30 de noviembre de 2020

El hombre de hierro

La nostalgía tiene un curioso efecto sobre la memoria, y en ocasiones surgen pequeños detalles del pasado que parecían estar bien ocultos, u olvidados. Como si ese recuerdo estuviera bien hundido por el imponente peso del tiempo acumulado. Sin embargo, debe existir algún resorte en algún sitio, o una palanca que sin venir a cuento encienda una bombilla que alumbre algún buen recuerdo del pasado y que éste salga a flote en el presente.

Algo así ocurrió en alguna fecha indeterminada de 2019. Cuando un cómic, de grato recuerdo, se avino a resurgir de las profundidas de una época, la infancia, a la que hoy día cuesta situar en tiempo y forma. Pero la cabezonería del mundo de los adultos me empujó a rebuscar el tesoro anhelado. Encajonado junto a otras joyas del pasado en los bajos fondos de una vivienda: el sotano de la casa de mis padres. 

El mágico lugar donde se acumulan tantos trastos, que abrir una simple caja de cartón logra destapar tantas esencias nostálgicas que ya planeo trasvasar mi colección de tebeos a mi propio trastero. 

Pero el protagonismo de hoy se lo lleva un único cómic en particular, el causante de la reseña anual. Y cuyo título es El hombre de hierro, de la serie Transformers. Gracias a recientes adaptaciones cinematográficas, la primera fue en 2007, la historia de los robots alienígenas ha continuado perpetuándose como un hábil negocio que rinde especialmente bien en juguetes para niños. No está mal, si tenemos en cuenta que los cómics dedicados a los Transformers surgieron en 1984, en un proyecto claro, por parte del fabricante de juguetes Hasbro, en potenciar una nueva línea de juguetes robóticos.

Como apunte, señalar que los diseños originales provenían de Japón, en una redonda colaboración con una empresa llamada Takara, especializada en la tradición nipona de desarrollar la articulación de estos muñecos y apoyada en la habitual respuesta positiva de los niños japoneses; baste con recordar otros éxitos similares, como Astroboy o Mazinger Z para destacar el gusto de esa sociedad en este ámbito fantástico. 

En estos juguetes previos está el origen de los Transformers y de toda la fanfarría que acompaña la promoción ochentera por parte de la juguetera. Serie de dibujos y cómics para darse a conocer en el mercado americano. Pero antes había que dotar y crear una serie de personajes con sus propios perfiles, y sobre todo, una historia que explicase el origen y los motivos de estos robots. Por ahí surgió la figura de Bob Budiansky, el guionista de Marvel que recibió y aceptó el encargo de dar vida, nombres y tramas a todos los Transformers. Es de justicia reconocer el buen hacer de Budiansky, porque construyó una solida base que se ha mantenido en el tiempo. Curiosamente, la versión animada y la del tebeo compartían una base común que después terminaron por desarrollar en historias completamente diferentes y sin ninguna unión narrativa entre ambas. El negocio marchaba viento en popa, con más de 100 millones de juguetes vendidos en 1984, como para que los gerifaltes se percatarán de la importancia de crear una historia común que alargase su negocio alrededor de un mundo propio. 

Portadas de El hombre de hierro por Cómics Forum y con el detalle de la Union Jack

Pero esa es otra historia, porque tras el boom inicial de la década de los 80 y los vaivenes a lo largo del tiempo, los Transformers han logrado superar con éxito el paso de los años, mientras que su particular universo se ha convertido en una auténtica franquicia que aparte de juguetes, ha ido danzando entre las viñetas y la animación desde hace casi cuarenta años. Y como todo buen niño de los 80, tendría a consumir todos estos productos. Aunque la opción de coleccionar diferentes tipos de cómics tenía varios problemas, principalmente por el tonto capricho de tener demasiadas opciones por escoger y tener que repartirse ante una economía escasa: la típica de un niño que pide continuamente cosas a sus padres. Y encima con la difícil elección de cuál elegir. Pues Marvel tenía un enorme catálogo donde obligaba alternar entre el amplio abánico de superhéroes disfazados y los monstruos robóticos. Y dentro del sorteo que supuso comprar un poco a lo loco, llegó a mis manos El hombre de hierro, reimpreso en España por Ediciones Forum, el sello que recogió gran parte del material Marvel por aquellos años.

