30 de diciembre de 2018

XL

El tamaño importa. Decir lo contrario es una falsedad ligada a la supuesta corrección que impone la educación. Da igual el espacio que ocupe. Porque cualquier cosa desmesurada resulta curiosa de por si. Y lo mismo ocurre cuando se trata de lo minúsculo, de la estrechez. Porque siempre sobresale algo que se encuentre fuera del estándar considerado como normal. Para el cercano 2019 se cumple una pequeña efeméride. El blog cumplirá 10 tiernos años junto a otra cifra redonda y asociada al aislamiento preventivo. La cuarentena. Es un tópico, pero que cumple una cruel realidad. El tiempo vuela, y como la modernidad del siglo XXI impera, uno no sabe bien si anda embarcado en un tren de alta velocidad o en un concorde que devora el paso de los años. En estos 10 años de blog, la mejor victoria es que todavía se mantiene a flote, y con cierto rumbo pese a la inmensa deriva que propone el extenso ritual internauta. Basta darse un garbeo para comprobar el abandono de otros cientos, miles de blogs, desechados vilmente como los plásticos que terminan por acumularse en algún determinado punto del mar. 
Bosco a uno de enero de dos mil diecinueve
Los tiempos cambian, así como los usos y costumbres, aunque seguramente tales ideas vayan relacionadas con la edad, o la mentalidad de cada uno. Mi aproximación a la XL anda garrapateada a mis simples rutinas. Obcecado en la templanza y el simple esfuerzo de escribir y leer frente al jugoso titular, asociado a la prostituida sensación de desplazar la vida a través de un mero movimiento de pulgar. Tampoco pretendo reivindicar nada, menos aún cuando observo que parte de la barba empieza a encanecer y temo andar revoloteando la chochería con tales ideas. Simple y llanamente pretendo dejar constancia de una forma de ser, en esta pequeña bitácora personal que tal vez sirva de recordatorio para el futuro. A menos que El día que me hice mayor se una al extenso club de los náufragos. 

De momento debería centrarme en el blog y en las fastuosas celebraciones que merecen alcanzar las cuarenta primaveras frente a la pequeña década bloguera. Para empezar toca pasar revista y hacer autocrítica por el descenso de publicaciones, pues este curso de 2018 parece una mala copia del 16. Capón personal por caer en la desidia y sobrevivir, cual Robinson, a base de sobras que cumplen el mero expediente mensual. Nuevamente la literatura acude al rescate del blog, al encabezar el número de entradas y con la vista orientada hacia el horizonte, ya que en breve abordaré el centenar de opiniones dedicadas a las letras. Para conmemorar tal cifra redonda debería descorchar alguna litrona y festejar como se merece tal clasificación. Seguramente haga una especie de lista, donde resalte las obras dignas de marcar huella, en este humilde lector, como propósito para 2019. Cabe destacar nuevas adquisiciones de mi particular colección Reno y la lectura de algunas de sus obras a lo largo del año. Una colección que supera ya el centenar de ejemplares. 
Portada cuarentona - Periódico El País

Otras escasas entradas desglosan la caótica intención de abarcar óperas primas y series perdidas. Tan pocas (3+2) que me planteo qué diablos habré estado haciendo a lo largo del 18 para sumar tal triste número. La memoria empieza a dar síntomas de perdida de retención, pues tiene pinta de haber perdido alegremente el tiempo en cosas poco provechosas. El tiempo, ese espacio de libertad anda limitado por las diferentes obligaciones, y ha hecho mella sobre todo en los paseos por el monte, pendiente únicamente del azar para poder escaquearme entre arroyos, bosques y leyendas. Obviamente queda la retahíla de la tentación, con el lascivo deseo de volver a perderme por los oscuros mundos de la naturaleza, persiguiendo el paso del Maligno por los contornos del Guadarrama. 

Para acabar una breve referencia al mundo raner. Para el 31 ando inscrito en la San Silvestre del municipio de Galapagar, cuya edición coincide con la simbólica talla grande. Por poco concluyo el año sin dorsal al pecho, aunque sea una extraña forma de etiquetarme la bobería de una moda pasada, y de la cual me agarro a base de planes sin cumplir. Quien sabe, tal vez logre una especie de retorno, o tal vez me dedique a perder el tiempo en otras modas relacionadas con los cuarentones. El caso es que aguardo la llegada del 2019 con ganas de pasármelo bien , ilusión, propósitos y otras intenciones bien aventuradas relacionada con la tontería de la efeméride. 



