20 de marzo de 2024
Cadena perpetua
27 de febrero de 2024
Frankenstein
Es un icono mundial. Un nombre y figura reconocida a lo largo y ancho de la cultura popular, cuya historia ha sobrepasado con holgura a las letras originales. Aunque el tiempo transcurrido también ha jugado en contra; al ser su historia adaptada en diferentes formatos, reinterpretaciones y alguna que otra actualización interesada que ha terminado por crear, a estas alturas de nuevo milenio, una idea general distinta de los textos originales. Por ello, conviene reivindicar la obra original, la historia compuesta por la británica Mary Shelley, publicada por primera vez en 1818 para que no caiga en el moderno manoseo de adaptar un texto a la actualidad. Han pasado dos siglos desde entonces, un tiempo que ha servido para asentar la efigie del monstruo de Frankenstein como uno de los grandes ogros de las historias de terror.
En el contexto de la creación del libro, suele citarse, con reiteración aunque con necesidad de contar la anécdota, el peculiar verano que Mary y su pareja, Percy Shelley, disfrutaron en Ginebra; al visitar al amigo y poeta lord Byron en un período complicado por las condiciones climáticas, achacadas a diversas erupciones volcánicas que arrebataron el habitual verano a los europeos de la época y cuyas continuas lluvias terminaron por encerrar, a los citados veraneantes, en una amplia casona a la espera de que escampara. Tal circunstancia, provocó una idea memorable: crear cada uno de los invitados una historia de fantasmas. Un confinamiento que también provocó el nacimiento de El vampiro, obra de John Polidori; la semilla a la que se agarraría Bram Stoker para crear su famoso, Drácula. Para mayores referencias sobre el atinado encuentro, pueden verse los filmes, Gothic, de los años 80 o la más cercana, Mary Shelley de 2017.
Quien salió ganando del viaje estival fue Mary Shelley y su obra inmortal. Frankenstein representa un aviso notable sobre la ambición del hombre, aupado económicamente por la revolución industrial y por el afán de los continuos avances científicos que disparan la imaginación hacia la posibilidad real de crear vida. La clásica referencia humana a jugar a ser Dios. A esa loca carrera destina su tiempo y genio un adinerado estudiante: Viktor Frankenstein, cuya enfermiza idea le lleva a dar pie al nacimiento del científico loco con su maniática misión. Pero Viktor solamente busca explorar los limites de la capacidad humana, sin plantearse las consecuencias de sus actos. La vida y la muerte me parecían fronteras imaginarias que yo rompería el primero, con el fin de desparramar después un torrente de luz por nuestro tenebroso mundo. Al fin y al cabo, el hombre suele actuar buscando el bien y en la novela, la autora hace hincapié en el dolor que supuso la pérdida de la madre del protagonista al comienzo del relato. Como si ése hecho tuviera que ver con la posterior obsesión de Viktor. Sin embargo, una vez creada la criatura, Viktor la rechaza sin remisión, sin mayor condescendencia que a reconocer, en la fealdad de su creación, la demostración palpable de su soberbia, del peligro que puede acarrear sobrepasar ciertos limites, e irresponsablemente huye del lugar para caer en extrañas fiebres de culpabilidad o conciencia.Y el engendro se escapa, a su libre albedrio por el mundo. Porque en realidad es un recién nacido con la salvedad de medir cerca de dos metros y medio. Y su cuerpo, hecho de los conocidos retales descritos mil veces, contiene mayor capacidad de resistencia a las inclemencias del tiempo y con una dieta más básica que le permite sobrevivir sin mayores sacrificios a pesar del abandono. Y lo primero que busca es lo que haría cualquiera: intentar socializar, reconocer a sus semejantes y hasta lograr integrarse, si eso fuera posible con la dificultad de su exagerado y deforme corpachón que provoca el desprecio y el miedo de todas las personas con las que se cruza. Y claro, alguien debe pagar el pato de sus desgracias, y nada mejor que buscar al hacedor y pedir cuentas de la chapuza de mundo al que le ha soltado.
