16 de junio de 2014

Fortines, parapetos y trincheras: Cumbres nacionales de la Jarosa

Última excursión a los restos de la guerra civil en el entorno al municipio de Guadarrama. Localidad que por su situación geográfica aglutinó cierta relevancia por la importancia de controlar el susodicho paso de el alto de El León. Y desde este mismo punto nace esta entrada, que recorre las posiciones nacionales sobre el cordal de los pinares de la Jarosa. El
itinerario es circular y pasa por las cumbres de la Gamonosa hasta Cabeza Líjar, para después regresar al inicio de la ruta. En este trayecto se incluyen los restos situados al sur del puerto de Guadarrama frente a los ya citados en entradas anteriores como Alto de el León, vertiente madrileña y segoviana. Restos que se encuentran al norte de la carretera. Este histórico paso de montaña hace referencia al sector central de las posiciones nacionales, mientras que las restantes posiciones fueron clasificadas como sector izquierdo. Que es a donde vamos.

Mirador de Cabeza Lijar
En la misma cima del puerto se encuentra la estructura de un excelente barracón de campaña, gemelo de otro situado al otro lado de la carretera y que se encuentra preso de las vallas. Pero este primer barracón se convierte en la primera visita que realizo, tras estacionar el coche junto al inicio de la pista forestal que conduce a Peguerinos, justo al lado del restaurante. Detrás de ese mismo establecimiento, famoso por sus carnes rojas, se encuentra el puesto de mando de la posición nacional. Hay una alambrada pero con un paso previsto para visitar el complejo fortín que parece más bien una suma de construcciones. Se agradece también esas puertas metálicas que impiden algo el paso de la humedad durante los inviernos a su interior. En este punto tengo que realizar una matización. 

Tras pasar la alambrada y después de un depósito de gas, surgen una serie de trincheras que conducen hasta dos curiosos puestos blindados que controlaban la carretera. Pero más abajo de esta parcela, hay un rebaño de ovejas
El Alto de el León
custodiadas por un par de perros bien grandes, en especial un mastín, algo flaco, que no dudaron en aproximarse ante la inusual visita del aficionado a la fotografía. Siendo las ocho de la mañana y acompañado por mi mascota, me llevé un pequeño susto ante unos animales que ejercían su trabajo de vigilancia, pero que podían salir tranquilamente fuera de la finca por el acceso abierto descrito anteriormente. Por suerte estos animales parecían ser más curiosos que agresivos, aunque la prudencia debe estar por encima para cualquiera que intente pasar a ver los restos. Me abstuve de tentar a la suerte y tras dejarme oler y acariciar al mastín, reinicié el paseo por la pista forestal que lleva hasta el pueblo abulense de Peguerinos.



Esta pista forestal fue creada después de la guerra civil, como un camino de vía crucis hasta Cuelgamuros. Por este motivo existen varias cruces en el inicio del recorrido, aunque la mayoría se encuentren hoy abatidas por el paso del tiempo y el hacer de la gente. Gracias al trabajo de alguna anónima persona que se ha dedicado a numerar las cruces con un llamativo rosa fosforito, podemos situar las desaparecidas o las que descansan en el suelo. Mi reconocimiento personal hacia esta persona. 

También pasamos al lado de unas instalaciones militares donde destaca un antiguo fortín integrado a esta edificación militar. La ruta sigue por la pista hasta cruzar el paso canadiense. Aquí lo normal es ascender a la Gamonosa por la senda que asciende por la derecha, continuar hasta Cabeza Líjar para luego descender tranquilamente por la pista forestal hasta el punto de partida. Pero como voy acompañado por mi perro, al que siempre llevo suelto, decido realizar el trayecto al revés y esquivar así el abundante tránsito de la pista que horas posteriores conlleva, ciclistas, senderistas y vehículos motorizados. Así pues, la primera parada la realizo en el singular fortín observatorio que se encuentra pegado a la pista forestal. Visitado mil veces y en un excelente estado de conservación, donde destaca su entrada en forma de cuatro y su interior, donde sobresale el hueco destinado a la observación. A su izquierda hay una trinchera que se interna en el pinar y que nos lleva hasta dos berrocales separados por unos pocos metros entre si. En estos grandes pedruscos, la trinchera curvea entre algunos restos de escaso interés, viviendas y algún que otro pozo de tirador. Una especie de ramo adosado a un tronco parece querer coronar algún detalle personal, aunque me llama más la atención la presencia de un frondoso tejo frente a la tiranía del pino en esta parte de la montaña. El tejo sirve como hito para regresar hacia la recitada pista forestal donde un poco más adelante se encuentra la fuente de las Hondillas, ideal para comprobar las reservas de agua, pues es la única fuente de toda la ruta.


