable recuerdo infantil al que se
acogen todos los soñadores que tuvieron la oportunidad de vivir algo
especial. Y Pietro lo tuvo, sólo queda dejarse llevar por cómo se
recomponen los cimientos del pasado para el futuro. Estaba
descubriendo qué le pasa a uno cuando se marcha: que los demás
siguen viviendo sin él.
Lo mejor
de Las ocho montañas es la sencillez con que
describe Paolo Cognetti su historia. Sin necesidad de recurrir a
grandes algaradas ni a parrafadas gloriosas, incluso cuando muestra
lo violento que puede ser una montaña a cuatro mil metros de altura
o elevar su texto en una especie de aventura de superación o
deportiva. En realidad, es más intimo, más cercano a una continua
búsqueda de identidad, incluida la formación propia del avance de
la vida sin más motivos que recopilar los hechos más trascendentes
de sus protagonistas. La posibilidad de la épica; de la nieve,
de las tormentas o de las pateadas que suelen pegarse los montañeros,
se reducen a una exposición entre sencilla y bucólica de las
montañas que rodean a los protagonistas y al desarrollo de cada uno
de ellos.
-Entonces
¿en qué debo pensar?
-En
hoy. Fíjate que día más bonito.
Miré
alrededor. Hacía falta un poco de buena voluntad para definirlo así.
Las
ocho montañas
Paolo Cognetti
Penguin Random House, 2018
Paolo Cognetti
Penguin Random House, 2018


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