21 de enero de 2012

Fortines, parapetos y trincheras: Cerro Santo (Cerro Rojo).

Tenía esta sección algo más que abandonada, y eso que incluso estuve en Las Herreras reconociendo los reformados fortines de esta pequeña localidad. El caso es que un pequeño aperitivo ha servido para abrirme el apetito. El objetivo era un fortín situado en lo alto de Cerro Santo, en el entorno de la Jarosa y del cual desconocía su presencia. Después de que me dijeran, más o menos, su ubicación, me planteo indagar una nueva ruta desde la base de Cerro Santo, fiándome del mapa cartográfico de Ricardo Castellano y con la idea hallar algun nuevo resto siguiendo una especie de linea de defensa republicana, justo enfrente de las posiciones nacionales del Cerro de la Viña.

Inicio la excursión en la estación de tratamiento del embalse, en este punto hay un camino que accede al monte, El Estepar según los mapas cartográficos y justo por encima de la Dehesa de Arriba de Guadarrama, más conocido por el Atope. Pocos metros después se llega a un pequeño espacio donde algun ganadero ha creado una pequeña area de descanso y que se encuentra vallado. En este sitio y hacia el oeste se ve una ligera trinchera que asciende hacia arriba, hasta un pequeño roquedal donde se aprecian algunas trincheras que zigzaguean entre las rocas. Premio nada más empezar. Merodeo por los alrededores por si hubiera algún resto de interés pero lo poco que se aprecia son muros o parapetos bastante derruidos. La trinchera sigue avanzando hacia lo alto del cerrillo, donde se aventura más que se aprecia alguna construcción militar. Destaca más la linea de la trinchera que cualquier vestigio de edificación.

Ya en lo alto me topo con la vallas que delimitan el acceso al embalse y los muros que retienen el agua, el breve desfiladero del arroyo de La Jarosa (o Guatel) se interpone frente al objetivo principal de Cerro Santo. Ante el breve éxito anterior y el poco tiempo consumido, decido internarme por el bosquecillo y rebuscar un acceso que me permita descender, vadear y ascender el pequeño barranquillo. Siguiendo una vereda y tras cruzar un pequeño murete me topo con una trinchera que sube desde el arroyo hacia el pinar, persigo la trinchera hasta encontrar un nuevo puesto, con dos edificaciones circulares derruidas y aderezadas con una nueva composición de trincheras a su alrededor, sin quererlo ya tengo el reintegro. Logicamente rodeo el lugar por si el colmo podría tomar forma de fortín, pero la suerte tiene un limite y parece ser que el gordo se encuentra en lo alto de Cerro Santo. Hasta aquí lo lógico sería volver al punto de inicio o dejarse perder por el bosque que desciende hacia La Jarosilla y acabar la mañana paseando entre pinos, enebros y demás variedades. Sin embargo ya me habia propuesto atravesar el arroyo y la cabezonería se impone a todo criterio lógico.

Justo enfrente, Cerro Santo se eleva con bastante desnivel en una pared granítica, todavia no me ha dado por la escalada y por ello apenas sigo un poco el curso del arroyo hasta adivinar una posible ascensión lógica. En cuanto empiezo a descender se cruzan en mi camino unos paneles abandonados dedicados a la apicultura. Algo tan nimio que sin embargo consigue sacarme más de una sonrisa al constatar cuanto trasto me encuentro por los montes. El descenso, vadeo y ascensión se hacen pesados por la afloración salvaje, pero sé que más adelante se encuentra el camino que asciende pegado al muro de El Valle de Los Caídos hasta mi objetivo final. Una vez en el camino aligero el paso hacia la cima, tras atravesar un nuevo roquedal, unos escasos muretes acoplados en su vertiente sur me indican que debo estar cerca del motivo de esta excursión. Efectivamente, una vez alcanzada la escasa altura de Cerro Santo, 1221 metros, prosigo por la linea cimera hasta vislumbrar el fortín. La construcción está orientada hacia las posiciones nacionales de Cabeza Líjar, dentro de un bonito marco de grandes piedras a su alrededor. Un muro basado en la acumulación de rocas y un techo hormigonado donde una parte se encuentra en el interior forman esta construcción militar con cierto aire de observatorio. Nada más destacable a esta aislada posición republicana.

El tiempo se me agota y debo regresar hasta el parking que se encuentra en los muros del embalse Me quedo con las ganas de explorar más la planicie del cerro por si encuentro algún elemento que complemente esta posición. Unas ganas que deberan ser colmadas más adelante, en una futura visita que concluya esta entrada bloguera. De momento y hasta el cierre definitivo me marcho contento por ubicar el "fortín" de Cerro Santo y de los precedentes hallados al otro lado del arroyo. Una ultima apreciación con respecto al nombre, ya que durante la guerra cambio de nombre por Cerro Rojo hasta la finalización de la contienda que recuperó su antigua designación.

Album fotográfico.

Bibliografía.
Senderos de guerra de Jacinto M Arevalo.
Los restos de la defensa de Ricardo Castellano.

12 de enero de 2012

Tranvía a la Malvarrosa.

Echar la vista atrás y enumerar tiempos pasados es un tema recurrente de la literatura, incorporando dosis autobiográficos de los autores. Este es el caso de "Tranvía a la Malvarrosa" de Manuel Vicent, una corta novela sobre la reiterada transformación del adolescente al mundo adulto. El protagonista, Manuel; y para más señas natural de Villavieja como el propio autor de la novela, será nuestro particular guía en esta particular vista atrás, en concreto a la década de los 50.

