21 de noviembre de 2015

Nueve reinas

El cine latinoamericano lleva bastante tiempo sobresaliendo en el panorama actual. A la brillante nomina de directores de diferentes países, habría que sumar la aportación del argentino Fabián Bielinsky a principios del siglo. Y eso porque Nueve reinas es una de las mejores películas argentinas de su historia, y para colmo, supuso el debut de su director en el largometraje. Lamentablemente Bielinsky fallecería en el 2006, a la temprana edad de 47 años por culpa de un infarto. Cortándose una prometedora carrera que continuó con una sola película más, titulada El aura. Aunque hoy toca visionar su ópera prima.
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Una correcta proyección de Nueve reinas debería empezar en su cabecera con una advertencia en forma de texto, donde se informa que el guión de esta película fue premiado en 1998 por alguna organización del país argentino. Este apunte viene a resaltar uno de los grandes valores del filme, la escritura del guión por parte del mismo Bielinsky. El argumento cuenta la historia de dos caraduras, dos supuestos artistas del timo que por diferentes circunstancias unen sus caminos por Buenos Aires. En la pareja protagonista se resalta por un lado la figura del experimentado trampero junto a la del novato, quien empieza a abrirse camino en el arte del engaño. Tras una brillante puesta en escena, el director se mete rápidamente en faena, al mostrar la necesidad de un compadre para desarrollar correctamente el negocio junto a la necesidad de obtener dinero rápido.

Poco a poco sospechamos las virtudes y los defectos de los protagonistas y qué fines mueven sus actos. El veterano mangante se agranda en la pantalla gracias a la poderosa figura de Ricardo Darín, especialmente dotado para engatusar al resto pese a resultar ser un verdadero hijo de mala madre. Gastón Pauls encara al tipo simpático, quien acude al negocio por necesidad y contrasta la candidez de su rostro frente a una posición de reserva hacia su compañero de viaje, que para algo ambos se dedican a lo que se dedican. Las denominadas como nueve reinas, vienen a ser unas estampillas de gran valor y que terminan de transformarse en un alocado mercadeo que les viene como caído del cielo a la dupla principal. Aunque en realidad proviene de la vertiente femenina, cuya posición condiciona al veterano mangante de lo ajeno por su relación familiar con la femina de turno, quien acapara el carácter honesto y formal frente al de los chorizos. 



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La película adquiere una velocidad de crucero a causa del trapicheo y del escaso tiempo que disponen para cerrar el beneficioso negocio. Donde hay que sumar, necesariamente una serie de problemas para que los protagonistas hagan uso de todo su arte para poder ir superándolos. Este continuo encadenado de dificultades llega a tensar tanto la cuerda, que roza en muchas ocasiones con la credibilidad del espectador, donde normalmente pasamos por alto algunos giros exagerados con tal de que no se nos arruine la fiesta. Sobretodo si a este jolgorio se le unen las buenas maneras de su director y a un ágil montaje que conlleva un ritmo tan trepidante como adictivo. La conocida charlatanería argentina ayuda también a superar los momentos más agrietados del filme. 

Una vez que somos devorados por el frenético ritmo y por el magnífico encaje de bolillos, queda por recoger los restos de esta fiesta del mangoneo. Y es ahí donde podemos colocar el pero a Nueve reinas, tras conocer los trucos y las cartas marcadas. Obviamente no puede verse igual que la primera vez, no solo por descontar las posibles sorpresas, sino más bien por las concesiones que se han ido realizando en un primer momento por la natural gracia que destilan los ladrones de guante blanco. Las situaciones más forzadas son las que pierden comba en posteriores visionados pese al gran valor global que aúna esta buena película.

Nueve reinas de Fabián Bielinsky
2000

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