Según se avanza por la pista y antes de que está inicie una serie de curvas, se haya la posición Loma de Requetés, fácilmente identificable al ser atravesada por un cortafuegos. Esta posición, dominada por los famosos requetés navarros, se encuentra fortificada por un muro que recorre la ladera de la montaña, en su interior los restos vuelven a ser básicamente viviendas y algún que otro nido fortificado que protege la línea nacional ante un presumible ataque republicano por la pista que asciende por el pinar. Destacar un derruido pozo por las vistas que obtiene sobre los pinares de la Jarosa. El muro continua por la ladera hasta perderse en la maleza, mientras que nuestros pasos vuelven a la pista forestal, hacia una revuelta del camino que nos deja frente a una enorme cruz derribada con el símbolo de la falange grabada en su cuerpo. Desde aquí hasta el collado de la Mina hay un breve paseo donde poder admirar el paisaje que ofrece esta antigua carretera de montaña. Durante el trayecto incluso hay alguna trinchera que sube por la ladera hasta alguna vivienda perdida. Aunque lo mejor es subir sin dilación hasta la base de Cabeza Líjar, donde se encuentra el frente de guerra nacional ante la línea republicana de la Salamanca. El collado que separa ambas elevaciones recibe el actual nombre de la Mina, que hace referencia a una antigua explotación de wolframio y que viene a sustituir al anterior nombre de la Cierva, citado antaño en los libros de montería de Alfonso XI. Pequeña aclaración si cabe ante tanto nombre topográfico. 

El ascenso a Cabeza Líjar se hace tranquilamente a través de los señalizados senderos hasta su cima, donde un excelente mirador corona la cumbre. Un pequeño refugio nacional se encuentra en su base como punto de observación, y muy cerca un nido de ametralladora vigilante sobre el frente republicano. Al lado del vértice geodésico hay un panel panorámico
Collado de La Gasca hacia la Gamonosa
donde se indican las inmejorables vistas del lado madrileño al poner nombre a montañas y cumbres. Tampoco desmerecen las vistas castellanas con la cercana Cueva Valiente, la 
meseta y la sierra del Quintanar. Desde esta cima de 1823 metros podemos hacer un alto para ubicar las diferentes posiciones que rodean al municipio de Guadarrama y que sirven de resumen a esta temática particular del blog. De izquierda a derecha se observan fácilmente las distintas posiciones, las nacionales del puerto de el alto de El León y del collado de la Sevillana, más al noreste las republicanas del cerro de Matalafuente y su cordal hasta la Peñota. En el valle a los pies de esta última montaña, las líneas republicanas mantienen una serie de fortines que llegarían a enlazar con las posiciones de los Tomillares. El cerro cercano es la Gamonosa, que extiende su loma hasta la posición de Requetés, Solana de la Teja, Baterías y alcanza el cerro de la Viña como punta de lanza de los nacionales. Peña Cervera queda relegada tras esta loma que impide su vista. La línea republicana tiene Álamos Blancos como avanzadilla, bien visibles por el contraste del verde de sus hojas, en esta primavera, frente a las acículas de los pinos. Por encima del embalse y cerca de la autopista, Cuesta de la Herrería y la trinchera descendente de la Dehesa de Arriba. La siguiente elevación redondeada es cerro Santo (Rojo durante la contienda) mientras que por debajo del embalse, se aprecia el trazado del cortafuegos que nace cerca de la línea republicana de Cerro Lobos, sube por Hornillos hasta alcanzar la Salamanca y su posterior cordal. Unas buenas vistas que acogen prácticamente todas las excursiones anteriores.