El hombre de hierro ocupaba los números 32 y 33 de la colección (29 y 30 en la española), siguiendo el mismo orden que la editorial original americana. Pero esto supuso un abrupto corte en la continuidad del relato, pues este cómic fue publicado original y en exclusiva en el reino de la Gran Bretaña. La excusa yanqui de incorporar este capítulo fue más bien por necesidad. Al parecer, el creador de la saga americana, Bob Budiansky, andaba hasta arriba de trabajo y los plazos para la entrega de nuevos capítulos corrían el riesgo de no cumplirse. Curiosamente, había una división Marvel en las británicas islas, cuyo proceso de publicación difería con la matriz americana. Una linea de producción alternativa que permitió crear historias y contenido propios. La opción de aprovechar esas historias, mientras Budiansky se tomaba un respiro, les vino a huevo a la editorial, al poder incluir esas historias a la serie y poder dar tiempo a los creadores americanos para concluir los trabajos pendientes. Y por ahí entró El hombre de hierro, como un elefante que irrumpe en garaje ajeno, sin tener en cuenta el orden precedente. Se supone que esta decisión provocaría más de una sorpresa a todos los lectores que siguieran la publicación de manera ordenada, y encima, con una historia completamente diferente y con aires de situarse en tiempos donde los Transformers habrían despertado de su letargo en el planeta Tierra de manera reciente.

Ahora conviene retroceder en el tiempo para explicar cómo llegaron estas máquinas hasta nuetro planeta. La historia de los Transformers se reduce a dos razas de robots con capacidad de transformarse en diferentes objetos para poder ocultarse. En principio, hay dos bandos que andan separados entre Autobots y Decepticons, con la fácil distinción entre buenos y malos para no liar a los infantes. Ambos ejércitos llevaban arrastrando una guerra fraticida en su planeta de origen, Cybertron; con tanta saña, que han terminado por agotar los recursos del mismo, hecho que les obliga a emigrar hasta el nuestro. Con la excepción de que estas máquinas entraron en un modo de Stand By, alrededor de unos 4 millones de años escondidos en el interior de un volcán. Un período de tiempo relativamente corto y con cierta importancia en la historia de El hombre de hierro. Con el paso de los años, la inclusión de este cómic puede verse como un flashback, un episodio aparte si tomamos la colección en su conjunto. 

El hombre de hierro fue creado por el guionista Steve Parkhouse y por el dibujante John Ridgway, donde se describe un momento concreto, con una historia más cercana al ámbito literario que a la fácil opción de exponer a máquinas gigantescas moliéndose a palos. Por ahí viene el grato recuerdo infantil, un poso obtenido gracias a una historia narrada con tacto y la dedicación necesaria para desarrollar una trama que obviase la acción pura y dura.

El cómic

La portada de los dos primeros capítulos presenta una imagen curiosa: un Decepticon asediado por varios soldados medievales. Algo ilógico si tenemos en cuenta que la mayoría de las aventuras se desarrollaban en los Estados Unidos. Ya en el interior de las páginas, la acción pasaba entonces a Europa, con la violenta aparición de los Decepticon al arrojar un par de bombas a los pies de un castillo de un tranquilo pueblo de Inglaterra: Stansham. Una de las bombas queda sin explotar para quedar enterrada al lado de los muros. Este insólito acto pone en alerta a las autoridades locales mientras el protagonismo individual deriva hacia un niño. Sammy es además el hijo del máximo responsable del castillo, Mr. Harker, y cuyo campo de juegos le lleva a estar jugando en un bosque cercano. De manera casual se encuentra frente a Jazz, uno de los principales personajes de los Autobots. En un acto fortuito, que reproduce otros encuentros infantiles con seres de otro planeta; y como sucede en ET o El gigante de hierro, el niño sale escopetado del susto. Al fin y al cabo es un hecho aterrador, toparse en medio del bosque con un robot de varios metros de altura, quien no duda en aplastar el juguete caído del niño. En una especie de amenaza que continua al seguir los pasos del niño hasta su propia casa. 

Sammy versus Jazz
Después de refugiarse en casa, la historia regresa al castillo, con la incertidumbre creada por las bombas arrojadas. El padre del niño es alertado del extraño suceso de su hijo en el bosque, momento adecuado para desempolvar viejas leyendas del pasado. Historias que hacen referencia a batallas medievales con la aparición estelar de un misterioso hombre de hierro que aparece incluso dibujado en un grabado con fecha a 1070. Una buena forma para introducir al protagonista del título en la historia del cómic.

Si el primer capítulo del número 29 pretendía austar a un niño, el segundo lo remata en forma de pesadilla. La historia continua en la habitación de Sammy, quien sufre una especie de sueño, sospechosamente realista y con la impresión de que los robots tienen la facultad de intervenir nuestro descanso. De esta manera, el niño es capaz de salir de la habitación y alcanzar el tejado. En esta parte alta de la vivienda, Sammy observa como una gigantesca nave espacial sobrevuela las azoteas de su pueblo, mientras otro Autobot, poco dado a un camuflaje que no llame la atención al tratarse de un fórmula 1 y de nombre Mirage, merodea la vivienda del niño e irrumpe por el ventanal, revolviendo todo hasta lograr llevarse el dibujo recientemente expuesto. El padre acude junto a su esposa al notar el revuelo en la habitación del niño y con una notable cara de sorpresa, cuando descubre como un enorme armazón robótico abandona la parcela de su vivienda tras asomarse por la ventana.

