9 de septiembre de 2017

Pinar y río de la Acebeda

Lo reconozco, llevaba un tiempo sin pecar. A decir verdad las culpas deberían recaer en los calores, en el exceso de las altas temperaturas de junio de 2017, cuyo agradable sofoco llegaba para imponer la pereza sobre mi deseo. Suele ocurrir en verano, ya que cualquiera sale a menear las extremidades con el mercurio disparado. Para paliar tales desatinos, sólo se me ocurre afrontar tal tarea buscando la ayuda de alguna fresca, la que suele acompañar a la Aurora de la mañana, y porque no, tirarme al monte. A buscar la senda correcta entre las curvas del horizonte, pues cerca del municipio de Revenga yace una mujer, muerta para algunas, eternamente dormida para otras. Conviene aclarar que en ningún caso me llaman Felipe, ni la sangre azul navega por mis venas, tampoco pretendo elevar mis intenciones sobre esa hermosa montaña, más bien prefiero exponer mi imaginación sobre las hadas del bosque, las llamadas fauna, flora y primavera. Rechonchas maduritas que pretenden ocultarse en las profundidades del bosque, el de la Acebeda en este caso. Un lugar al que también llaman el paraíso, siendo el municipio de Valsaín quien se apropie de tal renombre. En parte, gracias a la declaración de este espacio, como lugar de interés nacional en los años 30 del siglo pasado. Tal vez las encuentre entre tanto vergel, pero para entonces hay que iniciar el paseo por el viejo camino que llevaba hasta el propio Valsaín, y bien atento a los preliminares que ofrece las vistas de las caderas de un cerro, llamado del Grande. Arrancamos bien, porque personalmente, me gusta todo lo que sea grande. 


Río y pinar de la Acebeda
Incluidos los perros, noctámbulos guardianes de las cercas del pequeño municipio segoviano, quienes pregonan con sus ladridos la presencia de un par de extraños que pretendían pasar sin molestar. Y ya que estamos, avanzar por el ancho camino hasta alcanzar una de las múltiples encrucijadas. En un cruce, destaca la presencia erecta de una estaca metálica, cuya finalidad es señalizar un interesante trayecto entre Segovia y el río de la Acebeda. La captación de aguas que hicieron los romanos conquistadores para llevarse el liquido elemento hasta la ciudad, con el famoso acueducto milenario dentro del mismo proyecto. Gracias a estas vergas, avanzamos dentro del bosque, a través de un entretenido sendero que abarca las faldas de Cerro Grande y Cabeza Gatos, sin temor a perdida ante los múltiples cruces que ofrecen otros divertimentos. Tras dejar atrás encinas, jaras, pinos y robles, el cuidado sendero discurre casi en paralelo al río Acebeda, al lado del alegre soniquete del discurrir de las aguas
Azud del acueducto
y la explosiva naturaleza. Tan contundente como la mano del hombre sobre ésta, al alcanzar el denominado decantador y el azud. El lugar donde los romanos obtenían el agua para trasladarlo a Segovia mediante una represa que desvía parte del cauce del río, y que previamente se puede seguir su recorrido gracias a las visibles arquetas vistas en el sendero anterior. Un bonito trabajo de ingeniería que acrecienta el valor del paseo por su valor histórico y singular. Cabría destacar el coqueto roquedo del azud y las grapas metálicas que unen los bloques graníticos. El decantador mola simplemente con verlo. Siempre hay cuerpos, aunque estén hormigonados, que deleitan la vista. Al lado se encuentra un mojón de la época de Carlos III, un hito que marcaba el coto de la zona de caza del monarca. Afición que permitió salvar a esté, y a otros bosques reales, de la masiva explotación del hombre. Algo bueno habrá que reconocer entonces a los Borbones.   


La excursión continua por la senda que sigue sobre el yacimiento, disfrutando de las vistas y remontando el camino del río hasta un puente que supera el vado de Arrastraderos. Se continua por la senda, a contracorriente del río Acebeda, que quedaría a nuestra derecha, internándose en un encajonamiento donde los acebos empiezan a sobresalir en los laterales del monte. Un poco más adelante, la agradable senda pretende alzarse sobre la loma de la izquierda, inquieta por escapar de la vaguada del río o curiosa por descubrir qué tesoros se ocultan al otro lado de las empinadas laderas. El excursionista y su perro declinan tal invitación, prefieren continuar por el hilillo de vida que supone el río, a través de sendas ocultas o inventadas, ascendiendo por las imaginarias piernas de una velluda mujer, cuyos muslos andan poblados por centenares de pinos albares, tan rectos como la fijación de algunas ideas. Ante tanto pino, surgen diversas zonas de repoblación junto al río, espacios acotados con flora de ribera que emergen felices sobre los plásticos que frenan la felicidad del esparcimiento en el momento del éxtasis. Son bastantes estos vallados de repoblación y suelen acumularse en el lado correcto, por lo que toca vadear el río en más de una ocasión.

