
La fatalidad del furtivo termina por revelar las contradicciones de como actuar por parte de los adultos, creando un malestar que aviva los encontronazos y las sospechas de unos contra otros. Y con el paso del tiempo, se crea una mala sintonía entre las tres generaciones de la familia. En ese punto de mal rollo, cobra importancia la escritura de Vann, al que aviso, hay que cogerle el punto y acostumbrarse a su repetitivo esquema. Una leve introducción en cada capitulo, donde la memoria del protagonista contrasta sus recuerdos con un punto de vista más actual, al narrar el lento proceso al que deben hacer frente los personajes. En parte parece que también rememora esos aciagos días como una forma de expiar sus pecados, como una confesión. Vete tú a saber si ante un juez o un loquero.
A pesar de los cortos acontecimientos que se describen porque no hay mucha acción, David Vann logra rellenar cada página con interesantes comparaciones. Aparte de la lógica conexión con la naturaleza hay que destacar la relevancia que cobra el cuerpo del fugitivo, gracias a la imaginación del niño, quien le otorga diversas expresiones a través de múltiples muecas que le permiten participar en el circo provocado por sus captores.

Resulta curioso el retorcido empeño por mostrar los primarios instintos del hombre. Algo tan antiguo como la supervivencia relacionada con la caza, cumplir un simple asesinato para alimentarse y que forme parte del proceso natural del hombre en la historia. La especie dominante junto a la ética de apenas encontrar diferencias entre llevarse por delante un ciervo o a una persona. Tampoco puede haber mucha diferencia si el mismo cristianismo arranca con el asesinato de Abel a manos de su propio hermano. Comparaciones teológicas que Vann aprovecha para extender su texto en diversas interpretaciones con mayor o menor acierto.
En cierto modo, la historia tiene pinta de enredarse en la cavilaciones del muchacho junto a las amplias descripciones de la naturaleza. Y por esos lares anda el lector, a la búsqueda de una salida que no termina por llegar, salvo la de acumular una notable tensión a lo largo de las jornadas para terminar entre emparedados y cuchillos sobre la mesa. Porque no hay nada mejor que engullir bocados mientras se mastican los problemas a resolver. El mal rollo se extiende sobre los protagonistas del relato, aunque éstos intentan tirar para adelante como si nada. Aparcando los diferentes puntos de vista hasta que algo explote, o el más fuerte decida por todos. Pasadas ciertas páginas, Vann logra seducirnos con su extraña querencia al rodeo y habilidad para concebir frases contundentes. La novela termina por enganchar hasta el punto de disfrutar de los desvaríos del crio.
No puedes tener a un hombre colgado al lado de un ciervo, dijo mi padre.
Goat Mountain
David Vann
Ed Penguin Random House, 2014
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Sukkwan Island
Tierra
Goat Mountain
Crocodile
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