Vicent construye su obra alrededor de la transformación del adolescente. El impoluto jovenzuelo aspirante a misionero que andaba firme por el camino de baldosas amarillas impuesta por los ideales de su padre y la firme creencia en Dios. Manuel termina desviándose de esa senda, algo que aventuraba este formal hijo de buena familia con sus salidas esporádicas, donde tantea encontrar su propía vía en la necesaria identidad que buscan todos los adolecentes y su participación en el mundo que les rodea. Es ahí donde se identifica el cacareado viaje del protagonita, el cambio del decoro y de la ensoñación infantil entre el amor noble de Marisa frente al real, palpable y pasional de Julieta. Un cambio que se abre paso ligeramente, sin confrontacionas abruptas que empujen a Manuel a desligarse del cascarón, tan dadas en otras obras, incluyendo un punto de inflexión o un hecho trágico. Vicent simplemente expone la mudanza de la mentalidad a través del paso del tiempo. Sin necesidad de valorar los actos que describe.

De todo el conglomerado de secundarios destaca por encima de todos, Vicentico Bola, un personaje tan grande que bien se merecia contar con algunas aventuras propias, incluido las ficticias que pudieran surgir de la mente de su creador. Memorable sin duda cuando decide sustituir al alcalde de un municipio haciendose pasar por un mandamás del régimen franquista. 

El tema principal es circular, la novela empieza y acaba con el mayor deseo juvenil, culminar el acto sexual. Alrededor de Manuel, y su periplo personal, se enumeran una serie de anecdotas de diverso grado de interes. Algunos muy curiosos y personificados por el mismo protagonista, mientras que otros temas ocupan el mero hueco de suceso o de descripción social de época como la violación del hortelano o el crimen del cine Oriente. La novela sirve además como una obra de referencia histórica al describir la vida de Valencia y los municipos levantinos. El autor no solo nombra con excesiva rigidez, barrios y calles, sino que además los subraya a través de olores y sabores, una suerte de descripción que indaga en las profundidades de la sociedad de la época. Recreando con buena memoria los anales de las calles, allí donde realmente se forma la vida.


Tranvía a la Malvarrosa
Cuando se acercaba el verano aparecian de noche las luciérnagas bajo los arcos del puente de Aragón. A veces la cola de hambrientos llegaba hasta el pretil. Allí se establecian varias hileras de prostitutas apoyadas en las pilastras que cobraban un duro por ofrecerse mientras duraba una cerilla encendida.

Manuel Vicent. Tranvía a la Malvarrosa.
Serie Roja. Alfaguara

2 de enero de 2012

San Silvestre Vallecana 2011

Se acabo el 2011 y la ultima meta realizada. La San Silvestre es una verdadera fiesta para despedir el año corriendo por las calles de Madrid, aunque es la inmensa cantidad de gente lo que la hace especial. Esto no es una carrera, más bien es una marea humana. Un caudal incontable que deja en ridiculo la cifra de 38 mil personas inscritas. La experiencia ha sido realmente positiva salvo las prisas posteriores de regresar a casa para despedir el año con la familia. Y mira que tenía buena pinta cuando conseguimos dejar el coche ligeramente cerca de la meta.

En la linea de salida me planté junto a un buen puñado de amigos, Víctor, su hermano Alberto y el primo de ambos, Álvaro. Después se unieron dos compadres más de Víctor mientras yo intentaba localizar a una pequeña representación de amiguetes de Collado Mediano. Una hora antes de la salida, la peña ya iba cogiendo posiciones en las distinas oleadas que hubo para intentar diseminar a tanta muchedumbre. Como los collainos llegaban tarde me retrasé, como pude, para poder saludarles antes de la carrera y compartir algunos metros con ellos. A las 18:15 por fin se iniciaba la carrera y tuve una compañía de lujo en Dani, un viejo conocido que me sirvió de liebre en los primeros kilometros de la calle Serrano y que culminó conmigo la prueba. A pesar de la tendencia de bajada, este tramo fue el peor que se me dío, no solo por la imposibilidad de coger ritmo por la ocupación constante de la calle sino que además estaba frío, bastante frío por el embotellamiento de la salida. Los primeros kilometros fueron realmente el calentemiento previo que siempre se debería hacer.

Justo antes de llegar a la Puerta de Álcala me fui encontrando mejor y ya de Cibeles a Atocha empezamos a mejorar y a disfrutar del ejercicio exigido. Sobre todo cuando se llega a la subida de la Avenida de la Albufera, una durilla subida por su constancia y por su longitud, se hace larga pero lo cierto es que la disfruté, a pesar de que los gemelos empezaban a protestar, este intervalo son de los que más disfruto al conjugar el esfuerzo con la certeza de superar el escollo. Alguien encima cantó que restaban apenas 200 metros, aireando mi cabeza hacia adelante, justo para encarar el último tramo y acabar mi primera San Silvestre con un tiempo de 54:50.

Lo mejor de esta prueba es la verbena que se monta dentro de la prueba y como la gente se arrima para animar a todos los participantes que ocupaban literalmente toda la calle, apenas habia hueco para adelantar, y siempre estaba rodeado por personas en esos 10 kilometros. Realmente se me pasó volando  Sin duda una experiencia a repetir en el futuro y que me dejó una bonita sonrisa para saludar a este prometedor 2012.