10 de diciembre de 2014

El hobbit. La desolación de Smaug

Bonito título. 

Me lo apropio para escribir lo desolado que me encuentro ante esta nueva trilogía de la Tierra Media. Aunque la verdadera apropiación la ha realizado el señor Peter Jackson. El director neozelandes se ha convertido en el amo y señor de la obra de Tolkien. No solo presume de ello y aparece en plano, sino que hace y deshace a su antojo. En mi post sobre la primera parte de El hobbit, defendí la interpretación de los guionistas sobre la novela y las
El hacedor - Warner Bros.
aportaciones que presentaban para aumentar el interés del relato. En esta ocasión veo más inconvenientes que aciertos. Y todo por culpa de la hipérbole, por lo grandioso y exagerado del circo. Esta segunda cinta se pierde entre tantas aventuras y tantos obstáculos que las supuestas subtramas quedan aplastadas  por los grandes escenarios, las inconmensurables ruinas y el loco movimiento de cámara. Había ratos donde me entraron ganas de gritar en mitad de la platea, "Tate quieto un rato, coño". 


Entre tantos avatares parece un milagro que la compañía de enanos consiga llegar siquiera al pie de la Montaña Solitaria, y todo porque el conglomerado de problemas llega a hastiar el flujo natural del relato. Dejando a un lado la innecesaria introducción, la película en sí ya arranca con tensión a través de la escueta aparición de Beorn para superar la persecución de orcos. Este amable anfitrión apenas tiene tiempo de extender sombras a la expedición encabezada por Thorin y desaparecer de la historia sin mayor tiempo ni gloria. La compañía de enanos continua sus peripecias y calamidades a través de las arañas del Bosque Negro, sigue con la posterior captura y encarcelamiento, por parte de los elfos, para después dar rienda suelta al vertiginoso descenso por el río, homenaje a Donkey Kong incluido. El colmo de mi paciencia particular se terminó en el intento de acceder a la Ciudad Lago, con los malditos bidones llenos de pescado para ocultar a los enanos y con la supuesta incertidumbre de ser volcados al agua por culpa de un fulano que recuerda en exceso a Grima, Lengua de Serpiente de Las dos torres. A estos enanos les va a dar un infarto con tanto ajetreo.


Arranca el aquopolis - Warner Bros.
La incorporación de nuevos personajes se diluye en parte por la exageración del conjunto. Es como cuando se dice que los efectos especiales deberían estar al servicio de la historia y no al revés. Pues en esta película todo esta subjetivado a la grandeza de la Tierra Media pese al protagonismo real de un mediano. Bilbo Bolsón. El británico Martin Freeman logra asomar algo la faceta de actor por encima del resto de interpretes. Tampoco era tan difícil pero se nota al disfrutar este personaje de unos minutos más que el resto en pantalla. Destacar también al pretencioso rey elfo y a Evangelyn Lilly como Tauriel, al poseer su personaje algo tan simple como dudas en su interior y poder expresarlos a través de una simple evolución de secundaria. El resto del elenco debe conformarse con posar, incluido Thorin, quien pierde el protagonismo del primer acto para dedicarse únicamente a dar ordenes a sus
Bardo - Warner Bros.
subordinados y a poner caritas. 


Otro personaje importante es Bardo, al que lamentablemente se nos presenta como al típico descendiente heroico caído en desgracia y que sobrevive como puede. Como otros miles de personajes vistos en otras tropecientas películas. Imaginación al poder, aunque en realidad son las manías sajonas de hundir a los héroes para que estos superen todas las adversidades desde abajo hasta la cima. Una pena, porque un personaje tan importante y ninguneado en el libro tenía una posibilidad de adquirir el protagonismo que merecía a través de una caracterización más digna y representativa en este filme. Sin embargo la caricatura final se la lleva esa especie de gobernador de dibujos animados. Ni tan maligno ni tan inteligentemente corrupto como para mantener bajo su mandato a los habitantes de una ciudad empobrecida y que sobrevive en un ambiente tan hostil como la Tierra Media. 

Menos mal que nos queda el dragón para salvar algo el susodicho arte llamado cine. Al encuentro entre la fantástica criatura con el Jinete del Barril le falta algo de mordiente, pero me conformo con el descanso que Jackson otorga a los maleables movimientos de cámara. Smaug y Bilbo mantienen un buen encuentro hasta que el parque de atracciones retoma su virulenta actividad y vuelve la profunda parafernalia que atenaza esta revisión fílmica de El hobbit. Demasiado ruido, demasiadas virguerías y demasiadas expectativas fallidas.

En realidad la culpa es mía por no comprar palomitas.


Warner Bros.

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