18 de febrero de 2015

La hoguera de las vanidades

El escritor Tom Wolfe ya se encargaba de aporrear el teclado en su oficio de reportero en los años 60 del pasado siglo. Llegando a ser un personaje bastante reconocido por su labor periodística y donde además siempre se le destaca por impulsar una tendencia del gremio denominada como "nuevo periodismo". Parecía pues sencillo que este hombre se pasase a la creación literaria, aunque para ello hubo que esperar hasta la publicación en 1987, de la obra La hoguera de las vanidades. Novela mayúscula para un supuesto debutante y que debido al temprano éxito editorial, vino la correspondiente adaptación cinematográfica, de la mano de Brian de Palma tres años después.

El protagonismo recae en Sherman McCoy, un adinerado ejecutivo que trabaja para una importante compañía de Wall Street. Tras recoger a su amante en el aeropuerto con la idea de disfrutar del reencuentro, ambos se perderán por las calles del Bronx a bordo de su lujoso vehículo donde ser verán envueltos en una especie de accidente. Un supuesto atropello sobre un prometedor estudiante negro que pondrá en marcha toda una extensa maquinaría yankee que arrastra la inevitable investigación policial, el espectáculo de los medios de comunicación, los entresijos judiciales y lo que es peor, los intereses meramente humanos. Y aquí es donde se disfruta de la sugerente prosa de Wolfe, cuando se describe con notable habilidad a una serie de personajes tan distanciados en sus objetivos iniciales hasta que los intereses de unos y de otros se vayan tejiendo alrededor del conflictivo accidente de tráfico. 

Presentado McCoy, queda por ubicar a los otros dos invitados principales. El vicefiscal del distrito del Bronx, Larry Kramer y al alcohólico periodista inglés, Peter Fallow. Estos tres personajes representan a su vez diferentes estratos del poder otorgado por la sociedad humana. McCoy, aparte de copar mayor protagonismo por ser el causante de la trama, representa el triunfo del poder económico y social, alcanzando un estatus cuasi aristocrático y hereditario de la buena familia. Kramer es el defensor del pueblo, por así decirlo, al representar los intereses de los ciudadanos en todo ese organismo burocrático que recibe el nombre de ley. Las simple normas de convivencia entre gente civilizada, aunque para Kramer, solo sea el papeleo mojado donde atender los múltiples casos de mierda a los que se verá obligado a ejercer. Y por ultimo Fallow, el estandarte de la verdad a través de ese magnífico negocio que es el periodismo, el denominado como cuarto poder en cualquier democracia "decente" del mundo libre, porque a eso se dedica este dicharachero inglés entre copas de diferentes graduación y a meter el hocico donde le indica la flor que le sale del culo. Un cuarto personaje principal sería la propia ciudad de Nueva York, Wolfe se desata a lo largo y ancho de grandes avenidas, barrios marginados, restaurantes de moda, comisarias, juzgados, etc. Realizando una extensa exposición de lo todo lo que pueda llegar a abarcar la capital del mundo occidental y del genero que se encuentre en su interior. 


Extracto de la declaración de Roland Auburn
Volviendo a los personajes principales de carne y hueso, ya que son ellos quienes acaparan, por separado, el protagonismo del relato a lo largo de varios capítulos. Porque a Wolfe no le interesa darse ninguna prisa, más bien disfruta en extender las vidas privadas de sus personajes y mostrar sus continuos defectos personales, así como las miserias que arrastran ocultas a sus seres queridos. De este modo conocemos una especie de antes y después del accidente, que desencadena la trama principal de la obra y donde el lector ya tiene la información suficiente para observar la evolución de los personajes a través de la maquinaria de intereses que logra desencadenar el fatal atropello. En este punto entra en juego la oportunidad humana de sacar tajada, al transformarlo en un asunto racial, por parte de un excéntrico y calculador reverendo Bacon o la posibilidad de renovar el cargo de fiscal del distrito ante la proximidad de elecciones de la mano de otro singular pieza, llamado Abe Weiss. Resulta notablemente curioso el uso del tema racial. Por un lado es bastante simple llevarlo a la confrontación entre el clásico negro pobre frente al blanco rico. Pero dejando a un lado la obviedad y la manipulación de la historia, cabe destacar otro conflicto racial o étnico que viene precedido por la notable inmigración de italianos, irlandeses y judíos. Más bien es la descripción del modo de vida de un grupo de personas que se comportan de un modo clásicamente asociado a sus orígenes, y como algunos de ellos quieren y desean, comportarse como un verdadero judío, un verdadero irlandés o un verdadero italiano según el caso.

Tom Wolfe triunfa en este retrato sobre las gentes de Nueva York a través de un estilo directo y en ocasiones callejero, situación que le pone en contacto directo con los lectores. Ayudado además por las injerencias o por los pensamientos de los  propios personajes que nos acercan hacia la complicidad necesaria para lograr engancharnos a una obra donde destaca la habilidad del escritor para describir situaciones absurdas sin sobrepasar la lineas magistrales de la comedia. 



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Sherman sentía el profundo resentimiento propio de todos aquellos que, pese a la gravedad de su propia situación, ven que el mundo sigue girando alegremente, sin poner ni siquiera mala cara.

Tom Wolfe
Ed. Anagrama

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