Viktor Frankenstein es el protagonista absoluto del relato. Su criatura, a la que se le niega incluso un nombre propio, se mantiene casi siempre en un segundo plano, salvo en el intermedio de la novela, cuando toma el protagonismo del texto y nos explica sus intentos de lograr ser aceptado. Pero el miedo se impone a su alrededor y debe buscar, en la soledad de la naturaleza, el lugar donde poder establecerse en paz. Las montañas salvajes, los lagos, bosques profundos y el amplio espacio del campo, también son los lugares donde el protagonista intenta serenar su mente y nervios. Anda atormentado por la responsabilidad de su creación y de la acumulación de los daños que viene reconociendo a su alrededor. Un temor que se transforma en una amenaza continua hacia sus seres queridos. ...no obstante había atraído una maldición sobre mí, tan fatal como la de un crimen. Es un bonito contraste y una muestra continua en la novela la descripción de paisajes junto a la melancolía de los personajes. Un romanticismo que embiste la habitual oposición de la esencia natural frente a la ficción, digamos que científica, aunque sea levemente y muy por encima del trasunto de la experimentación y el trabajo de laboratorio.
La novela deriva hacia la rivalidad entre el creador y el monstruo. Por mucho que se esconda, las consecuencias de sus actos persigue a Viktor Frankenstein allá a donde vaya, un mal, que atormenta su vida y la de sus seres queridos por un ser, al que se le ha negado la humanidad y busca completarse de algún modo, y la venganza es una herramienta de sobra conocida. El texto entra ahí en una deriva repetitiva, alargando la resolución del conflicto bajo una continua advertencia que busca ampliar el desasosiego de Frankenstein hasta los limites de la cordura. Y del mundo. Es una constante en textos más antiguos, aquellos que a pesar de la letanía, saben sobrevivir con sobrada clase el exceso de detalles y descripciones. Es una obra indispensable
Hasta los enemigos de Dios y de los hombres tienen amigos y compañeros en su desolación. Yo, en cambio, estoy solo.
Frankenstein
2 de febrero de 2024
La traductora
Algún simpático rey mago debió pensar que tocaba actualizar algo mis lecturas. Seguramente, sus buenas intenciones estén orientadas a que un servidor se acerque algo más a libros contemporáneos frente a mis habituales visitas a obras pasadas. De esa guisa, tocó desembalar, con sorpresa, un libro titulado El enjambre. Novela cuya autoría corresponde a la dupla formada por José Gil y Goretti Irisarri, autores de otros títulos durante varios años y firmados en pareja. Pero al indagar un poco sobre el regalo, cabe destacar que hubo una obra precedente: La traductora. A poco que se rasgue un poco sobre ambas obras, se señala en diferentes sitios internautas, que pueden leerse por separado, sin necesidad de continuidad ni segundas aventuras. Pero oye, por si acaso, uno se da un garbeo por la biblioteca del barrio y arrancamos por el principio, que tampoco pasa nada por postergar el obsequio para más adelante y evitar sorpresas de empezar a leer por los tejados, que ya me ha pasado en otras ocasiones.
Curiosamente, La traductora tiene su trama narrativa en el siglo pasado. Alrededor del cacareado encuentro que mantuvieron Francisco Franco y Adolf Hitler en Hendaya. Justo después de la Guerra Civil Española y durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Una reunión enigmática gracias a la propaganda, al llegar Franco unos 8 minutos tarde. Como todo buen español. Pero el retraso da lugar a especulaciones y diretes interesados. Y de ese atractivo hueco, los autores de La traductora plantean una interesante trama de espionaje cuyo protagonismo recae en Elsa Braumann, hija de padre alemán y madre española que sobrevive en la España de posguerra traduciendo libros para una editorial. Su conocimiento del idioma alemán, la sitúan en la órbita militar para que sirva como traductora en el encuentro entre Franco y Hitler. Y de ahí, a la importancia de una reunión, que pueda meter de lleno a España en una nueva guerra, surge un movimiento paralelo con la intención final de ayudar a los aliados europeos contra Alemania y aspirar a derrocar al general Franco en beneficio de la monarquía española. 