También tropiezo con algún que otro pequeño tejo, hermosos arboles de las umbrías que
Acebos
crecen a su parsimonioso ritmo. El mismo que lleva un excursionista hambriento, ensimismado ante tanta belleza y cuyo estomago le recuerda el ayuno matutino. Tras la parada, se reanuda la agradable marcha, uno todavía es joven y tiene aguante para un segundo asalto a través del río, los vadeos y las veredas invisibles. Solo algún disperso resto óseo se manifiesta como un recuerdo hostil frente a la belleza del entorno. No importa, hay que seguir penetrando el camino imaginario, a través de la espesura que repite las mismas vistas agradables, hasta que se alcanza un puente de madera, cuya finalidad es engañarnos por una ancha pista, que vete tú a saber cuales son las intenciones de su dirección. Nada, se sigue cabezonamente remontando el río hasta la llegada de un llamativo afluente. El arroyo Cereceda. Momento adecuado para cambiar de pareja, despedirse del río y remontar este voluptuoso arroyuelo que obliga a un mayor esfuerzo. Todavía nos queda vigor suficiente en las piernas y ganas para consumar el garbeo. Al lado de un vallado hay una agradable vereda a izquierdas, una ligera ayuda para tomarnos el envite con más calma. Y de ahí se llega a una cerrada curva que nos invita a escapar por las alturas. Como si nos hubiera sorprendido un amante celoso y toque escapar por la cornisa. 


La vía de escape es en realidad un arrastradero, una puta ascensión a plomo sobre la ladera que escondía el deleite. El peaje es caro, al final parece que siempre llega algún tipo de receta a abonar, o a darse prisa por acabar. A ambos lados, los pinos parecen querer erguirse hacia el cielo, en una disputada lucha por ascender hasta el maldito collado del río Peces, la loma que nos acoge después de superar el rampón de los cojones. Un nuevo respiro para poder coger aire, se ve que no soy tan joven como creía y no hay tal aguante presuntuoso.

Justo en medio hay un majestuoso pino albar, donde algún paisano se ha currado un pequeño asiento rocoso que sirve para estudiar el retorno. Pues varios caminos invitan a jugar a la bonita elección del pito pito gorgorito. A la derecha se puede recorrer las alturas de la loma, a la izquierda, atacar la Pinareja (no hay huevos) y de frente, el descenso, el retorno hacia el pinar por un coqueto sendero de bajada, excesivamente largo pese al disfrute de la sombra, del silencio de los pasos y del cansancio que se acumula. En un recodo, se alcanza un canchal de la Mujer Muerta, una buena escombrera que haría el deleite de los amantes de los materiales de construcción. Buenos muros podrían hacerse ante semejante sarao de pedrolos.

El canchal
El descenso alcanza un nuevo vallado que se supera por el debido paso hacia la amarillenta pradera de las tierras castellanas. Sin embargo, la primeriza Aurora, en un hábil ejercicio de transformismo, ha mutado en Lorenzo, a quien debe gustarle las partes traseras, y recelosa por la aventura del excursionista en el paraíso de las sombras, comienza a azuzarle el cogote. Tampoco hay edad para aguantar regañinas o nuevas experiencias, mejor buscar consuelo junto a otra fresca, la del río Peces, bajo la copuda sombra de una encina para rellenar nuevamente el buche, goloso que es uno. La oferta del día era dos por uno. 

Desde el regocijo que otorga el apacible yantar, se vislumbra el voluptuoso pinar precedente y las rechonchas formas que esconde la Acebeda. Sinuosas y agradables frente a la yerma pradera de la meseta. Desde la lejanía se vislumbra como algunos pinos parecen querer erguirse sobre sus compañeros. Incluso en la naturaleza hay luchas por pavonearse y aparentar. Recogida la merendola se alcanza la ancha Cañada Real Segoviana Occidental. Tan ancha que es un lujo avanzar por los viejos recorridos de la trashumancia ibérica. Toca retornar al entorno del embalse de Puente Alta y alcanzar la cola del pantano. Al lado de los restos de un antiguo rancho, entran las aguas de la Acebeda, cuyo nombre profesional muta al de río Frío. Un leve tránsito por la carreterilla para alcanzar los muros del embalse. Lugar por donde las aguas se escapan por la chorra del pantano hacia otros lugares.

Álbum de fotos
Pano embalse

Bibliografía
La sierra de Guadarrama por otros caminos
Miguel Tébar Pérez. Ed El senderista

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