Mi cabeza tiene un recuerdo difuso, lejano y perdido de la película ochentera dirigida por David Lynch. Pequeñas imágenes que encienden alguna neurona medio apagada al revisar, recientemente, un tráiler de la época y reconocer, por ejemplo, a Sting en el reparto. Cerca de 40 años después, el libro Dune recibe una nueva adaptación cinematográfica, repartida en dos partes de la mano de Dennis Villeneuve. Y en medio de este refrito personal, me encontré por casualidad un ejemplar de la novela tirada en la calle, con la portada bastante ajada y sin contra que la protegiese por la retaguardia, aunque sus hojas internas andan todavía intactas. Con estos designios del destino, me dio la ventolera por descubrir el novelón de Frank Herbert. Porque ésa es la sensación que produce tal lectura sobre la epopeya creada por este señor.
Las alabanzas hacia el autor ya estaban expuestas de manera pública hace tiempo, básicamente desde la primera publicación en 1965, con la colecta de diversos premios dedicados a obras de fantasía junto a las buenas referencias que dejaba a su paso entre crítica y público. Un éxito, que ha transformado a Dune en una saga literaria con diversas obras alrededor del triunfo inicial por parte del mismo Herbert, y posteriormente de su hijo tras el fallecimiento del padre en 1986. Aunque se agradece que la obra primigenia sea auto conclusiva. Una buena opción para que cualquiera escoja si adentrarse aún más en este universo o contentarse con una única lectura. En mi caso particular, está claro que tras las buenas sensaciones otorgadas por las letras de Herbert, continuaré con el resto de los libros.
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El libro marchito y la navaja para dirimir problemas |
Pero tal suculento regalo suena a trampa, y lo mejor de todo, es que los implicados lo saben, gracias a una narración precisa de cómo elaborar un complejo complot político mientras Herbert introduce al lector en su particular creación. En un mundo fascinante y con múltiples vértices que sustentan una compleja sociedad creada por la mente del autor. Van a la par y, aunque haya algunos fragmentos donde podemos perdernos, el contexto ayuda a ir asimilando cierto lenguaje, extraño de primeras, sobre la mística de un universo propio. Hay mucha palabrería dedicada al elaborado proceso de traiciones y sospechas entre diferentes personajes que abarcan buena parte de la lectura frente a la escasa acción, que siempre queda relegada a un segundo plano. Es algo que se hecha en falta ante el diálogo y el continuo recelo dado entre los protagonistas. El autor redunda en esa vertiente, al destacar una faceta mental donde constantemente se calculan palabras, gestos, acciones... el doble sentido sobrevuela cada párrafo con la misma peligrosidad que el manejo de los cuchillos, pues esta es la mejor manera de resolver los conflictos que tiene esta gente: cara a cara y la navaja de por medio.
Otra faceta importante tiene que ver con la loca devoción humana sobre la religión, con la peligrosa creencia de creer en designios majaderos prescritos por profetas, leyendas o simples destinos por cumplir por algún extraño escogido por lo que sea. Ignoro cuanta relación guarda Dune con el Islam, o con la posibilidad de esperar un supuesto Elegido que cambie el rumbo de las cosas. Y después de tanta parrafada, escribo el nombre del protagonista principal: Paul Atreides, el hijo del Duque y el supuesto mesías destinado a cambiar algo más que el mundo de Arrakis. Dentro de las páginas del, repito, novelón escrito por Frank Herbert está la respuesta. Y desde estas fechas de 2024, me convierto en un fedaykin convencido. Las recientes películas de Villeneuve ya han caído, mientras que ahora ando a la búsqueda de la obra de Lynch. Y como ya estoy casado de pensar que escribir, la mejor recomendación que se me ocurres es descubrir, de manera individual, la valía de Dune sin aventurar mayores comentarios.
... todo comienza con la dignidad con la cual tratamos a nuestros muertos. Dama Jessica.
Dune
Frank Herbert
Ultramar Editores, 1984
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