Pd: Venga va. Me propongo superar las 40 entradas.

13 de diciembre de 2018

Los amores de Nikolai

La familia suele ser un tema recurrente. Hay tantas y tan diversas como las locuras que realizan los hombres. Y con Los amores de Nikolai debutaba en la literatura Marina Lewycka, obra que ha obtenido cierto éxito editorial y cuya temática tiene cierto toque autobiográfico. En parte por describir el tránsito de una familia ucraniana instalada en Inglaterra, tras huir del comunismo ruso y de la tragedia que supuso la II Guerra Mundial. Nadezhda es la narradora de la historia, enfrentada a su hermana mayor, Vera. Y como bien corresponde a las etiquetadas personalidades, ambas andan distanciadas por muy diversas formas. La primera es una progre profesora universitaria felizmente casada, por contra, su hermana es una elitista conservadora divorciada. Las hermanas suponen dos mundos diferentes que simplemente comparten apellidos y progenitores, cuyo último encontronazo tuvo que ver con la terrenal disputa de la herencia materna.

Pero a las hermanas todavía las sobrevive el padre. Un octogenario peculiar, brillante ingeniero formado en la lejana Ucrania y que se plantea contraer matrimonio con una joven compatriota, que destaca por tener unas peras de impresión. Tal alegría para la vista engatusa al viejo Nikolai, deseoso de ayudar a la joven en obtener la residencia británica a través del atajo amoroso. La afortunada, Valentina, trae consigo un bulto de doce años, niño que aspira a estudiar en Cambrigde. Tantas buenas intenciones posiciona a las enemistadas hermanas en otorgarse una leve tregua para hacer frente común e intentar evitar que su anciano padre se despose con su joven amante. Para sobrellevar tan personales cuestiones nada mejor que hacer uso del humor, empezando por el viejo Nikolai, ya de por si una rareza, gracias a una curiosa personalidad que contrasta su falta de sociabilidad con el genio que esconde varias patentes en el bolsillo. 

Aparte anda Valentina, una mujer equiparada con la Venus de Botticelli por sus turgencias naturales, y arrolladora como solo puede llegar a ser una hortera verdulera que no duda en pasar al ataque en cuanto percibe el acoso de las hermanas. El prometedor cóctel da lugar a una serie de episodios surrealistas, subrayados por el humor y la ternura que acarrean entender las chocheras del viejo. Entre medias se nos cuelan pequeños retazos de la historia del tractor, pues el bueno de Nikolai anda enfrascado en hilvanar la evolución de esta máquina imprescindible para la mejora de la agricultura del ser humano, y de paso, arar en la memoria del pasado. Una tradicional vista atrás que termina por desenmascarar algunos episodios relevantes de la familia. El lugar idóneo para recopilar datos que rellenan las páginas necesarias para la publicación de un libro. 

Queda así la estructura del relato. Por un lado las desventuras de Nikolai, su relación con Valentina y el trapicheo telefónico de las hermanas para lidiar con las continuas peripecias que ponen a prueba paciencia y nervios. Por otro, destacan las vueltas al pasado, a los orígenes de una familia ucraniana que rebusca en sus raíces los extraños movimientos del tiempo, conjurado con los acontecimientos que terminan por desentrañar las calamidades de una familia en su lucha por lograr obtener el beneplácito de una vida acomodada. Entre lineas surgen los motivos que separan las mentalidades de las hermanas, enfrascadas en múltiples llamadas telefónicas donde ahondar en los delirios paternos y en poner en conocimiento las viejas cuentas del pasado. Tales recuerdos sirven de enorme contraste con la actualidad. A falta de guerras mundiales, los movimientos migratorios continúan su búsqueda de un futuro mejor. Como Valentina, una inmigrante que simplemente aspiraba a alcanzar su particular Dorado. Otra cosa bien distinta es su manera de afrontarlo. Pero por ahí anda la gracia de la novela, porque las ocurrencias siempre son mejores cuanto más dispares sean. 


Mi yo adulto se muestra indulgente. Qué encantador, este florecimiento tardío del amor. Mi yo hija se siente ultrajado. ¡Traidor! ¡Viejo verde!
                                                                                                     Nadia

Los amores de Nikolai
Marina Lewycka. 
Ed Lumen, 2006