3 de octubre de 2013

Muerte en la rectoria

El debut en la escritura de Michael Innes tiene una curiosa historia paralela, ya que el autor fue desarrollando esta obra durante el amable trayecto entre la ciudad inglesa de Liverpool y la australiana de Adelaida. Un extenso peregrinaje a través de los rápidos medios de transporte de principios del siglo XX. Esta particular odisea permitió al antiguo profesor plantear una trama policiaca clásica. Un asesinato que se lleva a cabo en extrañas circunstancias dentro de un ambiente cerrado, donde los sospechosos esconden y plantean diferentes enigmas para que el necesario inspector, de pensamiento clarividente, resuelva el entramado de pistas falsas y verdaderas. Nada relevante contiene Muerte en la rectoría, salvo el buen gusto de la escritura británica que suele acompañar a este tipo de obras. Innes no se queda atrás respecto a otros autores similares en temática, la mas conocida sin duda la de Agatha Christie, pero su modélico libro del género apenas aporta un leve detalle que lo diferencie de otros sagaces inspectores. El protagonista es el inspector de Scotland Yard, Mr. Appleby, quien sigue los cánones clásicos del investigador particular que prefiere utilizar la psicología para hallar al culpable.
El soso protagonista perspicaz que plantea Innes, será superado por unos oponentes más atractivos desde el punto de vista novelesco. Básicamente en los matices que enriquecen a los personajes, estos matices se encuentran más ubicados en el resto del plantel que en el joven inspector de policía. De este modo Appleby se convierte en un simple narrador omnisciente que nos traslada al lugar de los hechos, le acompañamos en su investigación y de vez en cuando nos suelta algún chascarrillo que ameniza la lectura. Pero nada de profundidad, ni de conocimiento del protagonista mismo. Tampoco destaca este aspecto en novelas similares pero, para ser el protagonista, no estaría de más indagar en motivaciones más personales o interiores del mismo. 
La clásica estructura cerrada se encuentra ambientada en la ficticia facultad de San Antonio, donde todo parece indicar que alguno de sus insignes profesores puede ser el asesino del rector. La batalla esta planteada, Appleby se verá obligado a participar en diversos combates dialécticos donde la inteligencia de los profesores tendrá que ser respondida de igual forma por el agente de policía. En este caso el apartado más destacado del libro sea la inclusión del profesor Gott, donde se propone además que es un afamado escritor de novelas policiacas y que utiliza un seudónimo para proteger su perfil profesional. La inclusión de este personaje se contrapone con la supuesta "realidad" del crimen cometido en la facultad y claro está, se comparan ambos universos para intentar reforzar la realidad descrita por Innes frente a las propuestas ficticias de Gott en su intento de ayudar al inspector.  


La novela podría ser catalogada como entretenida y recomendada para incondicionales del género. Ofrece lo que es, una complicada investigación donde se acumula tal cantidad de datos que exaspera enumerarlos, o siquiera intentar deducir y discernir cuales pistas son falsas, verdaderas, inútiles o llevadas al estúpido azar. No importa, el autor ya tenía previsto la solución en un estrambótico final con el único propósito de sorprender al lector con fuegos de artificio. Es el único fin, tanta historia y tanto rollo para que todo se resuelva a través de la exposición del investigador, el mesías policiaco que hallará la luz en la tiniebla más espesa entre las declaraciones de los sospechosos. Novedoso el final no es desde luego. ¿Acaso este tipo de novelas no pueden salir de este clásico marco de resolución del caso?  

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"Señor rector, puede usted felicitarse de que se necesiten dos para realizar un asesinato, porque es usted una víctima ideal". Después de escuchar esta declaración, Slotwiner se retiró al antecomedor llevándose las tostadas con mantequilla.
Appleby se preguntó si se las habría comido.


Muerte en la rectoría
Michael Innes
Ed. El País. Serie Negra


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Agatha Christie
 

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