El final del capítulo concluye con dos aspectos importantes. Tras la movilización del ejército para buscar la bomba sin explotar, las autoridades se han percatado de un enorme objeto enterrado bajo la colina que con el paso del tiempo ha dado forma a la orografía del terreno. Un indicador claro del enorme tiempo transcurrido, con un objeto metálico que claramente no debía estar ahí situado y menos aún cuando se supone que lleva más tiempo que el propio castillo. El otro matiz importante tiene que ver nuevamente con el niño y Jazz, cuando éste decide llevarse al niño consigo, mientras la madre del mismo corre desesperada tras observar como su hijo es secuestrado por un vehículo sin conductor.

140 pesetas despúes te percatas que no hay hostias, ni disparos, ni siquiera salen los Transformers que suelen ser los protagonistas de las historias. El cómic se ha reducido básicamente a un relato, curioso, llamativo y con aires de misterio. Un poso que con el tiempo se fue agrandando frente al simplón ejercicio de mostrar batallas entre Autobots y Decepticons. La acción y el espectáculo han escaseado en todo el tebeo, pero la chicha venía por otro lado, donde se nota ese toque europeo de tomarse las cosas con más calma, y hasta de cierto rigor a la hora de construir un relato con mimo, sin necesidad de grandes algaradas. Había pues necesidad de hacerse con el siguiente número y contemplar cómo acababa la historia descrita. 

¿Querías show? Pues toma explosiones

El único cambio destacable sobre los dos últimos capítulos es la sustitución del dibujante Ridgeway por Mike Collins. Algo inapreciable dada la calidad de los dibujos. Mientras el guionista Parkhouse culminó su brillante historia. Sammy se encuentra en el interior de Jazz quien le tranquiliza y avisa de la presencia de sus amigos. También le desvela que el robot del bosque era él en realidad pero que para pasar inadvertidos, tienden a disfrazarse en vehículos. Sin embargo, unos Decepticons han detectado la expedición Autobot y se lanzan en picado al ataque. Por fin se da cuenta de la acción y ésta resulta es pec ta cu lar. De una tacada, Tailbreaker queda fuera de combate en una única página, realmente impactante por la violencia del fuego causado por los disparos del caza Decepticon sobre un robot, al que se observan fácilmente los daños causados, devorado por el fuego y con la clásica imagen de la rueda saliéndose de la viñeta. En la siguiente página, el encuentro se centra entre Mirage y otro avión enemigo que acaba estrellándose sobre un puente. Ante la amenaza enemiga, otro Autobot de nombre Bluestreak, acude en ayuda de sus amigos y termina por eliminar al segundo de los cazas, en una imágenes tan realistas como llamativas por la violencia expuesta: con la caída del caza en una enorme bola de fuego sobre la autopista.

La acumulación de emociones hacen mella en la resistencia de un niño que cae en manos del sueño reparador. Un descanso previo para finalizar el capítulo, donde se desvela parte del misterio enterrado bajo el castillo. La acción transcurre en un enorme cohete espacial, con la poderosa presencia del líder Autobot, Optimus Prime. Dentro de la nave empezamos a atar cabos, los Autobots han rastreado una señal en su idioma que proviene del objeto misterioso enterrado bajo el castillo, mientras que la leyenda y el grabado parecen demostrar la existencia de un antiguo Autobot bajo toneladas de tierra, piedras y del tiempo transcurrido. Es de vital importancia llegar antes que los Decepticons, pues éstos sospechan también de su contenido. Y encima el ejército británico anda excavando, en una carrera que empieza tomar forma hacia una peligrosa resolución.

