28 de junio de 2018

El arroyo de las Almas del Diablo

Apenas tiene un kilómetro y medio de recorrido, pero suficiente para cumplir con su obligación de trasladar las almas de los pecadores. Aunque siempre hay algún iluso que intenta evadir la vigilancia del Maligno, y tantear poder colarse en la verbena del paraíso. Hay que recordar, que para poder acceder a los cielos antes hay que pasar por el peaje de la entrada. Y como todos sabemos, la puerta anda custodiada por el correspondiente portero, como en las discotecas. Ignoro si San Pedro ejerce de estricto gorila con los
El arroyo protagonista
horteras de calcetines blancos, o con los colgados que amenazan aguar la fiesta pasadas las madrugadas. El caso es que al Diablo se le recuerda bastante por su viejuna sabiduría. Y previsor por la humana afición de evadir sus responsabilidades, tiene a su servicio un pequeño arroyuelo, ubicado estratégicamente cerca de las mayores alturas del Guadarrama, en la vertiente castellana de Peñalara. 


Su función consiste en trasladar las almas pateadas por San Pedro y arrastrar a los truhanes que han intentado escaquearse de sus pecados. Este arroyo cuenta además con la suma de la experiencia, pues antiguamente se le citaba como arroyo de las Minas del Tellado. Y en esos lares del monte andará el Diablo, o alguno de sus secuaces. Prestos a escudriñar el techo de la sierra de Guadarrama y llevarse las almas perdidas por la corriente del riachuelo. 

El ligero descender del arroyo de las Almas del Diablo llevan a engaño. Su leve recorrido, entre saltarinas piedras, permite amansar el temor de los espíritus capturados, gracias también a la belleza del paisaje. Así hasta sumar sus aguas sobre la Chorranca, como cuando un amante se abalanza sobre su pareja en búsqueda de roce. En realidad es un señuelo. Porque en un momento dado, el arroyo coge carrerilla, se acelera. Y las almas que transporta terminan por despeñarse al inframundo, gracias a la hermosa cascada de la Chorranca. Expuesta como una belleza natural del entorno, propicia para la foto y el éxtasis del momento. Pero en realidad sirve para blanquear a los rufianes que han intentado escapar de su destino.

Casualmente existen algunos afortunados, que tras el ajetreo de tanta ostia sobre la piedra, terminan por rebotar de tal forma, que escapan milagrosamente de su fatal destino, dejándose llevar por el arroyo sobre las caderas de Valsaín. Se cumple así la citada referencia del volver a nacer. Oportunidad única para reivindicar que parte del origen de la vida, surge cuando ciertos seres son expulsados alegremente por la chorra. No hacia falta, pero de ahí el nombre del arroyo. 
El salto de la Chorranca

La excursión arranca desde La Pradera de Navalhorno. Siguiendo la estela asfaltada que nos llevaría hasta La Granja de San Ildefonso. Pero mucho antes de llegar a tal Real Sitio, abandonamos la pista. A lo loco, con ganas de coger la primera senda que huya del camino marcado. Siempre resulta más llamativo aprovechar las sombras del bosque que enfrentarse a los calores de la llegada del verano. El viejo trazado discurre entre rumores de arroyos cercanos, provocativas ninfas que chocan con el berreo de algunos corzos vigilantes, bichos que alertan la presencia de un intruso con mascota. Pero la temática del día versa sobre el agua y las esencias que éste arrastra. La inercia de la senda se pierde entre la maleza, o torpemente pierdo la vereda por estar más pendiente del entorno, o tal vez el Diablo comience su juego de despistes. 