Pero todavía queda completar esta última, para lo cual descendemos camino de la Gamonosa por las marcas del GR10. En un principio nos acompaña un muro/parapeto, mientras que otro muro baja en diagonal hasta una vivienda, retorno al sendero y desciendo hasta que un
Observatorio en la Gamonosa
nuevo muro se interna en la ladera de Cabeza Líjar. Los restos son mayormente viviendas y barracones que se encuentran dentro de una especie de fuerte al encontrarse estas construcciones en su interior. La mayoría alrededor de berrocales que ayudan a identificarlos. Una vez consumada la visita por esta especie de plaza fuerte, se vuelve al sendero para bajar hasta el amplio collado de La Gasca. El murete continua acompañándonos también en el siguiente ascenso hasta que aparece una alambrada que será nuestro próximo guía. En este punto recomiendo continuar por el lado madrileño pese a la presencia de algunas construcciones derruidas en la otra vertiente. El cerro de la Gamonosa también se la conoce como cerro Piñonero, más nombres a sumar para quien intente memorizar los montes por donde circula. Lo bueno de este cerro es su alomada cima, donde un poste de una ruta local junto a una explanada abierta nos invita a salir del sendero para llegar hasta la posición Loma de la Falange, hacia el este. Una trinchera nos introduce en un nuevo conjunto de viviendas y pozos de tirador, aunque en un berrocal destaca un nuevo observatorio blindado como culmen a esta posición que terminó siendo un puesto de retaguardia de Cabeza Líjar. Tras merodear las restantes edificaciones regreso al sendero para bajar nuevamente hasta la pista forestal de inicio. 


Pero aún queda más. A la izquierda del anterior paso canadiense, hay un vallado con un acceso que nos recuerda la necesidad de volver a cerrarlas para evitar el libre transito del ganado. Muy cerca, una especie de vaguada que podría ser una antigua trinchera, invita a adentrarnos por el pinar hasta llegar a los primeros restos. Tras dejar las primeras ruinas destacan un clásico refugio en bóveda que aún conserva una viga en su dintel y otro más espectacular en tamaño, con doble entrada y respiraderos en su techado. Estas son las ultimas construcciones que se mantienen en un buen estado en esta zona, donde abundan otros refugios peor conservados. Al otro lado de la ya cercana carretera, hay otro refugio en bóveda del que me abstengo de visitar a causa del continuo tránsito de coches. Solo queda deshacer los pocos pasos dados hasta la alambrada anterior para retornar al alto de El León, y que a estas horas de la mañana contiene un buen número de visitantes, ciclistas, senderistas y demás fauna humana al que me sumo para copar con nuestra presencia este paso histórico.





Panorámica
Álbum fotográfico


7 de junio de 2014

El libro negro

En ocasiones es inevitable caer en el tópico, o en la redundancia de una frase para referirse a una personalidad en concreto. Como en el caso del escritor turco Orhan Pamuk, a quien se le concedió el premio nobel de literatura en 2006 y con el paso de los años siempre he escuchado o leído la cantinela de que "le dieron el premio por denunciar el genocidio armenio". Una especie de reconocimiento a su actividad personal frente al valor de su profesión. Particularmente pienso que todo premio debería estar siempre en sospecha aunque el tiempo imponga finalmente el simple criterio de la efeméride.

Expuesto lo anterior, queda centrarse en la entrada dedicada a un libro de este autor. En primer lugar he de reconocer una cierta complicación en la lectura motivada por la ubicación
geográfica. En El libro negro se recogen innumerables referencias culturales e históricas que desconozco al ser mi educación básicamente occidental. El escritor hace numerosos desgloses de personalidades y de poblaciones históricas desconocidas por mi parte y donde se mezclan en una sociedad a caballo entre dos mundos. Es la gracia que posee Turquía, una nación oriental que mira constantemente a occidente como modelo a imitar. Por lo menos esta particularidad se subsana fácilmente gracias a un viejo hábito de apuntar palabras o personajes desconocidos. San google hace el resto posteriormente, y así sumar algún conocimiento extra que sirva para pavonearme en alguna partida de trivial. 

Una vez ampliado el conocimiento de ciertas figuras históricas, queda la tarea de intentar describir las sensaciones que la novela provoca. Y tampoco resulta sencillo. Pamuk expone un libro separado constantemente en dos partes diferenciadas por capítulos. De inicio se presenta al personaje principal, un sencillo abogado llamado Galip, al que su esposa abandona sin grandes motivos aparentes, dejando como despedida una simple carta de diecinueve palabras. La otra parte de la novela son artículos periodísticos escritos por el tío del protagonista, un famoso y particular periodista que responde al nombre de Celal Saik, que para colmo es el hermanastro de Rüya, la mujer que desaparece de la vida de Galip. 

