Hará un par de años, di cabida en el blog una novela de, Alberto Vázquez-Figueroa, titulada como Manaos. En aquella entrada, me explayé algo sobre este divertido autor español que tuvo cierto éxito con sus novelas de aventuras en el último tercio del siglo XX. Incluidas algunas adaptaciones cinematográficas de carácter internacional, para mayor gloria de su bolsillo y para el de Hacienda, según él mismo.
En este último y cálido verano de 2026, ha llegado a mis manos un título demoledor, conciso y claro sobre la temática de la novela: Piratas. Un sustantivo directo y plural, alejado de mayores esfuerzos literarios. No hay ningún atisbo de engatusar al personal con nombres comerciales. ¿Qué hay de cenar? Pescao, pues chao a la pomposidad marketinera. Por simple curiosidad, he revisado los títulos de la larga obra de Vázquez-Figueroa, y aunque hay de todo, destaca ese carácter austero, simple y modesto de enunciar una única palabra: Hambre, Medusa, Coltán, Pederastas, Sicario, Palmira, Marfil, Tuareg, Ébano, etc.
Pero al grano, porque lo interesante está en el interior o eso se dice para justificar fachadas descentradas. El autor ofrece en Piratas un texto bastante entretenido sobre este noble oficio endulzado por el cine en múltiples ocasiones. El protagonista del relato se presenta en una pequeña isla del Caribe español, donde un joven Sebastián Heredia Matamoros ayuda a su padre a buscar perlas en la costa para poder subsistir, pues estos trabajadores son explotados por los gobernadores. A pesar de la humildad familiar, al muchacho se le presume cierta felicidad infantil, hasta que un fatal acontecimiento viene a trastocar las vidas de los habitantes de isla Margarita con la llegada del villano del texto. Un nuevo gobernador con la clara intención de enriquecerse con mayor ansía mediante el trabajo de los demás y ser tan déspota que se encapricha de la madre del protagonista. Para evitar cualquier falsa acusación o una muerte accidental, el padre y el hijo huyen de mala manera por el mar, hasta que son rescatados por un buque pirata. Un famoso navío botado como Jacaré Jack, capitaneado por un simpático escoces y la consiguiente tripulación repleta de sinvergüenzas.
De este modo, nuestro joven protagonista arranca su instrucción al mundo adulto sobre la mar. Y como todo héroe predestinado a mayores logros, rápidamente dará cuenta de cierta astucia, arrojo y desparpajo, atributos que irán engatusando tanto al capitán como al lector, que marcha entretenido en distintas y simpáticas fechorías. La novela de Vázquez-Figueroa acierta en su fabula mediante el entretenimiento y ritmos continuos, pero vuelvo a echar de menos un mayor desarrollo en algunos capítulos. Una elaboración más preparada en las peripecias propuestas que la acción constante. Obviamente, se reconoce que la energía del texto fluye mejor cuantas más aventuras se acumulan, pero hecho de menos algunas intrigas internas en la tripulación pirata, el autor apunta ciertas disidencias pero sin llegar a indagar claramente esos conflictos que darían mayor vida al texto. Porque esas situaciones darían mayor juego al abrir el amplio abanico de personajes que se nombran, pero que no llegan a acumular más que frases sueltas en diferentes espacios bien separados. Es un ejemplo sin más, de nombres que como Nick Cararrota o Zafiro Burman bien podrían haber tenido mayor protagonismo y haber aportado más. Cuando quiere, Vázquez-Figueroa expone otros argumentos sin relación alguna con la historia que esta contando. Como destacar una opinión personal sobre la casa de putas que debía ser la Casa de Contratación de Sevilla, tanto en la propia ciudad como con los desplazados al nuevo mundo. Un inútil monopolio que echaba a perder la exuberancia de tener un continente entero.
Pero la novela avanza, con el crecimiento lógico de las primeras acometidas del joven Sebastián en el arte de la piratería y la apreciación del capitán sobre el espabilado muchacho. Aparte de la buena construcción del viaje del héroe, toda gran aventura necesita de un villano de altura. Y nada mejor que emparejar en el camino de Sebastián al causante de la destrucción de su unidad familiar, del origen circular que suelen tener todas la buenas historias. Es un rencor clásico, visto y leído en múltiples ocasiones que sirven de pretexto para que el héroe tenga la excusa de alimentar el veneno que lleva dentro. El autor tiene la habilidad de construir una relevante venganza frente al gobernador, Hernando Pedrárias, quien a su vez se revolverá como un gato para reaccionar en una maravillosa perspectiva de añadir más mordiente a la novela. Sin embargo, Vázquez Figueroa se sale de la tangente. Sin animo de destripar nada, el escritor aprovecha un demoledor hecho histórico para ahostiar al lector con la mano abierta, y si pudiera, con algún anillo para que deje marca. Es una salida inusual, colocada claramente con romper una resolución que parecía visualizarse de antemano. Anticlímax lo llaman. Está claro que quería sorprender y lo logra. Que guste o no, es otra cosa bien distinta. Particularmente, no me entusiasma su propuesta después de lograr algo tan atractivo e interesante como provocar que tuviera ganas de seguir pasando páginas. Suele ocurrir cuando se disfruta del vaivén aventurero.
-En la conciencia de un hombre honrado pesa más la muerte de un canalla que en la del canalla la muerte de un inocente. Miguel Heredia
Piratas
Alberto Vázquez-Figueroa
Plaza y Janés Ed. 1997
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