Menos mal que permanece el continuo murmullo del agua.  Y el interés del caminante recae en encontrar la segura guía del arroyo. Como cuando el amante guía los miembros a oscuras. El cauce de la Chorranca surge encajonado, hendido en una llamativa orilla que parece haber sido reforzada por la mano del hombre. Extraña manía por sobarlo todo. Gracias a este hilo, es posible continuar la remontada de forma agradable y sin grandes esfuerzos. Escudriñando las vistas que ofrecen los montes de Valsaín. El esplendor del verde primaveral. Los amagos del robledal por crear pasajes abovedados. La intestina lucha de los pinos erectos por alzarse hacia los cielos, así como sortear los ejemplares caídos durante el invierno. Poco a poco se impone la ruidosa presencia de unas peñas salvajes. La Chorranca tiene cerca un estruendoso competidor en el arroyo Peñalara. Una interesante caída sobre los peñascos que inútilmente intentaban frenar la pendiente y el desahogo de las aguas.
Majada Hambrienta y el chozo del pastor al fondo

El excursionista acepta el engaño de penar la búsqueda de otros saltos de agua y que invitan al infantil entretenimiento de vadear arroyos. Tras el esfuerzo, una pequeña senda descubre la presencia de un pequeño tejo como premio añadido al desviarnos de la lógica trazada por la Chorranca. Aunque tampoco es cuestión de alternar por desvíos perdidos que impidan contemplar el espectáculo de la cascada de la Chorranca. Toca atrochar de nuevo para recuperar el camino más turístico. Y la sonora presencia de la cascada alerta de su cercanía. El salto de agua alcanza unos metros antes de que sus aguas choquen contra la roca, e introduzca las almas en el subsuelo para mayor goce del Diablo. Sin intermediarios ni mensajeros que se olviden de avisar la llegada de la mercancía.

La vereda junto al arroyo prosigue su leve ascensión, hasta alcanzar la conexión entre los arroyos citados. Bosco aprovecha para refrescarse en el lugar exacto donde el arroyo de las Almas del Diablo sirve de afluente a la Chorranca. Y toca variar la ruta, ya que el arroyo protagonista remonta la montaña hacia las majadas de Peñalara, recuperando un pequeño desnivel sin importancia alrededor de hermosas praderías que invitan a sestear por el entorno. Poco a poco van surgiendo algunos gigantes, enormes pinos con ramajes y gruesos nudos como muestra de viejas cicatrices. Tan ciclópeas formaciones de árboles, contrastan con la reducción del arroyo, cuyo cauce se va estrechando según seguimos ascendiendo. Tanto que finalmente acaba siendo un regato, hilillos de aguas que surgen desde las entrañas de la montaña en diversas zonas encharcadas. Y por último se acerca la frontera del bosque. La linde que separa el paraíso de las sombras con el calvario de las luces. Basta con observar el horizonte. Allí donde desperdigados pinos crecen frente a las murallas del Risco de Claveles. Como un extraño ejército que intenta asaltar las cumbres de manera desorganizada. 


Tú tira Bosco, que a algún sitio llegaremos
Algunas reses pastan tranquilamente a su bola. Protegidas por el formidable cordal rocoso del ático del Guadarrama. Una pradera que cuenta con el coqueto chozo de Aránguez. Emblemática posada donde realizar un alto en el camino y degustar las viandas transportadas en el macuto. Al oeste la meseta castellana, con Segovia capital y otras vistas dignas de contemplarse. Se extiende el mantel mientras Bosco ronda gorronear algún premio. Y sin prisas se otea los contornos, el mapa, el regreso al punto de partida y por último, echar a boleo que nuevas desventuras propone el Diablo a lo largo de la Sierra de Guadarrama. 


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Álbum de fotos
Pano

_Colecta Al Diablo_

Ventana del Diablo
Cueva del monje
Arroyo del Infierno
 

Pisada del Diablo
Carro del Diablo 
Garganta Infierno
Cascada Purgatorio
 

Cerro del Diablo
El tesoro de Peña Blanca
Silla del Diablo
Arroyo y Ladera del Infierno
Arroyo Almas del Diablo
Puertas del Infierno