-Una abeja, ¿eh? -replicó divertida-. No sé si la imagen me beneficia.
-¿Por qué no? Las abejas son criaturas extraordinarias: capaces de hacer miel y de morir matando.
Cabe destacar el trabajo de documentación, con múltiples referencias al Madrid de la época; tanto al señalar el estado de las calles, tras la bombas caídas durante la guerra; como citar comercios históricos en determinados lugares de la capital; o el singular estado de un metro cuyo suburbano sufría múltiples cortes. Hay también referencias al cine y a la literatura, obvio si tenemos en cuenta el oficio de la protagonista, aunque seguramente haya ciertas alusiones personales de los autores, sobre todo cinematográficos (la constante referencia a qué diablos se refiere el título de Lo que el viento se llevó) y otras más curiosas e innecesarias, como indicar la publicación de un libro por aquellas fechas de un tal Tolkien (El hobbit)
Personalmente tengo una tara lectora, seguramente dada por intereses personales, hacia un mayor desarrollo literario o descripciones que considero importantes. Por eso, hecho de menos una mayor exposición en diferentes fases. Como por ejemplo cuando Elsa deambula por el piso que los militares le han otorgado mientras preparan su misión. En esos pasillos y habitaciones, se acumulan una cantidad ingente de libros que el antiguo propietario ha intentado salvaguardar de un futuro incierto mientras Elsa se pregunta por la enorme colecta, por su antiguo propietario, sus intenciones y demás ideas que darían para un par de páginas. Pero esta fantasía se resuelve con un párrafo, escueto si tenemos en cuenta que el inquilino anterior y sus libros tienen su particular historia en la novela.
La traductora tiene otros puntos interesantes, una especie de aroma a clásico (lo siento, tengo que citar a Casablanca), como si fuera un filme en blanco y negro y su facilidad a la hora de hilvanar una trama con continuas sorpresas, sin complejos de saltar entre las diferentes historias que acumula o encarar a personajes dados en demasía hacia el estereotipo. El nazi Gunter Schlösser atemoriza e impone con sus salidas dictatoriales, pero le faltan matices que le enriquezcan frente a la idea preconcebida del malo malísimo, y por ende, tiene el peligro de caer en la caricatura. Tan innecesario, como su ficticia conversación sobre la belleza con Antonio Palacios. Aunque estamos en una trama de espías, sirva de homenaje al gran arquitecto de Madrid su breve aparición en la novela. Al menos queda la protagonista, y su periplo sobre un mundo masculino al que debe superar, sin mayores armas, que la tenacidad demostrada por el ser humano en situaciones extremas.
José Gil Romero y Goretti Irisarri
Ed. HarperCollins, 2021
20 de diciembre de 2023
Caribou Island
Gary.
David Vann
Literatura Mondadori, 2011
26 de noviembre de 2023
Carta de ayer
Llevaba tiempo sin acercarme a mis lecturas anuales de la Colección Reno, ahora que el curso del 23 amenaza con finalizar sin cumplir mis habituales tareas pendientes. Así que tocaba elegir, entre el material almacenado alguna obra sin criterio alguno ni preferencia. La escogida a voleo, Carta de ayer, de Luis Romero. De este señor, cabe destacar el premio Nadal otorgado en 1951 por La noria. Y aunque ha recibido otros laureles importantes en su trayectoria artística, sobresale la última obra citada como la más importante, o al menos reseñada a lo largo de los años. Con Carta de ayer, se cumple una de las premisas de la colección, la buena mano que tenían la mayoría de autores de dicha colección, y Luis Romero cumple con solvencia este aspecto. Otra cosa bien distinta es la historia de la novela, que puede convencer en mayor o menor medida dependiendo del gusto de cada uno. Pero que un tío, se marque más de 200 páginas dando vueltas a un tema concreto, se merece todos los respetos que corresponde a tal chulería literaria.
