Resulta curioso haber llegado hasta este libro concreto en 2026, al que reconozco su exitoso pasado, pues me pillaba en edad infantil cuando triunfaba en buena parte del mundo. Curiosamente, yo era más de Momo, en concreto de la película que adaptaba el libro del mismo autor frente a la hecha por Wolfgang Petersen de La historia Interminable. Película que tuvo mayor reconocimiento. En realidad me daba más mal rollo aquellos hombres grises que negociaban con el tiempo frente a las desventuras de Atreyu en La historia interminable y su malogrado caballo (menudo trauma infantil dejó en mi generación). De hecho, siempre pensaba que debía leer la novela de Momo y revisar nuevamente la película porque ya ha llovido desde entonces. Es un viejo propósito sin cumplir a lo largo de los años; y toma tú por donde que una de mis hijas desechó, a las primeras de cambio la lectura de La historia interminable, para dejarme por ahí tirado el librito, tan cerca que lentamente se convirtió en una agradable lectura veraniega.
No ha sido un dèjá vu casual, ni un arranque nostálgico, más bien ha sido un impulso consciente de que tenía que leer un texto principal de mi infancia pese a mis preferencias personales sobre las películas que adaptaban las novelas. Ahora no queda otra que obligarme, realmente, a buscar el libro de Momo y meter de paso en el blog alguna opinión.
Dentro de poco, La historia interminable alcanzará la madurita cifra de los 50 años desde su primera publicación. Un logro a destacar, gracias a las reimpresiones que la editorial Alfaguara mantiene en el mundo hispanohablante. Es posible que haya decaído su interés e influencia por el lógico transcurrir del tiempo, pero ahí está su sello, ligado a la importancia general que alcanzan los denominados clásicos, imperecederos libros que logran sobrevivir al simple olvido. La historia interminable parece que prevalecerá, incluido con la citada cifra donde el capitalismo reavivirá el ansia cultural con alguna edición especial coleccionable y única.
A fin de cuentas, es uno de los grandes títulos literarios del último tercio del siglo XX. Fue escrita por el alemán, Michael Ende y alcanzó un enorme triunfo comercial pese a estar catalogada como juvenil por su carácter fantástico y desarrollo aventurero. Como todo éxito que se precie, La historia interminable tuvo su adaptación cinematográfica en 1984, un hito ochentero con una melodía bien reconocible para quienes rondan el medio siglo de existencia. A pesar del consabido tirón popular del filme, al autor le desagradó sobremanera el traslado de su obra a la gran pantalla por parte de Wolfgang Petersen (Das Boot, Troya) con un metraje que se centraba únicamente en la mitad del libro. Porque la novela está estructurada en dos grandes partes. Una primera donde prevalece la misión encomendada a un joven llamado Atreyu de salvar al mundo de Fantasía del avance de un ente conocido como la Nada que se extiende por todo su mundo. En la segunda parte irrumpe un nuevo protagonista: Bastián Baltasar Bux es un joven rechoncho que al inicio de la historia se esconde en un desván del colegio para enconderse allí de los clásicos abusones de colegio mientras lee un libro que se ha agenciado de manera ilícita.
En un principio, Bastián se entretiene con las aventuras de Atreyu hasta que su presencia externa comienza a interactuar, poco a poco, con la narrativa del texto hasta ser incluido dentro del propio libro que estaba leyendo. De tal modo, llega a convertirse en protagonista de la historia gracias a que sus deseos e imaginación, son elementos imprescindibles para que Fantasía continúe existiendo. Esta incorporación, es una aportación interesante por parte de Michael Ende, al romper un esquema puramente fantástico y de aventuras. Porque la primera parte parecía estar condenada a la mera repetición, allí donde el joven Atreyu encadenaba diferentes pruebas a superar y donde apenas se veía alguna luz que explicara qué demonios era o representaba la Nada, y por qué está asociada a la extraña enfermedad de la Emperatriz infantil. Ese traslado, conlleva a que Bastián lidere una segunda parte más interesante por el mero hecho de ahondar en la personalidad de un muchacho acomplejado en el mundo real. El tradicional viaje que todo héroe realiza y que termina por transformarlo. Al fin y al cabo, Atreyu es la referencia de Bastián, el espejo al que quiere parecerse y toma de referente, como cualquier chiquillo de su edad, en esa lejana edad de desarrollo y que necesita un guía.
La particular odisea de Bastián es que la ventaja que le proporciona Fantasía le hace superar a su héroe y le dota de tal poder, que mola ver como Ende juega con la personalidad del héroe que debía salvar a Fantasía, en un reverso tan cercano como la de llegar a ser un tirano. Un caso conocido y extrapolable a los salva patrias que terminan siendo devorados por sus propios egos. Mucho más interesante esta segunda parte que la del ideal caballero que supera continuas adversidades y que obviaron en el filme. Además, incluye personajes que van tomando valor en la historia, simples secundarios que aportan algo en la transformación de Bastián.
Tal vez, el mayor problema de la novela sea el exceso. El libro se extiende a lo largo de diversos capítulos donde se acumulan numerosas rarezas. Como si hubiera una tonta necesidad de incluir toda clase de bichos estrafalarios. Tal despliegue, tendrá sentido en la cabeza del autor al dar por hecho que deben tener referencias a diferentes culturas que se me escapan la gran mayoría. Ende se pasa de frenada con tanto vaivén y tanta criatura fantástica para terminar buscando algo tan básico como la voluntad de afrontar la perdida de un ser amado para reivindicar, simplemente, el uso de la imaginación como una válvula de escape.
-¿Venís conmigo? -dijo Bastián volviéndose a Atreyu y Fújur-. ¿O tenéis quizá otra de vuestras propuestas?
La historia interminable
Michael Ende
Ed Alfaguara, 1984