 
El capítulo final regresa al castillo, donde se destaca parte de una coraza desenterrada, la nave escondida durante largos años a la humanidad muestra una extraño simbolo; una referencia conocida para los lectores pero desconocida para los personajes de las viñetas: El emblema Autobot. Y ante la sucesión de acontecimientos extraños que se han ido sucediendo en páginas previas, surge un temblor que pone patas arriba la cordura de los presentes, cuando al fin emerge en escena el Hombre de hierro. Mr Harker reconoce rápidamente a la leyenda del castillo, cuya efigie cobra vida ante sus ojos. Sin embargo, los acontecimientos se aceleran cuando aparece un Decepticon de la nada, presumiblemente Starscream, y sin mediar palabra, acribilla a nuestro protagonista. Resulta impactante que en una sola página se lleven por delante al Hombre de hierro con un toque tan realista como violento. Ni siquiera hay un mísero diálogo que establezca algún motivo, salvo que tengamos en cuenta que la larga guerra entre ambas razas roboticas han llevado a sus miembros a disparar sin miramientos a sus enemigos. Sin distinción y con un enorme toque realista por parte del ilustrador, al mostrar como Starscream logra amputar la pierna del Hombre de hierro en un primer disparo, para rematarlo poco después en una segunda explosión. A un kilómetro de distancia se acerca la enorme nave Autobot, dispuesta a entablar batalla a sus enemigos. Y con Jazz en primer termino, al coger carrerilla y lanzarse sobre el asesino del titular del tebeo.

La batalla mantiene el mismo tono realista en cuanto al daño que causan las armas de estos seres. Una confrontación resumida y descrita en paralelo con la historia del castillo, haciendo hincapie en la violencia desarrollada en sus paisajes, ya sean seres humanos o máquinas. 

Finalmente la victoria se decanta del lado de los Autobots pero con un sentimiento amargo. Optimus es consciente del peligro que supone para los humanos la amenaza de los Decepticons y la necesidad de impedirlo. Un sacrificio que supone destruir la nave enterrada bajo el castillo, para impedir que caiga en manos de sus enemigos. Y ahí debajo, en las entrañas de la misteriosa nave se detalla al fin su contenido. Un Autobot especial se encuentra dentro de una cámara sellada, en un largo letargo a la espera de cumplir la misión de rescate, al poseer las coordenadas del planeta Cybertron, el hogar de los Autobots. Pero su enlace con el exterior ha sido destruido y los mismos Autobots a los que pensaba rescatar han decidido destruir la nave donde permanece. Jazz ejerce de verdugo. La historia llega a su fin con una extraña sensación desigual. No hay ninguna grandeza hacia un final curiosamente triste. Los Autobots sin saberlo han destruido a uno de los suyos con la idea clara de permanecer en nuestro planeta para defender a la raza humana de los Decepticons. 

Del cómic queda su notable toque literario, lejos de las expectativass que podrían presumirse de un tebeo destinado al consumo infantil, con la fácil exposición de robots batiéndose a golpes y disparos de rayos lásers. El tiempo pasa y la vida en el pueblo de Stansham retoma su rutina diaria, incluido un niño que recuerda su amistad con una mole robótica a la que nunca más volverá a ver. Sólo en las fantasias que albergan los sueños queda el recuerdo del Hombre de hierro. La fantástica señal de algo imborrable y que sale a flote pese al paso de los años en un niño ya adulto, feliz de recuperar una historia que ha logrado marcar huella frente a otros productos de usar y tirar. Y como ya ocurriera en 2019, El hombre de hierro vuelve a pasearse por mis recuerdos y sueños.

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Bibliografía

https://ouroboros.world/comics/los-transformers-de-marvel-comics
http://sequart.org/magazine/46113/man-of-iron-may-be-best-transformers-story-ever-told/
Documental: The Toys That Made Us - Temporada 2, Episodio 2

24 de noviembre de 2020

Las tribulaciones de Wilt

Después de los padecimientos librados por Henry Wilt en la novela cuyo título deriva de su apellido, la segunda obra de la saga deja transcurrir un breve lapso de tiempo desde los acontecimientos pasados. Un breve espacio donde destaca la escalada social de Wilt, tanto en su faceta profesional; ahora dirige el departamento de Artes Liberales de la escuela, como en la boyante parte económica; su sueldo ha aumentado lo suficiente como para mudarse a un barrio pijo de Ipford. Gracias también a la colaboración de una herencia familiar por parte de Eva, la esposa de Wilt. A todas estas buenas noticias hay que sumar la extensión familiar por cuadriplicado, pues ambos son ahora responsables de cuatrillizas, con el lógico quebradero de cabeza que conlleva tal responsabilidad. Tanta buena noticia no casa con el sentimiento de derrota que caracteriza la personalidad de Henry Wilt, consciente de su posición al verse rodeado entre tanta mujer. Una cierta melancolia que no duda en confesar a su confidente y colega Braintree, en una buena muestra de texto introductorio donde poner al corriente a los lectores de cómo se las gastan las retoñas del protagonista.