En teoría la trama de la novela se sustenta en la incansable búsqueda que realiza Galip para encontrar a su esposa a lo largo y ancho de todo Estambul. Mientras que la temática de los capítulos referidos como columnas periodísticas, aparecen de manera espontanea y curiosamente empiezan a tener ciertas similitudes con el argumento paralelo, como si se tratase de una confirmación, orientación y aclaración necesaria para comprender el complejo texto que va proponiendo Pamuk. Porque la novela empieza a dibujar un camino sinuoso donde el escritor abusa de la enumeración y de la exposición de diferentes ideas en una sola frase.Y según vamos pasando páginas menos sentido tiene la búsqueda de Galip, quien se enreda en una serie de señales, pistas y derivados que solo el personaje principal es capaz de entender.El escritor nos introduce en un tedioso correcalles donde se acumulan paseos por la ciudad de Estambul, visitas a antiguas amistades y extrañas peripecias que terminan por transformar la búsqueda de la mujer perdida hacia la construcción de una identidad distinta. Normalmente en todas las tramas, los personajes evolucionan de tal modo que terminan siendo diferentes a como empezaron. Pero esta novela parece querer jugar con ese cambio de identidad elevándolo a toda la sociedad turca. Algo así como el cambio que impuso Atatürk, el presidente que colocó los cimientos para que Turquía mirase a occidente como modelo de avance para la sociedad de su país. Ese cambio fue realmente excesivo si se tiene en cuenta que incluso se llego a imponer el alfabeto latino por encima del árabe tradicional. Además de otras prohibiciones que arrebatan parte de la identidad nacional. 

Foto extraida de la web novonite.com
Photo by EPA/BGNES

Parece que que Pamuk denuncie, en parte, como la propia identidad turca se desprende de sus ciudadanos a través de la influencia occidental, al ser considerada más adelantada y ejemplo a imitar por las autoridades. De este modo y volviendo a la novela, van apareciendo personajes que han vivido vidas que no eran las suyas, como la mujer enamorada en su juventud de Galip y que imitaba a Rüya con el deseo vivir lo que vive la otra mujer. Otro ejemplo es el artesano de los maniquíes, que en su afán de realizar un buen trabajo creando figuras exactamente a como eran sus conciudadanos, terminó ocultando sus creaciones porque a nadie le interesaba colocar en su tienda un maniquí exacto de un ciudadano turco. Un artesano que comprueba como sus conciudadanos han ido modificando su esencia y lo identifica en los gestos propios de su cultura que han sido sustituidos por las influencias forzosas de occidente.  

Esa identidad termina por afectar a la historia en un alargado enredo sobre la búsqueda personal del yo. Entre los relatos y las desventuras de Galip frente al espejo, un humilde lector se encuentra atrapado en una continua noria que da vueltas sin parar sobre lo mismo una y otra vez. Es un defecto a mi entender de Pamuk, quien debe estar tan agusto de haberse conocido que exagera su inabordable talento mirándose continuamente el ombligo. 



... el lector que intentaba resolver el misterio con sus propios conocimientos y la regla en la mano no se diferenciaba del caminante que va descubriendo el misterio según camina por las calles del mapa, ....

El libro negro
Orhan Pamuk
Ed Alfaguara

27 de mayo de 2014

Saltos, pozas y cascadas del arroyo Aguilón

purgatorio,ria

  1. adj. purgativo.
  2. m. Para los católicos,lugar donde los justos deben purificar sus imperfecciones antes de poder gozar de la gloria eterna.
  3. Cualquier lugar donde se pasan penalidades
La cascada
La famosa cascada de el Purgatorio emerge sobre una especie de muro que en vano intenta atrapar sus aguas. La formidable roca que se alza a ambos lados del arroyo parece querer guardar tras de si el origen del Aguilón, dando como resultado el espectacular salto de agua. Hace ya un tiempo que visité esta cascada a través del camino habitual saliendo desde el monasterio de el Paular. Y ya entonces, me fascinó la caída a través de esa muralla rocosa que parecía querer ocultar la vista de los curiosos más allá de lo necesario. Sólo ha sido cuestión de tiempo volver a visitar la susodicha cascada pero con un inicio y un desarrollo bien distintos, al seguir otra ruta menos transitada donde acompaño al arroyo Aguilón hasta su lucimiento particular. La idea inicial era hacer una variante a una ruta montañera publicada en diversos medios, bajando por el arroyo de La Najarra o desde el refugio de la Morcuera, pero ciertas obligaciones hacen que deje los experimentos para otra ocasión. Por si acaso me lío, decido arrebatarme horas de sueño para aprovechar esos días sueltos que me corresponden por trabajar en exceso.