                                                                                                                                     / \

20 de junio de 2018

Sal de mi vida

Antes de nada conviene situar un poco a Juan Eladio Hernández, autor de la novela y con quien guardo una estrecha amistad. Es una simple aclaración que intenta evitar la supuesta condescendencia hacia el texto de un colega. Más bien todo lo contrario porque en realidad cuento con ventaja sobre las ideas que pueden pasar por la cabeza del creador de Sal de mi vida. Y si alguien mantiene el interés por estas líneas y se deja llevar por la simple recomendación, descubrirá una obra con una temática que difícilmente podrá encontrar en cualquier otra novela. Es la mejor definición que puede darse de un libro que rebosa una enorme originalidad y que viene acompañado de un desmadre similar. Tras empezar la lectura del mismo, sorprende la fantasía en un mundo tan irreal, como reconocible para las mentes aturulladas de tanta información internauta y globalizada. Las comparaciones suelen ser odiosas, aunque en ocasiones sirvan para situar alguna referencia que ayude a ponernos en situación. Al cineasta Tim Burton se le reconoce fácilmente por la creatividad de sus trabajos, donde crea mundos tan personales que hay quienes reconocen el sello Burton en sus obras. A Juan Eladio le ocurre algo similar, y de ahí mi ventaja, porque la mente del escritor suele salirse de la monótona realidad y explayarse en mundos e historias fuera de los ámbitos convencionales. Y en ocasiones salirse de la gótica melancolía de Burton para acercarse a la bendita locura de Terry Gilliam. 

El libro trata sobre el purgatorio. Un lugar donde la teoría dicta que está para redimir almas
y poder optar alcanzar los cielos. En este caso se plantea en un universo tan fantástico, que cualquiera puede imaginarse el suyo. A ése lugar nos lleva el escritor, a su peculiar mundo y a su libertad creativa para dotarla de vida donde describe el funcionamiento de las cosas. El lector cuenta con la libertad del pasaje. Si no gusta, tan sencillo como cerrar el libro y a otra cosa mariposa. Sin embargo cuenta con un enorme anzuelo desde el principio, con un protagonista tan locuaz como malhablado, al que ubica en una situación tan extraña que logra retener la lectura en una memorable presentación del extraño lugar donde se desarrolla la acción. Y nada mejor que el gancho del humor como compañía del viaje. 

Como ya se ha escrito, la estancia en el purgatorio está destinada para expiar pecados. Luego está la opción individual de cada uno, como poder pasarse por el forro las obligaciones del lugar. Tampoco hay razones para apurarse que impidan disfrutar del momento. Total, hay toda una eternidad para llevar cabo tales obligaciones, ya se sabe que las prisas nunca fueron buenas compañeras de viaje. 

La novela se divide en varios capítulos. Un esquema que sigue la clásica línea cronológica del principio y del final, pero aprovechando tales episodios en separar las diversas aventuras del personaje principal. Una de las grandes virtudes del relato es su estilo directo, al grano, donde apenas pueda perderse el tiempo con alargadas descripciones que solamente servirían para frenar el acelerado ritmo del texto. Tiene pinta de que Juan Eladio intenta evitar perder tiempo, en una extraña necesidad de buscar la complicidad de la sonrisa, incluso recurrir a subrayar los diálogos de un protagonista incapaz de cerrar la bocaza, y exponer sus alegres pensamientos de manera continuada. Tras un arranque espectacular, la novela contiene los lógicos vaivenes. Obviamente hay algunos tramos donde decae el interés de las aventuras pese a los notables esfuerzos por mantener la guasa en cada momento. En ocasiones parece un cómic de Ibáñez, al querer recurrir a cualquier argucia con tal de seguir sumando gracias. Incluido el gusto por el exceso, con explicaciones tan retorcidas como ilógicas. 