Las tribulaciones de Wilt arranca con una falsa apariencia de clase acomodada y de felicidad pero que está a punto de verse trastocada por los caprichos del destino. Y en esta ocasión, el escritor Tom Sharpe apuesta por una opción que incluye a un pequeño grupo terrorista en el transcurso de la novela. Una cuestión interesante, si tenemos en cuenta la postura cómica del libro al tener que incluir la habitual violencia que caracteriza a los idealistas que usan la fuerza para imponer sus ideas. Un curioso comando anticapitalista que tendrá el mal ojo de cruzarse con Wilt y su familia. 

Aunque antes de meterse de lleno en este conflicto de envergadura, el autor propone propone coger carrerillla mediante una larga introducción que nos sitúe en este nuevo espacio que otorgue tiempo a que surjan los pequeños problemas cotidianos a los que deba hacer frente Wilt. Como la responsabilidad de vigilar al profesorado de su departamento o como el propio Wilt acaba en urgencias por pasear con excesiva cercanía la chorra sobre unos rosales espinosos. Pequeños disparates marca de la casa, donde Sharpe da muestras de su maestría, al enredar de manera constante a su protagonista en situaciones bastante variopintas. Incluido el amor pasional, infantil e idealizado que supone obsesionarse de una imagen física, una joven femina a la que Wilt catapultará a sus altares más personales, en un acto tan irracional como preludio a la hecatombe aleatoria de que un grupo terrorista se cuele en tu vivienda.

Una circunstancia particular y también peligrosa, donde un torpe habitual deba tener la mentalidad fría para poder calcular cómo salvar el pellejo y el de sus hijas. Por suerte, su media naranja también adquiere el protagonismo que reivindica cada leona cuando a alguien se le ocurre amenazar a sus cachorros. Y como ya ocurriera en la novela precedente, Eva tiene su propia aventura y desarrollo. Y en estos tiempos tan modernos, conviene reivindicar a la mujer de Henry y al autor, al repartir suerte de manera equitativa entre ambos pese a la fama que arrastra la vertiente masculina. Eva ya tenía su particular protagonismo precedente y en esta ocasión vuelve a relucir su lado visceral, directo o prehistórico, en este caso da igual porque al final es una madre desesperada por querer estar junto a sus hijas, aunque su modo de proceder logre efectos más cercanos al desastre entre quienes intentan simplemente ayudar en algo. Por su parte, Henry directamente mola por otras facetas más dadas a su capacidad para el enredo, el absurdo y el disparate, gracias a su conocida charlatanería. Una virtud que se aprovecha para rebuscar la complicidad del lector y la siempre agradable carcajada, ante lo inverosímil que puede volverse el devenir de la situación propuesta por Sharpe.

Sin embargo y pese a las buenas maneras de su autor, Las tribulaciones de Wilt tiene bastantes vaivenes en su narrativa. Se quiera o no, es bastante difícil mantener el entretenimiento a lo largo de tantas páginas que en ocasiones suena a relleno. La novela puede dividirse en dos actos principales, el primero ya referido a una suerte de puesta al día, con el conflicto terrorista en el horizonte y como culmen del relato. Por ahí viene la dificultad añadida de dotar de gracia a un largo encierro, allí donde los terroristas se hacen fuertes en la vivienda de Wilt. Y aunque haya momentos delirantes y divertidos, pesa en exceso la posibilidad de que, tanto los vecinos cercanos como los mismos terroristas, padezcan el mismo perfil idiota que sus protagonistas. 
Un buena forma de acudir al clásico formato de que todo pueda ir a peor, un carrusel difuso, repetitivo en algunos casos y sin la capacidad de sorpresa cuando toda la acción anda enclaustrada en una única vivienda. A pesar de esta última sensación descrita, conviene destacar que la novela cumple con creces el objetivo de entretenimiento basado en momentos hilarantes, tan divertidos que tal vez la expectativa andaba por encima de lo esperado.


La generación actual es mucho más exigente de lo que nosotros éramos. Son más maduros físicamente. -Quizá lo sean, pero Henry dice que mentalmente están atrasados.


Las tribulaciones de Wilt
Tom Sharpe
Ed RBA, 1993

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Las tribulaciones de Wilt
La herencia de Wilt

11 de noviembre de 2020

La familia Addams

Hace justo un año se estrenó una nueva versión de un viejo éxito del pasado. La familia Addams en versión animada. Un nuevo filme que buscaba tantear los notables ingresos que supuso la adaptación cinematográfica de 1991. Obra del conocido Barry Sonnenfeld, cuyo filme apenas costó 30 millones de dolares mientras su recaudación mundial anduvo cerca de alcanzar los 200. Numeros muy golosos que promovieron una lógica secuela y una merecida fama en una década muy dada a levantar iconos que aún hoy logran mantenerse en la cultura popular. Y con ello provocar nuevas adpataciones con el paso del tiempo, como la citada cinta animada o la propia película de Sonnenfeld, que venía de actualizar a una antigua serie televisiva que a su vez provenía de las viñetas de su creador original, Charles Addams.  