El punto de salida se encuentra justo antes del km 20 de la M-611, en un pequeño espacio habilitado para poder estacionar el coche tras coronar el puerto de La Morcuera, subiendo por Miraflores de la Sierra. En ese espacio se encuentra el acceso que permite el trabajo
El Aguilón recibe refuerzos
forestal donde confluyen los cortafuegos alrededor de un área de repoblamiento de pinos. El cortafuegos de la derecha es el camino de regreso, siendo la ruta circular lo mismo la próxima vez la realizo a la inversa. Queda pues bajar por el amplio cortafuegos de enfrente de la entrada y con una leve bajada en su inicio. Tras unos breves pasos donde disfrutar del paisaje, la ladera cae en picado y se añade la dificultad de la numerosa roca suelta que me obliga a tener cierta precaución hasta alcanzar la vaguada por donde desciende un pequeño arroyuelo. Muy cerca, el rumor del Aguilón se abre paso por unos exiguos arboles de repoblación, y en donde recibe con gozo la suma del arroyuelo anterior a su cauce. La gracia del paseo consiste en seguir el camino del Aguilón aguas abajo hasta la cascada y disfrutar del agradable sonido del agua. Los diversos instrumentos consisten en numerosos pasos donde el agua salta con soltura sobre las rocas, o se recoge en pozas donde insinuar baños veraniegos. El problema reside en escoger el lado correcto de bajada junto al arroyo, donde es inevitable apelar al sentido practico del excursionista y a su propia intuición. En ocasiones surgen estrechas veredas junto al arroyo que facilitan el paso, mientras que en otras debemos sortear el cauce del arroyo intentando buscar siempre la mejor opción. 


Una de las múltiples pozas
El arroyo Aguilón, por su parte, nos regala bonitas estampas a través del bosquecillo que se alinea a su alrededor, pozas y chorreras junto a pequeñas praderas verdes donde uno duda estirar el mantel en plan dominguero o apuntar en que poza debería regresar para refrerescarse en verano. Bosco no se anda con remilgos y aprovecha mis continuos parones para comprobar el frescor del agua y corretear alegre de un lado a otro. El descenso lo hago bastante lento hasta que llego a un primer paso rocoso. El agua implacable se ha abierto paso entre la dura piedra a base de constancia y se lanza rápido sobre la roca hasta superar este precioso tramo, donde pequeñas chorreras afinan la velocidad del agua para la cascada final. Nuevamente aparece la vegetación para dificultar el paso del senderista y el desnivel de las laderas se empinan. Señal de que queda poco para llegar al culmen de la excursión, no sin antes sortear nuevas pozas y seguir estrechas sendas paralelas. En este lugar lo mejor es pasar al lado derecho del arroyo y superar un pequeño alzamiento que nos sitúe en la mejor zona para visitar la excusa de este paseo. Después el arroyo vuelve a navegar sobre la roca que precede a la cascada. Toca volver a ascender una leve cota con la inestimable ayuda de unos hitos a modo de guías para sobrevolar a un lado del denominado Purgatorio. La cascada cae a plomo sobre la roca, mientras uno intenta acercarse todo lo que puede bajando por la ladera en un pequeño ejercicio de barranquismo. 
Brandy y anís
Al regresar al altillo anterior, se ve lejano el monasterio de el Paular y el pueblo de Rascafría. Dan ganas de continuar acompañando al Aguilón pero el coche anda estacionado en otras altitudes y la hora empieza a rozar el limite del permiso. Desde este lugar la mejor opción es tirar todo recto para arriba sin buscar alternativas. A campo traviesa, dando la espalda a la cascada y al arroyo, con la dificultad de superar un fuerte desnivel que acorte el itinerario de regreso. Al coronar la loma, se reconoce un amplio cortafuegos en el horizonte que tomaremos de subida hasta que conecta con otro cortafuegos que recorre el cerro en horizontal hasta el punto de partida. Un par de subidas sobre ese amplio espacio que parece una autopista si se compara con el tránsito anterior. 

Álbum fotográfico

Bibliografía. 

Libro - Las mejores excursiones de la Sierra norte de Madrid. 
Ed. El senderista.
Autor. Vicente M. Ortuño. Ruta 25.