Es una tela que redirige los rayos de luz reflejando lo que hay detrás de ella.
Te convierte en una piedra en el río. La luz te esquivara como el agua esquiva una piedra y te convertirá en invisible como lo es una pequeña piedra desde el interior de un río. Funciona como el calor de un día caluroso. Si observas el horizonte verás que el aire ondula. En esas ondulaciones te esconde esa capa. - No entendí una sola palabra

Es mejor no tomarse nada demasiado en serio, tal como hace el protagonista. Una entrañable figura que se adhiere perfectamente a ese mundo de locos, como si su destino hubiera sido llegar al purgatorio y aceptar cabalmente las rarezas de ese sitio. Nada mejor que adaptarse al entorno. Porque la novela Sal de mi vida es como un parque de atracciones. Tan divertido como cuando te colocaban la pulserita de turno para poder disfrutar de toda la feria. Siempre había atracciones que gustaban más que otras, pero la barra libre del jolgorio perduraba más tiempo sobre los recuerdos que las calcomanías actuales. 

En puertas estrechas es mejor pasar en fila.
El suicida


Sal de mi vida
Juan Eladio Hernández
Amazon 2017

27 de mayo de 2018

El príncipe y el mendigo

Los contrastes son siempre bien avenidos. Cumplen una función básica en la narrativa, tanto de inicio como a la hora de poner distancia entre dos posiciones contrarias. Y en está novela de Mark Twain se añade otro clásico. El del intercambio. La suplantación de un personaje por otro que habitualmente camina en sentido contrario. Una situación que siempre atrae cierta gracia por observar como se desenvuelven en esa peculiar circunstancia los personajes intercambiados.  

El periodista y escritor, Mark Twain, es uno de los grandes narradores americanos. Etiquetado normalmente a obras juveniles del calado de Huckleberry Finn y Tom Swayer. Para El príncipe y el mendigo retoma el protagonismo sobre los más jóvenes. Con el pequeño aliciente de acercarse a la novela histórica en este libro. Y lo presenta a modo de cuento oral, reproducido entre diversas generaciones que expliquen las faltas del cuento sobre las veracidades históricas. 

Los polos opuestos andan representados entre el heredero al trono de Inglaterra, Eduardo Tudor, frente al pobre de oficio, Tom Canty. Dos niños con parecidos razonables pero distantes en sus posiciones sociales. Y por una fantástica casualidad, acaban intercambiando sus roles destinados por nacimiento. El mendigo ocupa el lugar del príncipe, mientras que éste último deberá sobrevivir a las duras condiciones de los bajos fondos. Cuando surge el susodicho intercambio, el lector debe hacer un pequeño esfuerzo de credibilidad, que otorga la simpática circunstancia de que a los chiquillos no los reconozca ni su padre. Dando pie y por separado, a las aventuras de cada uno en sus renovados estatus sociales. La estructura de la obra separa ambas aventuras por capítulos, aunque destaquen en cantidad las peripecias del príncipe con los estamentos más bajos de la sociedad inglesa. Mendigos, rateros, borrachos y pobres gentes del lugar. De esta manera cumple con la conocida tradición de conocer los problemas de su pueblo de primera mano, así como las injusticias que se cometen en su reino por leyes absurdas y excesivamente duras. Tom Canty también debe hacer frente a otro tipo de problemas, más reales y corteses que sirvan para denunciar los privilegios de los nobles. Además de llegar a complicarse por la inoportuna muerte del rey, solemne acto que conlleva a preparar la futura coronación del príncipe impostor.

Obviamente ambos infantes manifiestan de inicio el error de sus identidades, pero los ciegos adultos apenas pueden discernir más allá de las vestimentas, y tildar de locuras los intentos de los pequeños por hacerse explicar. Queda por tanto una pequeña muestra quijotesca de que los niños sean tratados por locos en esos tiempos altomedievales. Con la notable aportación del humor que viene a unirse a las buenas maneras del texto. En cada aventura de aprendizaje siempre aparece la figura de un mentor y la inestimable colaboración de terceros que ayuden al héroe del relato. Tom Canty logra salvar ciertos escollos gracias a los consejos de nobles leales a la corona, además de la propia perspicacia del niño. Incluso para llegar a impartir justicia desde el más estricto sentido común que ponga en evidencia las absurdas leyes, los protocolos y gastos tontos que conlleva la corona. Sin embargo, y para mayor disfrute de la novela, el falso mendigo se mantiene digno a la casta que le otorga su azulada sangre. Tanto como para no renunciar en ningún momento a su dignidad real y exigiendo, a cualquiera que se cruce en su camino, a prestarle la correspondiente obediencia y servicio. De ahí que el escritor se centre más tiempo en sus desventuras por diferentes lugares y gentes que elevan la burla sobre el niño vestido con harapos. El mentor de Eduardo Tudor aparece en la paternal figura de una antiguo soldado que intenta regresar a sus tierras. Responde al nombre de Miles Hendon y cumple otra clásica subtrama del regreso, la del hijo prodigo tras marchar a la guerra. 