Raúl, el condensador de fluzo es en otra pelí - Paramount Pictures

El verdadero artífice de la peculiar famila Addams venía a ser el niño raro de la época y como tal, dió rienda suelta a su imaginación a través de diferentes tiras cómicas. Un apellido triunfal, a modo de franquicia entre pelis, cómics, videojuegos, musicales y otras cosas del marketing que han pasado por diferentes ámbitos productivos, con mayor o menor calado entre la población. Sin embargo y a cuenta del post de hoy, la película de 1991 fue un éxito rotundo. Gracias en parte a una maquinaria cinematográfica, que en este caso, acertó de lleno al actualizar la serie televisiva de los sesenta.
 
En parte se podía preveer, cuando se apostó de primeras con un buen reparto protagonista encabezado por Anjelica Huston (Morticia), Raúl Juliá (Gómez) y Christopher Lloyd (Fétido). Además de una buena tanda de secundarios donde destacó la interpretación de Christina Ricci, una niña por entonces y que le catapultó a un estatus de personajes fuera de los ámbitos denominados como normales, asociados más bien a las rarezas propias de quien se encuentra comodo en un mismo perfil. Curiosamente se escogió a un director novato para dar forma a un producto que apuntaba maneras comerciales. Barry Sonnenfeld venía de trabajar en el sector, principalmente en dirección de fotografía, entre otras colaboraciones como la realizada con los Coen desde sus inicios en Sangre fácil; por ahí se colaría el siempre correcto Dan Hedaya, dando vida a un abogado en apuros que pretende sisar la fortuna de sus clientes mediante un atravesado plan, que incluye la participación de una despótica madre y su hijo Gordon, al que hacen pasar por el supuesto hermano perdido de Gómez tras una disputa amorosa, por a su enorme parecido físico.
 
La gracia de La familia Addams es la de intentar colarnos cómo una familia, asociada a los
Un papel como anillo al dedo
clásicos monstruos de la literatura, podrían estar intercalados dentro de la sociedad, con una postura más cercana a la extravagancia que al género del terror; como si tener una mano amputada como un miembro más de la familia fuera normal y aceptado por todos. Este constraste es la principal baza del filme, al jugar como los miembros de esta familia se saltan la supuesta corrección social y da a entender que los raros son los demás. Las bromas van normalmente en linea con las gamberradas de los niños, el gusto de estos seres por lo macabro o a pequeños detalles ligados al fantástico, como la piel de un oso polar con vida propia. Una colección de chistes que acompañan en paralelo a la narrativa de la película, con un supuesto tío Fétido que a medida que pasa más tiempo con los Addams va encontrándose cada vez más a gusto en su nuevo rol. Un conflicto que le obligará a escoger bando, entre su madre y unos Addams que muestran cierto mosqueo cuando el familiar perdido más bien parece un extraño. La película apuesta por un cocktail que acoge dóciles bromas negras y normalmente bien aceptadas por los espectadores más pequeños, un efecto que logra que La familia Addams llegue a entretener a lo largo de toda la película aunque pierda fuelle por un final bastante simplón, propicio para que la catalogación por edad no se desmadrase en exceso o más bien, a una carente idea de cómo terminar con algo más llamativo.

La taquilla fue condescendiente con esta propuesta de rareza cómica que dió a a Sonnenfeld la posibilidad de granjearse una carrera con réditos comerciales, sin mayores pretensiones artísticas que el entretenimiento del negocio, Wild Wild West y Hombres de negro (Men in black) son sus otras películas más conocidas. A su favor señalar que su estreno como director se mantiene como un referente de comedia familiar, y que a pesar del paso del tiempo, es una opción plausible de acudir a un nuevo visionado sin que chirrien efectos ni vestuarios. Tan marcada está la película en el imaginario colectivo, que anda subida en un altar más relacionada con la nostalgia de haberla visto de niño que a su verdadero valor como obra cinematográfica.

La familia Addams
Barry Sonnenfeld
, 1991

31 de octubre de 2020

Wilt

Todavía hoy recuerdo la carcajada, la alegría y el simple jolgorio que provocó la lectura de Wilt, obra maestra del escritor británico Tom Sharpe (1928 - 2013); y de esta colección de elogios deben cumplirse unos veinte años, más o menos. Porque Wilt es una de esas pocas novelas que dejan huella cuando se leen y de las que siempre se guarda cierta añoranza. A pesar del tiempo transcurrido y siempre que se evoca su lectura, surge una sonrisa cómplice, sobre todo cuando la memoria acude a las andanzas de Henry Wilt; el curioso protagonista de una novela publicada por primera vez en 1976, y cuyo éxito literario inició una saga que alcanzó cinco publicaciones más. 
 