Enlace web
excusionesysenderismo.com



20 de mayo de 2014

La tía Tula

Esta película es una de esas joyas nacionales que debería estar incluida en algún supuesto listado de la cinematografía española. La tía Tula supuso el brillante debut de Miguel Picazo, adaptando una obra de Miguel de Unamuno a los tiempos de exhibición de esta cinta, mediados de los 60 del siglo pasado. Una labor que fue reconocida en el festival de San Sebastián al premiar al novel director por su trabajo. Otro dato importante es que también se suele incluir a esta película dentro de una corriente denominada como Nueva Ola del cine español, donde destacan ilustres cineastas como Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga o Carlos Saura como principales abanderados.
"Tula, tengo que hablarte"
La historia de esta película narra la difícil convivencia entre Tula y su cuñado Ramiro, quien tras perder a su esposa, es acogido por Tula en su casa para que le ayude a criar a sus dos hijos. Pero cuando un pretendiente de Tula pide ayuda a Ramiro para que éste interceda en su favor para poder casarse con ella, solo consigue despertar en Ramiro ciertos sentimientos de atracción hacia su cuñada que se irán desarrollando a lo largo del filme. En este caso pesa la parte literaria para mostrar la evolución de los personajes principales a través de un ritmo pausado y de espacios cerrados que remarcan las conductas de ambos en un aspecto más psicológico, donde se encierran los sentimientos de los protagonistas. Aurora Bautista destaca como Tula, el personaje central de la cinta cuya voluntad, dedicación y esfuerzo sirve para catalogarla como una mujer excepcional pese a la época que le toca vivir, donde la mujer se encarga de las tareas del hogar y el hombre en ir a trabajar. De este modo, Tula ocupa el puesto de su fallecida hermana para hacerse cargo de los niños, y de cuidar del mismo modo de su cuñado Ramiro. El argentino Carlos Estrada da vida al protagonista masculino, el hombre que en ocasiones parece más bien un niño grande y que desencadena los conflictos del filme al formarse la idea de tomar a Tula como esposa.
Escena familiar, los deberes, la plancha y el periódico
A pesar de la excepcionales cualidades de Tula, las formas, el que dirán y la moral dominan su inquebrantable personalidad arrolladora, demostrando realmente quien calza el pantalón en su hogar pese a las inteligentes muestras que Picazo ofrece a los espectadores de la existencia de las dudas y del quiero pero no puedo. La cinta pues, sigue ese camino donde ambos protagonistas principales se enfrentan a un destino que les condena a parecer una familia pero sin llegar a consumarla, que es lo que finamente pretende Ramiro. La condena parece incluso una broma, ya que ambos parecen un matrimonio que discuten como cualquier pareja por la educación de los niños. "Has dejado muy suelto al niño" dice ella. "La mimas demasiado" contesta él. Discusiones normales sobre la prole quienes encima parecen una extensión de los personajes principales con el nombre incorporado, Ramirin el nene, Tulita la nena. 

Un grado importante es la pretensión sexual de Ramiro hacia Tula, reprimida en primera instancia por la enérgica forma de ser de la cuñada, cuyo personaje se obceca en su deber y a la memoria de su hermana. La calentura de Ramiro va subiendo de temperatura y destaca la forma de exponerla de Picazo en la atormentada mente del protagonista masculino, donde las sofocantes noches veraniegas impiden conciliar el sueño, y hasta los ladridos de los perros subrayan la condición de esa molesta sensación de locura. Para intentar disuadir a su cuñado, Tula impone un cambio de aires para combatir también los calores del verano marchando al pueblo, buscando la alegre sensación del campo, el refrescante baño del río y los recuerdos del pasado que parecen trastocar algo las ideas de esta mujer que se percata de la rapidez del paso del tiempo. Tan rápidos como los remarcados trenes de la vida, esos que vemos partir para no volver. 