Las andanzas por separado muestran otro clásico del genero infantil. Al exponer los contrastes de dos mundos opuestos. La caída del mito del bien vivir de los reyes y príncipes frente a la experiencia del privilegiado por conocer las condiciones de sus súbditos que ayuden al futuro monarca reinar con conocimiento de causa. Es cierto que se repiten ciertos esquemas tradicionales que hacen perder valor la lectura por la sencillez de adivinar la resolución de ciertos pasajes. Sin embargo, el merito de la novela recae en el encadenado de problemas a los que deben hacer frente los protagonistas. Variados conflictos que tocan diversos temas a los que hacer frente y animen la lectura de los más jóvenes. 


... nosotros somos unas malas personas en ciertos aspectos sin importancia, pero no hay entre nosotros nadie tan miserable que sea traidor a su rey. Malaspulgas


El príncipe y el mendigo
Mark Twain
Ed. El país aventuras
2004

7 de mayo de 2018

Goat Mountain

Tocaba experimentar. Y por lo tanto dejarse llevar entre estantes, pasillos y cierto silencio. Atento a las señales derivadas del grosor, títulos sugerentes o llamativas mezclas de colorinchis. Así hasta que un simple y pequeño texto, adornado con celo, delataba lo siguiente: "Recomendados 2014". Y cuyo libro corresponde al escritor David Vann, de título Goat Mountain. Ya tengo novela seleccionada por tan simple propuesta. De primeras, hay que citar que el tal Vann arrastra una buena colecta de premios en su corta trayectoria, además de lograr destacarse en la narrativa norteamericana del nuevo milenio. Parece que vamos bien. 

Goat Mountain supone una escueta historia capitalizada por cuatro personajes. Un reducido grupo que viaja a un rancho familiar para cumplir con unas tradicionales jornadas de caza. Un niño de once años es quien protagoniza el relato frente a su padre, su abuelo y Tom. Un amigo que también se suma al gusto de pegar tiros. Y ese niño es quien acapara la narración, en una buena capacidad de memoria al personalizar el punto de vista de la historia. Hay momentos donde las divagaciones del niño parecen realizarse en una especie de diván, donde rememora sus recuerdos del viaje. Mientras que en otras ocasiones, dota de un notable realismo los acontecimientos descritos, al narrarlos en tiempo presente y en primera persona. Curiosamente el nene anda entusiasmado con el viaje, porque en está ocasión se le va a permitir dar muerte a su primer venado pese a su corta edad. Sin embargo, todo se tuerce con la aparición de un furtivo, cuya presencia torna la agradable excursión en tragedia. Los apacibles días de campo se trastocan hacia una oscura situación que pone en jaque los valores de los adultos. Aquellos a quienes se les presupone una mayor cordura por el mero hecho de sumar más años. Pero esa presunción queda retratada por la singularidad de los personajes.

La fatalidad del furtivo termina por revelar las contradicciones de como actuar por parte de los adultos, creando un malestar que aviva los encontronazos y las sospechas de unos contra otros. Y con el paso del tiempo, se crea una mala sintonía entre las tres generaciones de la familia. En ese punto de mal rollo, cobra importancia la escritura de Vann, al que aviso, hay que cogerle el punto y acostumbrarse a su repetitivo esquema. Una leve introducción en cada capitulo, donde la memoria del protagonista contrasta sus recuerdos con un punto de vista más actual, al narrar el lento proceso al que deben hacer frente los personajes. En parte parece que también rememora esos aciagos días como una forma de expiar sus pecados, como una confesión. Vete tú a saber si ante un juez o un loquero. 

