3 de julio de 2013

Sin nombre


Suele ser habitual que algunas cintas independientes destaquen por encima de otras películas y se conviertan en pequeñas joyas que animen algo el cotarro cinematográfico. En este caso en 2009, con la ópera prima de Cary Joji Fukunaga,
cuyo primer filme arrastraba cierto aroma de buen cine. Contaba también con el empuje de los premios en el festival independiente de Sundance al propio director y a la fotografía. Sin nombre sumaba razones suficientes para quitarla definitivamente del numeroso listado de películas que tengo que ver y que uno va engordando hasta que por fin cumplo con el visionado. Lo malo de las altas expectativas es que perjudiquen a la cinta en el futuro, sobre todo sino se trata de una obra maestra que confirme las buenas predicciones anteriores. Sin nombre es una buena película que anda por encima de la corrección, sin embargo no llega a alcanzar cotas más altas. Y eso que contiene material del bueno, con un tema tan de actualidad como es la inmigración ilegal. El peligroso viaje donde miles de personas se aventuran cada año en búsqueda de un porvenir mejor.

La estructura de la película contiene dos historias independientes que terminan por confluir en ese viaje que es la vida a lomos de un tren. Ambos personajes principales huyen por distintas razones hacia adelante. Por un lado la adulterada idea de una oportunidad en la rica vida occidental frente al desesperado lamento del amor perdido. La película esta compuesta por adolescentes que tienen que crecer por fuerza ante la dureza del lugar donde han nacido. Sayra (Paulina Gaitán vista hace poco en The River) es una joven que inicia su particular camino hacia el sueño americano junto a su padre y a su tío. Abstraída y firme ante la oportunidad de mejora a través de los peligros de las selvas naturales y humanas que se forman alrededor de las estaciones de trenes. El personaje masculino, Casper (Edgar Flores), será quien dé un vuelco a la trama. Su vida forma parte de esa organización tribal que es la mara. La básica necesidad humana de asociarse a otros seres de su especie para encontrar socialización y refugio es llevado al extremo por este peligroso grupo que convive con la violencia como medio de vida. Interesante introducción hacia algo tan desconocido como estereotipado para quienes vivimos ajenos a esta realidad.




La unión de ambos personajes añade complejidad y drama al ya de por si complicado viaje a través de México. Con un buen guión que dota un notable significado a ciertos elementos u objetos, como la cámara fotográfica de Casper y rico en detalles externos, tan pronto se apedrea a los inmigrantes como se les regala comida por su valiente odisea. Peor se desenvuelve con el tema principal, al contener varios tramos previsibles, más bien básicos que son también culpa de la conocida fórmula de cerrar las historias en círculo. Smiley como aprendiz frente al maestro es el ejemplo más claro. Mientras que por otro lado la relación entre Sayra y Casper no termina de cuadrar, ni tampoco se hace tan veraz como se muestra ni resulta tan creíble como debiera ser. Fukunaga se posiciona y denuncia un problema tan grave de la actualidad como es la inmigración, a través de una historia intima que no cuaja en pareja y que se ve perjudicada por los demonios que arrastran los personajes por separados. Más interesantes en sus historias anteriores que juntos, cuando terminan por cerrar la historia que les ha unido con anterioridad. Pequeñas lagunas que no desmerecen el conjunto global de una notable película, que ha servido como una buena carta de presentación para su autor. Todo un lujo y un reconocimiento para quien escoge un tema como este para mostrarse al mundo.

Sin nombre de Cary Joji Fukunaga
2009

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