La narración anda extendida en la relación amorosa entre el protagonista y narrador, un joven bohemio, escritor y pobre de bolsillos vacíos; con una mujer adinerada, madura y separada de su marido en la España de posguerra. Es una historia conocida, en esta y otras disciplinas, la relación entre una mujer madura y un joven que anda medio perdido en la ciudad de Barcelona. Además, conviene recordar la fecha de la publicación (1953) para poner en contexto la sociedad y mentalidad de la época. A pesar de la diferencia de edad, la pareja congenia maravillosamente, sin necesidad de exponer el anzuelo del sexo, más bien redirigido a un acoplamiento más estrecho entre dos personas que necesitan estar continuamente juntas y disfrutar del trascurso monótono de la vida misma. La felicidad es tal, que para lograr tensar el relato, Romero se ve obligado a construir de base las grietas que amenacen con extenderse a lo largo de las páginas. Existe la fácil salida de tildar, que tal apego, termina por quebrar cuando el amor incondicional anula a una de las parejas en favor del otro. Claudia y las estrellas eran aquellas noches algo mucho más importante que cualquier cosa que la inspiración me hubiera podido dictar.
Con el paso del tiempo, el joven escritor se percata de su incapacidad creadora, ahogada por una felicidad embriagadora pese a diversos intentos de encauzar su oficio con algunos escritos que termina por destruir. No avanza ni desarrolla ninguna idea fructífera, simplemente se contenta con trabajos puntuales de encargo, al traducir obras extranjeras para lograr el dinero suficiente que le mantenga en su obsesionada nube de enamorado. Con el tiempo, su cabeza empieza a carburar, a reconcomer su posible fracaso de realizarse como hombre y de ahí, a buscar al culpable. Al que señala sin dilación: Claudia, su pareja. Por ahí empiezan otros diretes por los que Romero merodea sin rubor, sin cortarse en regodearse, durante páginas, en la cabeza del joven protagonista que continuamente divaga sobre los acontecimientos que le rodean, exponiendo la sociedad de la época y lograr salir airoso de las continuas vueltas de tuerca que expone en los párrafos. Incluso cuando el autor destripa, constantemente, pasajes posteriores al lector, aventurando por donde van a ir los tiros con la salvedad de desconocer el medio para alcanzar ese final citado. He ahí la gracia de un texto trabajado. Lo que jalona la vida humana es el dolor; el dolor es el hito que va señalando nuestras etapas, y es el sufrimiento quien fija nuestros recuerdos.
Para evitar que el tedio se apodere de la lectura en la continua exposición de la pareja, se añaden de manera discontinua a los secundarios, figuras clave que aparecen raudos a aliviar la acaparadora historia central y dar descanso a la trémula cabeza del narrador. Son pequeñas vías de escape que logran dar descanso a la creciente tensión que iba acumulándose en la pareja protagonista. Otorgando un necesario respiro a una historia que pudiera recaer en la constante repetición de problemas sin resolver y los rodeos que orbitan en la cabeza del joven. A medida que la relación encuentra sus primeros quiebros, el protagonista comienza a escribir una novela, y que a pesar de sus esfuerzos, parece encaminada a describir en paralelo su propia relación de pareja. Es un viaje que le acompaña a lo largo del texto, siguiendo los mismos vericuetos de su relación a pesar de los intentos por separar ambas historias. Sin embargo y pese a sus esfuerzos, la relación camina hacía su destino, predestinado con antelación por el propio protagonista y, al parecer, en conveniencia con Claudia. Juntos, al unísono, como si los problemas de amarse en exceso pudieran superar incluso el mayor de los desastres y no hubiera otra salida que la propuesta.
Sólo faltaba el desenlace, y ése no me atrevía a elegirlo, y menos aún a escribirlo.
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Bio de Luis Romero Pérez