A pesar de los cortos acontecimientos que se describen porque no hay mucha acción, David Vann logra rellenar cada página con interesantes comparaciones. Aparte de la lógica conexión con la naturaleza hay que destacar la relevancia que cobra el cuerpo del fugitivo, gracias a la imaginación del niño, quien le otorga diversas expresiones a través de múltiples muecas que le permiten participar en el circo provocado por sus captores. 

Resulta curioso el retorcido empeño por mostrar los primarios instintos del hombre. Algo tan antiguo como la supervivencia relacionada con la caza, cumplir un simple asesinato para alimentarse y que forme parte del proceso natural del hombre en la historia. La especie dominante junto a la ética de apenas encontrar diferencias entre llevarse por delante un ciervo o a una persona. Tampoco puede haber mucha diferencia si el mismo cristianismo arranca con el asesinato de Abel a manos de su propio hermano. Comparaciones teológicas que Vann aprovecha para extender su texto en diversas interpretaciones con mayor o menor acierto. 

En cierto modo, la historia tiene pinta de enredarse en la cavilaciones del muchacho junto a las amplias descripciones de la naturaleza. Y por esos lares anda el lector, a la búsqueda de una salida que no termina por llegar, salvo la de acumular una notable tensión a lo largo de las jornadas para terminar entre emparedados y cuchillos sobre la mesa. Porque no hay nada mejor que engullir bocados mientras se mastican los problemas a resolver. El mal rollo se extiende sobre los protagonistas del relato, aunque éstos intentan tirar para adelante como si nada. Aparcando los diferentes puntos de vista hasta que algo explote, o el más fuerte decida por todos. Pasadas ciertas páginas, Vann logra seducirnos con su extraña querencia al rodeo y habilidad para concebir frases contundentes. La novela termina por enganchar hasta el punto de disfrutar de los desvaríos del crio. 

No puedes tener a un hombre colgado al lado de un ciervo, dijo mi padre. 

Goat Mountain

David Vann
Ed Penguin Random House, 2014
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Sukkwan Island
Tierra
Goat Mountain
Crocodile
Acuario

20 de abril de 2018

Galáctica. Estrella de combate

Se cumplen 40 años del estreno de una serie etiquetada como de culto. O por lo menos, con la aprovechada memoria de la nostalgia para elevarla en el listón. También es cierto que la serie, creada por Glen A. Larson, surgió a rebufo del éxito de Star Wars. Apuntándose al negocio de las fantasías espaciales. Un atractivo genero que siempre cuenta con numerosos seguidores y que facilita ampliar el negocio hacia otras cotas llamadas merchandising. Novelas, cómics y hasta un remake durante los primeros compases del dos mil. Hoy día podría verse desde una perspectiva moderna que citase a la serie como retro o vintage, amables palabras para designar a está autentica antigualla oxidada. Porque en ciencia ficción, el tiempo termina siendo demoledor. Y más cuando la obra propuesta hace aguas en bastantes sentidos. La serie se estrenó en 1978 y obtuvo cierto éxito con una única temporada de 22 capítulos. Sin embargo, los altos costos de su producción terminaron por condenarla y el intento de rescate, con una segunda temporada hacia 1980, terminó siendo un desastre que es mejor no citar ni mucho menos visionar. 