La tía Tula de Miguel Picazo
1964

13 de mayo de 2014

VI Vuelta a la Jarosa

Alex, un servidor y Maxi.
Muy dura se me ha hecho esta VI Vuelta a la Jarosa, prueba que se celebra en mi pueblo. Por eso tiene mayor delito, a pesar de conocer la dureza del trazado, mis entusiastas ganas de hacerlo bien, me llevaron a forzar en exceso. Pero lo mejor es empezar por el principio y dejar el tejado para el final, ya que esta carrera servía de excusa para volver a juntarme con mi amigo Maxi, quien tuvo la imprudencia de prometer que haría esta carrera en público y en un alarde de inocente entusiasmo. Obviamente me vi empujado a acompañarle, con escasa resistencia por mi parte. Para completar el trío, mi primo Alex, que venía de debutar en el maratón hace solo dos semanas en Madrid y al que tampoco hubo falta tocarle mucho las palmas para que se apuntase.

Tras la recogida de dorsales y un leve troteo por las inmediaciones, nos despedimos de nuestras respectivas para situarnos en la melé de los casi 600 corredores inscritos. Una buena manada que aumentaba la sensación térmica del adelanto veraniego que se ha dado este pasado fin de semana. Dada la salida, me animo en demasía en seguir los pasos de mi primo, mientras Maxi, inteligentemente, se despide para hacer su propia carrera. Las primeras zancadas las hacemos a un paso bastante ligero, hasta que la trialera de la cola del embalse empieza a ponernos a cada uno en su sitio. A mí el primero, al constatar que el ritmo de Alex no cuajaba con el estado de mis piernas. Incluso parece que recupero la sensatez al no perder la vergüenza por subir andando esta simpática pared, más propicia a disfrutarla bajando en bicicleta que a intentar subirla corriendo. Una vez superada la trialera, trato de volver a trotar cuando el camino vuelve a erguirse hacia arriba. Mi cabeza quiere aunque mi cuerpo reclame mayor sosiego. La visión de la Cruz de los Caídos, como decorado de fondo, sirve para atestiguar el calvario que me estoy creando yo solito. Porque finalmente no queda más remedio que empezar a intercalar leves zancadas con múltiples pasos, incluso en un desvío hacia una estrecha senda que coloca a los corredores en fila india. Ante todo un poco de orden y donde algunos avanzamos a la misma velocidad andando que otros corriendo. 


Foto extraída del blog de organización

El circuito alcanza la pista forestal asfaltada que rodea el pinar, símbolo de los últimos coletazos de ascensión. Sigo sufriendo a pesar del simpático momento donde una serie de corredores me superan cuando camino, hasta que les vuelvo a adelantar cuando invertimos el proceso deportivo, ellos andan mientras yo intento correr. 

Por suerte llegamos hasta la pista de bajada que yo siempre recuerdo haberla citado como Barranco de los Lobos, pese a la insistencia de los mapas topográficos de renombrarla como calle de los Álamos, cosas de autóctonos. Durante el descenso cometo el error de bajar como un condenado demonio en lugar de reposar algo las disparadas pulsaciones. Voy lanzado, con la firme intención de recuperar algo que pienso haber perdido sin sospechar que seguramente lo esté malgastando. La bajada contiene algunos tramos de falsos llanos, donde compruebo que el depósito anda ya encendido por mucho punto muerto que intente dejar cuesta abajo. Vuelve a repetirse el ritual anterior, adelanto a algunos cuesta abajo para volver a perder lo ganado en cualquier otra variación del terreno. Estoy tan fundido, que tengo que volver a pararme para recuperar el resuello en un leve pico de subida para poder afrontar dignamente los últimos metros de meta, que también pican algo hacia arriba. Menos mal que la familia anda esperando a su torpe héroe para felicitarle de todos modos. Incluso sacar las fuerzas necesarias para corresponder la petición de mi pequeña para que la sostuviera en brazos después de una hora sin saber donde diablos andaba su padre.

Curiosamente Alex tampoco acabó contento, al parar el crono en 55.04. Algo peor que su marca un año antes. Maxi completó la carrera que pretendía, llegar a meta y con la idea clara de rebautizar el nombre de la prueba como el Infierno de la Jarosa. Mi tiempo personal 56:25. Tampoco tan malo después de perder cierta rutina con los entrenos. Además he decidido quedarme con alguna lectura positiva, pese al mal sabor de boca en general. Bajo muy bien, lógico si tenemos en cuenta que es bastante más fácil que subir cuestas, pero mi experiencia en esta carrera ha sido bastante agradable, superando con cierta facilidad algunos tramos complicados donde las piedras sueltas hacían dudar a más de uno. Queda pues contentarse con lo que hay y esperar pacientemente a mejorar en futuras carreras.


Penando en una pared
Foto extraída del blog de organización
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Vuelta la Jarosa