31 de mayo de 2013

El diablo sobre ruedas

A día de hoy es uno de los grandes, y lleva décadas a un nivel tan alto que pocos directores en todo el mundo pueden presumir estando él a su lado. Es Steven Spielberg, un autentico hacedor de grandes producciones cinematográficas y uno de los pocos afortunados de poseer una filmografía tan extensa como sobresaliente. Incluyendo sus cintas más comerciales y palomiteras. Es curioso que su debut tras la cámara se produjera en un filme menor destinado al mercado televisivo. El diablo sobre ruedas marca el principio de unos de los realizadores más importantes de la potente industria norteamericana. De hecho será imposible obviar su nombre en cualquier listado dedicado al cine durante las últimas décadas. A la que habrá que sumar el período en que nos encontramos, porque Spielberg lleva tiempo siendo una leyenda viva que continua trabajando para seguir extendiéndola.  

La película fue un encargo que solventó de manera más que satisfactoria sobre la corta idea de una singular persecución de un camionero sobre el protagonista, a través de una larga carretera con el desierto como marco. La película versa básicamente en la persecución, sin explicar motivos ni segundas apariencias. En clave televisiva, parece un extendido capítulo de los famosos Hitchcock presenta. Y no es de extrañar la redundante menciones posteriores del orondo director inglés, porque El diablo sobre ruedas juega con muchos aspectos temáticos del denominado como mago del suspense. Para empezar el protagonista, un personaje corriente que se ve atrapado en una situación inverosímil de la que debe salir airoso. Como casi todos los protagonistas de las películas de Hitchcock. Porque el único dato que tenemos de su vida privada es una discusión que ha tenido con su mujer. Casi al comienzo, cuando habla con ella por teléfono en segunda plano mientras una lavadora en primer término nos recuerda que los trapos sucios deben lavarse en casa. Esta es la única información personal sobre la travesía en el desierto que le espera a nuestro protagonista, castigado quien sabe porqué por un camión al que ha adelantado previamente y donde su conductor, al que solo veremos las botas y los brazos, intenta provocar un accidente fatal tras tomarse a mal dicho adelantamiento.  

El duelo
El monotema podría caer en el tedio absoluto sino fuera porque detrás de la cámara hay un tipo que sabe lo que está haciendo. Spielberg utiliza muchas claves hitchkconianas para mantener el interés de una cinta que realmente ofrece más de lo que a primera vista pudiera parecer. Ahí andan pinceladas como la desestructuración del espacio y el tiempo, al ofrecer numerosos planos en las persecuciones desde diferentes puntos de vista, ocupando mucho espacio en algo que debería pasar en muy poco tiempo. Un uso habitual en su cine y que se aprecia muy bien en la saga de Indiana Jones, donde Indy, por ejemplo, cae sobre un camión, se agarra con las manos, ahora sube un pie, el malo le ve por el espejo, el camión acelera, Indy termina de subir... y así sucesivamente. Lo mismo ocurre en esta película, al montar numerosos puntos de vista de la persecución entre el camión y el coche. Espejo retrovisor, ruedas, pies que aceleran... Otras claves son el uso de la información por parte del público frente al desconocimiento de los protagonistas como en la escena  cuando el protagonista intenta llamar a la policía desde una cabina mientras los espectadores vemos como el camión se abalanza salvajemente hacia su víctima con la firme idea de atropellarlo. Repitiendo la operación en varias ocasiones, o sonoras, como cuando después de una larga carrera el protagonista consigue esquivar a su rival y se oculta junto a una vía del tren, la estruendosa bocina posterior nos despertará de nuestro leve descanso para recordarnos que un elemento tan simple como el sonido es tan terrorífico como efectivo.  

A pesar de las buenas propuestas del director que mantiene cierto carácter a todo el film, a ver quien es el guapo que rueda tan bien tantas escenas de vehículos y persecuciones, la película decae en ocasiones por la lentitud de unas secuencias que sobrepasan la paciencia del espectador moderno. Hay mucho relleno, mucho plano repetitivo y mucho estirar la cuerda del suspense. Un ejemplo es la secuencia del autobús de los niños. Nuestro protagonista se ve empujado a intentar ayudar al conductor de un autobús, atrapando su propio coche en la operación, después intentan liberar el vehículo hasta que la aparición del camión sobreexcite al protagonista a intentar proteger a los múltiples mocosos del peligroso camionero. En toda la secuencia hay una buena preparación, con su emboscada y la complicación añadida por parte de niños y del coche atrapado. Sin embargo tanto interés en tensar la escena crea un exceso que puede volverse en contra de la idea original al extenderla en demasía. Como se da también en otros tramos de la película.  

Por otro lado es raro contemplar como el paso del tiempo es capaz de elevar ciertas cintas mientras que entierra a otras con suma facilidad. El diablo sobre ruedas es un caso atípico sobre un director que ha realizado tantas grandes películas posteriores que parece que esta obra inicial quede algo aislada en su excelsa filmografía. Sin embargo, con el paso del tiempo hay quien se da cuenta del valor del pasado. Y sí está bien hecho mejor. Este es el caso de la ópera prima de Steven Spielberg. Recuperada como se merece un director que antes de morir ya se encuentra en el olimpo de los grandes cineastas. Como todo en la vida nos quedaremos siempre con lo mejor. 

Duel de Steven Spielberg
1971

Minority report

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