Astronave Galáctica - © 1978 ABC - Image courtesy mptvimages.com
El argumento arranca con la posibilidad de un acuerdo de paz entre los humanos y los cylones. Un imperio de máquinas que fueron creados por una antigua raza de reptiles para enfrentarse a los humanos. Tras una larga guerra, en teoría milenaria, surge la esperanza de alcanzar la paz. Pero en realidad es una trampa, que ha dejado sin protección a las colonias humanas ubicadas en diversos planetas que sufren el ataque sorpresa de sus enemigos. La astronave de combate Galáctica termina siendo la única nave bélica que logra evitar el cerco Cylon, dando título a la serie y esperanza de supervivencia a la raza humana. A su alrededor se aglutina una pequeña flota de supervivientes en diversas naves. Pero el peligro persiste, porque los cylones siguen siendo máquinas programadas para exterminar a la raza humana, por lo que no queda otra que huir de tan obstinado fin. Los supervivientes se convierten así en refugiados, en un pequeño éxodo bíblico que surca el desierto espacial en búsqueda de un nuevo hogar. Y de ahí surge la esperanza en forma leyenda, que habla sobre una antigua colonia que alcanzó un planeta llamado Tierra. 


Clásico póster Sci-Fi
© 1978 ABC - Image courtesy mptvimages.com
Las referencias bíblicas son constantes y toma al comandante Adama (Lorne Green) como un Moises que guía al pueblo. Para ello cuenta con sus leales guerreros, de los que destacan su propio hijo Apolo (Richar Hatch), el supuesto crápula Starbuck (Dirk Benedict) y el fiel camarada Boomer (Herbert Jefferson). Los siguientes capítulos repiten el mismo esquema, con el avance de la flota a través del espacio, el respectivo ataque Cylon, el problemilla episódico y repartidas estancias en diversas colonias humanas. Éstas andan medio perdidas y ligeramente atrasadas, en una especie de conquista que orienta la serie en una especie de space western americano. Podría decirse que por esos lares sacó Joss Wheddon el argumento para su divertida serie Firefly, homenaje incluido con un planeta llamado Serenity en el octavo episodio. Hasta ahí las referencias vistas. 

La dupla Apolo/Starbuck acaparan tanto protagonismo como el pelazo que se lucía por esas fechas. Aunque chirría bastante la perfecta figura heroica de Apolo. Tan recatado, honesto y leal representante del perfecto caballero. Starbuck podría haber dado más juego por su condición libertina (mujeriego, jugador...) pero se le acota por la dichosa cuota televisiva para toda la familia. 

En general, Galáctica conlleva un argumento bastante previsible, por ser educado y evitar el insulto. Una de sus lacras es esa sensación destinada para todos los públicos. Característica que suele darse cuando en el reparto se incluyen niños con tendencia a entrometerse en el asunto de los mayores. La suma de episodios expone sin reparo una bonita distinción, el mero relleno de capítulos sueltos frente al carácter general de su arco argumental. La búsqueda de la tierra prometida. De ahí podrían destacarse algunos capítulos dobles que superan el clásico tema cerrado por episodio, y que muestra algo mejor el avance del pobre guión. Tampoco ayuda el escaso nivel de ciertos directores, quienes deprimen el visionado con una nula composición de estudio ni capacidad de manejar a los actores. O la constante repetición de imágenes, especialmente los vuelos de las naves de combate, sus enfrentamientos con los cazas cilones y las entradas y salidas de la nave principal. Parece que el presupuesto de los efectos especiales no daba para más y tuvieron que apañárselas con las mismas secuencias una y otra vez. La gracia llega cuando alguien se esmera en cambiar el orden de los planos. 


Recurrente puesta de estrellas - © 1978 ABC - Image courtesy mptvimages.com
También es de justicia reconocer que los capítulos finales levantan un poco el interés de la serie. Y se logra con algo tan simple como plantear disputas internas, como cuando se muestran los diferentes pareceres de los supuestos lideres políticos dentro de la propia flota. Mira por donde surge un escollo distinto, sin necesidad de recurrir al consabido ataque Cylon. Algo que los guionistas no supieron explotar del todo. De todos modos Galáctica logra cumplir su cuota con la historia de la televisión. Gracias al negocio derivado de su estreno original. 

Galáctica. Estrella de combate
Universal Television, 1978