16 de enero de 2015

Miguel Strogoff


Hete aquí una de las novelas más importantes y reconocidas dentro de la extensa nomina de obras de Julio Verne. Al título de este libro suele acompañarle el sobrenombre de El correo del zar, dando pie al oficio del protagonista de la novela. Strogoff es un destacado cartero al que se le encomienda una misión delicada. Dentro del vasto imperio ruso se ha producido un alzamiento militar encabezado por un emir tártaro llamado Féofar Khan. Este personaje ha logrado unir, bajo su mando, a una serie de tribus nómadas que amenaza  con conquistar parte de la Siberia Oriental. El peligro aumenta al encontrarse el hermano del zar en Irkutsk, la ciudad rusa más importante en ese extremo del imperio y que se encuentra con las comunicaciones cortadas por los invasores. Estos rebeldes cuentan con la ayuda de un militar ruso, Iván Ogareff, traidor a su patria y que forma parte de la revuelta al instigar a sus lideres para llevarla a cabo. La única opción del zar es alertar a su hermano del peligro a través de una misiva personal mientras el propio emperador reorganiza su ejercito para intentar socavar esta rebelión. El mensajero escogido por sus virtudes contrastadas es Miguel Strogoff, quien debe partir de inmediato desde Moscú para alcanzar el otro extremo del continente lo antes posible. Recorrer unos 5523 mil kms de finales del siglo XIX, y con la gracia añadida de tener que atravesar el frente enemigo. 

De partida se cumple una de la señas de identidad del autor. Un viaje que normalmente suele tener un largo recorrido, aunque siempre esté encabezado por un personaje principal sobradamente preparado. En su camino topará con otros clásicos personajes del autor. La parte femenina deriva en una joven llamada Nadia, que también se propone llegar hasta Irkutskt para reunirse con su padre exiliado y que desconoce la invasión rebelde. La supuesta parte cómica se reparte entre dos corresponsales europeos, el dicharachero francés Alcides Jolivet y el flemático inglés Harry Blount. Ambos también se internan en las extensas llanuras de Siberia para trasladar la guerra hasta sus respectivos diarios nacionales. El toque de humor, con el que Verne suele acompañar a sus obras, arranca con estos singulares plumillas para terminar cayendo en la estricta seriedad que requiere un acto tan hostil como es la propia guerra.

Miguel Strogoff adopta, por así decirlo, a Nadia como hermana para cubrir juntos el extenso viaje que les aguarda. Un trayecto descomunal que ríete tú del peregrinaje de antaño. La obra contiene lo mejor de su autor, al contactar fácilmente con el lector y describir con naturalidad los diversos avatares a los que debe enfrentarse nuestro protagonista. Es cierto que existe un letanía redundante que se da a lo largo del viaje. Postas, caballos y ciudades se repiten en una fórmula repetitiva que afortunadamente se trastoca con la llegada de los obstáculos a superar. Además destaca también ese toque sombrío que acompaña al ser humano cuando esté opta por las armas. El humor que acompañaba a los periodistas desaparece cuando son hechos prisioneros y se destaca la triste suerte de los débiles, donde ni siquiera se salvan las almas generosas que son picoteadas por las carroñeras aves de la muerte. 

De punta a punta
Tanto divertido ajetreo y dificultades preceden a la sobrada del "más difícil todavía". Resuelta al final por Verne de un modo simplón y poco creíble que inevitablemente redunda en perjuicio de la novela. La epopeya de Strogoff es fascinante por el largo trayecto recorrido y por las dificultades que debe superar ese hombre de espíritu infranqueable. Como para que encima se quiera encumbrar aun más su hombría o determinación con la machada del llanto humano. 

Miguel Strogoff es una brillante novela de aventuras que contiene el mejor nivel de Julio Verne, a través de un extraordinario viaje que se aleja con maestría del género de ciencia ficción que con tanta fortuna cosechó este escritor. Lamentablemente a mi pesar, surge esa laguna que contradice la enorme voluntad del héroe frente a la estupidez humana de mantenerse ciego.

- Decididamente vale más esto que estar doce horas diarias sentado en una silla manejando un manipulador.
Nicolas Pigasoff


Miguel Strogoff 
Julio Verne
Ed. El País aventuras. Grupo Anaya

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