Han caído algunos años desde la primera lectura del debut novelero de Ray Loriga; a ojo calculo que fue a mediados de los noventa, y aunque después hubo repetidas ocasiones en las que releí esta novela, la percepción que dejó en su día se ha trastocado con el paso del tiempo en esta nueva visita. Un cambio que adormece el espíritu cómplice que se creaba con el personaje protagonista de Lo peor de todo. Porque por aquel entonces había más similitudes a la hora de enunciar una novela corta con claros tintes terapéuticos y autobiográficos, sobre todo a la hora de compartir inquietudes en una especie de repaso vital que parte desde su tierna infancia hasta el mal paso dado hacia la madurez. Ese áspero tramo que tiende a buscar algún tipo de sentido que permita al narrador ubicarse en la sociedad que le rodea. Similitudes varias si compartes edades parecidas a la hora leer esta novela.
Para evitarse problemas con sus seres queridos, el protagonista oculta sus nombres en meras mayúsculas, como cuando se refiere por ejemplo a su novia: T, por otro lado, apenas tiene miramientos en dictar a otras personas de corrillo. Como si estuvieras en el colegio y el profesor de turno pasara una lista constante que permite memorizar nombres y apellidos gracias a la continua repetición que se da a lo largo de los años. Toda una contradicción frente a la cautela más personal. Sin embargo, el propio protagonista esconde su propio nombre y lo sustituye por el apelativo de Elder Bastidas, apropiándose tal título al leer la placa de un tipo que pertenecía a una secta religiosa.
El reencuentro con Lo peor de todo viene precedida por un relato anterior, al recordarme Umbral en Travesía de Madrid el esquema repetitivo, simple y contundente del supuesto paso de la juventud hacía un futuro incierto. También a la continua reiteración de ideas que se van mezclando con el supuesto avance narrativo del texto. Es decir, repetir constantemente frases e ideas expuestas a lo largo del texto. Lo mismo que realizó Loriga unos 25 años después, añadiendo y retorciendo tales ideas hasta encontrar la gracieta. En esta novela destaca su tono chulesco, divertido y faltón que funciona gracias a la continua exposición de frases cortas, rotundas y en ocasiones, hasta graciosas.
Cabe destacar el retrato juvenil de la época a través de un tipo desorientado que rememora diversos recuerdos de su vida, desde la infancia escolar hasta su actual camino hacia la madurez. La obra expone todos aquellos temas recurrentes en el crecimiento personal como la perdida de la infancia o la melancolía de los sueños sin cumplir. Lógicamente existe una puerta a la esperanza gracias a la ingenuidad que aporta el amor. Ese alocado sentimiento que parece sufragar todas las penas bajo la protección simbólica de poder encontrar el amor verdadero en una persona destinada a ser la única. Como cualquier canción popera que triunfa cada verano hasta que pasan los años y descubres que hay más opciones por descubrir. Pero en realidad es una mera excusa de intentar ocultar su fracaso vital dentro de una sociedad en la que el protagonista no encuentra ni el sentido ni sitio alguno. Dan ganas de darle la bienvenida al juego, ahora que tengo ventaja claro, porque el juez principal discurre sin detenerse en nimiedades porque avasalla con todo. Está claro que la percepción individual ha cambiado desde hace tanto tiempo, que la única recomendación es que cada uno participe como quiera, o más bien, como pueda. Elder incluido.
Para el director era poco menos que un asesino. Me dijo que me faltaba mucho para ser una buena persona. Pero es que cuando eres pequeño lo último que necesitas es ser buena persona. Cuando eres pequeño piensas que aún te quedan posibilidades de convertirte en un verdadero hijo de puta, así que intentas aprovecharlas.
Ray Loriga
Ed Alfaguara, 2008
No hay comentarios:
Publicar un comentario