Para quien todavía desconozca a este singular personaje literario, solamente puedo argumentar que apenas hay motivos contrarios para no recomendar leerse la saga entera. Y con mayor interés en este 2020, tan necesitado de distracciones positivas, o el reto de comprobar cual fina es la piel de los acomplejados de lo políticamente correcto. Porque de buenas a primeras se expone el salvaje plan que dibuja la mente del protagonista, al fantasear en cómo cargarse a su esposa. De ése oscuro pensamiento nace la rocambolesca historia que pone en pie a la novela, y a partir de ahí, echa a correr el desmadre en una continua carrera de acontecimientos que van en paralelo al negro cachondeo de su autor. Henry Wilt es profesor de literatura en una escuela técnica, donde lleva dando clases durante más de diez años mientras anda a la espera de un ascenso que nunca llega. En su hogar tampoco mejora mucho su rutina diaria. Su apasionada mujer, Eva, es un pequeño torbellino que busca constantemente el sentido de su existencia, apuntándose a toda clase de tareas y actividades sociales mientras hecha en falta algo más de roce por parte de su marido.
 
Y el vivo al bollo, Wilt!
Sin embargo, nuestro antihéroe va arrastrando cierto hastío en la fácil mezcla de lo laboral con lo personal, hasta alcanzar un punto donde plantearse un cambio que reconduzca su pobre existencia. Pero en lugar de cortar por lo sano y buscar una separación amistosa, cambiar de trabajo o incluso de residencia, no se le ocurre mejor cosa que planear el asesinato de su santa esposa. A ojo no suena muy bien. Aunque también es cierto que al pobre Wilt se le acumulan una serie de desdichas que podrían defenderse judicialmente a posteriori, mediante el comodín de un estado de locura transitorio. Como cuando un conductor borracho se excusa en la embriaguez tras llevarse a alguien por delante. Pero volviendo al cuento y al lógico modo de proceder de un británico; no hay nada mejor que un ensayo, donde entra en juego uno de los personajes femeninos más memorable: una muñeca hinchable llamada Judy.

Wilt se detuvo y observó cómo la máquina perforadora iba hundiéndose lentamente en el suelo. Estaban haciendo agujeros grandes. Muy grandes. Lo suficiente como para contener un cadáver.

A partir de ese punto entra en juego un listado de carambolas que sólo pueden tener sentido cuando el nivel del disparate anda acorde con los notables secundarios que aporta Sharpe. Desde un matrimonio yanki, los Pringsheim, donde destaca particularmente y adelantándose a su tiempo la feminazi Sally, hasta otros sarcásticos educadores como el doctor Board. La novela discurre en una constante locura, hasta que choca con la supuesta cordura que intenta aportar la policía, con el inspector Flint a la cabeza. Un funcionario de la ley atrapado en un modo de hacer y actuar de manera lógica y que se ve enredado frente al ilógico trasiego alrededor de Wilt. Llegados a una sucesión de acontecimientos extraordinarios, cuesta creer cómo es posible que Thorpe tenga la capacidad de sorprendernos con una trama que puede llegar a enredarse hasta limites irreales, eso sí, para disfrute de un lector condescendiente, agradecido por reír con ganas las ocurrencias, las situaciones grotescas y un humor que mezcla el surrealismo con la capacidad más brutal del ser humano.

Ha pasado bastante tiempo desde aquellas lecturas juveniles y aunque la capacidad de sorpresa se pierda, Wilt todavía mantiene suficientes argumentos estimulantes en el interior de sus páginas, capaz de arrancar más de una sonrisa mientras Thorpe nos cuela parte de una descripción de la sociedad inglesa de la época, con cierta petulancia en sectores de la educación o de la mera representación de los estudiantes; acordes a una edad e intereses diferentes a la de los adultos. De hecho el propio Sharpe conocía bastante bien el ámbito educativo, pues antes de lograr el triunfo editorial, ejerció la profesión y en una escuela similar a la de su personaje ficticio. Está claro que no se fue muy lejos para asesorarse en una escuela con clara vocación de formación profesional. Wilt aún hoy es una apuesta segura.

-Pero te aseguro que no me tiré a la zorra esa -dijo Wilt-. Le dije que se fuera a que le lustrara otro su perlita.

-¿Y a eso le llamas equivocarse? ¿Lustrar su perlita? ¿Dónde demonios aprendiste semejante expresión? 
-Carne Uno -dijo Wilt

Wilt
Tom Sharpe
Ed Anagrama, 2006 

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Wilt

16 de octubre de 2020

Glass

A principios de 2019 se estrenaba Glass, esperadísima película destinada a cerrar la peculiar trilogía de Manoj Night Shyamalan sobre los héroes salidos del cómic. Peculiar porque las dos anteriores, El protegido y Múltiple, son dos películas que tienen entidad propia, independientes entre ellas y sin ninguna relación que las una hasta la llegada de Glass. Un ligero rodeo al que Shyamalan resuelve de manera solvente, en una especie de prólogo donde logra conectar al héroe del impermeable de la primera, a la caza y captura del peligroso personaje con diferentes personalidades del segundo filme. Tras la carta de presentación, llega el grueso de la tercera película, principalmente en una especie de psiquiátrico donde haga acto de presencia el tercero en discordia: Don Cristal, el villano del filme original. El tráiler ya avanzaba por donde iban a ir los tiros, al dar pie a una loquera dispuesta a demostrar a sus pacientes que sus supuestas habilidades especiales no son más que delirios de grandeza, que nada tienen que ver con la fácil comparación del mundo de las historietas con la realidad 
Qué me expliques por qué el fondo es rosa, coño!-© Universal Pictures
En parte, se entiende la supuesta búsqueda de identidad. La necesidad humana de buscar una explicación lógica sobre lo que no se entiende y que encima, dote de interés a la narrativa de la película. Sin embargo esta situación ya se dio en El protegido, cuando al personaje interpretado por Bruce Willis (David Dunn) se debatía frente a su antagonista Samuel L. Jackson (Don Cristal) en la aceptación del don recibido. Ahora se vuelve a ese combate, con la salvaguarda del enfrentamiento dialectico y el estudio científico. Una propuesta que choca con el personaje de Dunn, pues supuestamente ha estado realizando la función de justiciero nocturno desde la resolución de la peli original, y bastantes años han pasado desde entonces, para que venga una señora ahora y ponga en duda el gusto que le ha cogido a rozarse con toda clase de individuos, descubrir a los maleantes y gamberros para después dedicarse a dar mamporros a delincuentes de segunda. Obviamente el interés de Glass decae en ese punto, incluso reconociendo el buen hacer de su director en remarcar su postura y manera de rodar, bastante alejado de la fanfarria y del mero espectáculo hormonal de otros héroes, habitualmente disfrazados. Pero esa postura ya se ha visto, y solamente cuadraría si nos encontráramos con una secuela de Múltiple. Situación que se da parcialmente.
 
Esa pequeña losa se enfrenta a las ganas del espectador por ver cómo se resuelve la reunión de los tres seres extraordinarios. En un clásico encuentro de la narrativa del cómic aunque sobresalga ese toque realista, alejado de la tópica conquista del mundo o amenaza planetaria. Los protagonistas andan liados en otras cuestiones más cercanas, como el reconocimiento de su existencia. La batalla que ya libraba el personaje que da título al filme y que sigue emperrado en demostrar su existencia extraordinaria al mundo. La suya y la de sus compañeros. 
Pedazo de actor. Hu ha!-© Universal Pictures
De ellos vuelve a destacar James McAvoy, dando pie a la horda de seres que encierra su cuerpo y su capacidad actoral para afrontar con vehemencia el continuo cambio de careta, entonación y movimientos físicos. Un prodigio que choca con el conocido temperamento estático que el autor imprime a sus personajes. Una manera de rodaje y de exposición reconocidos, un sello y una valía que se ha labrado a lo largo de una carrera sinuosa, donde los mayores aciertos han sido con historias pequeñas que trastocan la realidad cotidiana de sus personajes. En Glass, también acuden en apoyo de los protagonistas su particular conexión con el mundo real, la necesaria parte familiar y que tanta importancia adquiere en las historietas ilustradas. Shyamalan recupera al hijo de Dunn, a la madre de Cristal y a la indultada víctima de la Bestia, en una amplia reunión para que sumen en la resolución final. Allá donde entra en juego el tradicional apogeo que suelen recoger las historias realizadas por cintas comerciales y superhéroes en mallas.
 
Pero el horizonte de Glass es diferente, ante la posibilidad de vislumbrar las habituales vueltas de tuercas que Shyamalan suele sacarse de la chistera. Un gran acierto que muestra el respeto del director por los códigos clásicos del cómic ligados a su habitual marca de la casa. Hasta el sopor de verlo en un cameo fuera de lugar. Manías que empequeñecen en algo a uno de los pocos autores reales del séptimo arte.

Glass
Manoj N. Shyamalan, 2019

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Glass